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Sobre el amor

martes 13 de mayo de 2014, 20:25h
A veces en la vida, lo cotidiano y urgente nos hace olvidar lo esencial. La vida actual, especialmente en las grandes urbes, tiene un acentuado carácter inhumano, en la que solemos ir a piñón fijo, saltando en una diaria y frenética carrera de obstáculos hacia, muchas veces, ninguna parte. No viene mal de vez en cuando echar el freno de mano y comenzar a valorar lo esencial, lo que nos hace distintivamente humanos y puede dar algo más de sentido a nuestras vidas o, al menos, interpretarlas de otra forma.

Tradicionalmente se define a la persona humana como un ser racional. Y si bien es verdad que la inteligencia es una de nuestras cualidades más distintivas, no es la única y decisiva. Una vez leí, no recuerdo donde, que el ser humano es aquel que piensa, ama y sabe que va a morir. Me parece una definición escueta y bastante acertada que condiciona toda nuestra existencia y la hace diferente al resto de seres vivos. Ningún otro piensa, ni ama, ni sabe que va a morir. Creo que el amor es la clave para nuestras vidas, por encima de cualquier otra cualidad. Hace poco, en una homilía por un funeral, el sacerdote dijo: “cada día vivido será aquel en el que hayas amado”. Y yo que soy de profunda base agustiniana, pienso que es cierto. Como decía el obispo de Hipona: “Ama y haz lo que quieras”.

Es triste o más bien trágico que no cuidemos el profundo y vivificador sentido del amor. El materialismo reinante nos está cosificando en exceso y nos convertimos más en objetos del mercado o mercancías, que en sujetos amantes –con capacidad de amar-. Erich Fromm hace ya más de medio siglo escribió un delicioso libro llamado El arte de amar, como remedio para superar la separatidad del ser humano. En él habla de los peligros deshumanizadores de una sociedad demasiado mercantilista y consumista, de olvidar que la sociedad será humana en cuanto en ella el sujeto protagonista -el ser humano- pueda desarrollar sus cualidades más distintivas respecto de los animales. Sin embargo, peligrosamente, en esa antropogénesis que nos decía Giovanni Sartori en su Homo Videns, podemos en nuestra libertad acercarnos más a nuestro lado animal que a nuestro lado más distintivamente humano.

El amor es básicamente salir de uno mismo, de nuestros egoísmos, del yo, yo, yo y nada más que yo. Los valores del mercado actual son esencialmente egoístas, donde el otro importa poco o nada. La alteridad ni existe ni se plantea. El alter, el otro, es un obstáculo a mis deseos o intereses. Así es muy difícil crecer humanamente hablando y el resultado normal será la frustración y la violencia que la suele acompañar. El amor se basa en la consideración del otro, en buscar su crecimiento, en comunicarnos con él, en respetar su espacio vital.

La escuela de la vida te enseña que no todo el mundo es igual, y que hay seres egoístas. Pero la mayoría de los seres humanos dan y necesitan amor. Es triste que en nuestra sociedad el amor esté a veces visto como una debilidad o algo sospechoso, hasta ahí llega nuestro grado de enfermedad. Una sociedad sana sólo puede ser una sociedad donde el ser humano pueda desarrollar sus potencialidades distintivamente más humanas, y no tengo la menor duda que el amor es la primera de ellas.

David Ortega Gutiérrez

Catedrático de Derecho de la URJC

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