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Italia y las elecciones europeas: el descontento

domingo 18 de mayo de 2014, 18:54h
Hace unos meses, el ex presidente del Gobierno italiano, Enrico Letta, señalaba el peligro de que Italia eligiera el Parlamento más antieuropeo de la historia. Se trata de un peligro real: el progreso de formaciones antieuropeas resulta tan inquietante como la heterogeneidad política de los partidos que atacan a la Unión Europea. Sin duda, los euroescépticos lograrán una mayor representación en el próximo Parlamento Europeo. Pero, ¿cuánto? El descontento social, la grave crisis económica, la dura austeridad de estos años avivan el debate sobre el futuro de Europa. Por eso, las próximas elecciones podrían certificar el ascenso de los antieuropeos en el seno de las instituciones comunitarias. En Italia sumando los votos de los euroescépticos, es decir, del M5S, de la Liga Norte y de Forza Italia de un Berlusconi cada vez más desesperado -con Ana Palacio como nuevo abogado y enésimo disparate- se podría certificar la desafección nacional hacia las instituciones europeas. El problema es el cuestionamiento de la efectividad de la UE, el referirse a Bruselas como “el que decide” e impone, culpándola incluso de errores de política nacional. Y lo mismo pasa con el euro, ya rebautizado como el “culpable de todos los males”, un fantasma que hondear de vez en cuando. Y, ¿los gobernantes? ¿No hay culpables? Por muy extraño que parezca, resultan impunes aquellos que permitieron la inflación y el inflarse de los precios, que no controlaron la situación e, incluso, se beneficiaron económicamente. Ahora el euro es el mal y salir del mismo la solución, menosprecio de una actitud simplista: eso resulta mucho más fácil que explicar detalladamente la naturaleza real del problema, subrayar que quizá se trate de una moneda construida demasiado rápidamente sobre una base política poco estable y en un diseño institucional frágil. Se ha creado una unión monetaria prescindiendo de algunos pasos previos y/o accesorios necesarios (como la unión bancaria y fiscal). Errores de los que sus responsables culpan a otros.

Aún así, ¿qué futuro nos espera fuera del euro? ¿Seguiríamos contando con ayudas internacionales? ¿Nuestra economía es lo suficientemente fuerte para poder sobrevivir –y relanzarse- con las viejas lire? ¿Cuántos países de la zona euro estarían dispuestos a comerciar con una Italia fuera de la moneda única? En las pocas tertulias en las que se habla de la próxima cita electoral, se alzan voces críticas sin que nadie ponga realmente el acento sobre la cuestión política: ¿qué Europa nos espera? ¿Qué solución ofrecer para acabar con los problemas que viven los ciudadanos nacionales –y europeos? Los partidos políticos no parecen interesados en responder a estas preguntas y prefieren atacarse, menospreciarse y prometer un futuro diferente sin aclarar los costes políticos de su elección, ya sea a favor o en contra. Preocupa este europeísmo impotente así como este antieuropeísmo vano: la demanda de más Europa y la de menos Europa se anulan mutuamente, dejando a los ciudadanos confusos y preocupados. No basta con prometer alzar la voz, ni apuntar a la Merkel, objeto de constantes ataques -los últimos, vulgares y inelegantes, de un Beppe Grillo cada vez más polémico y berlusconiano, promotor de una agresividad superflua y de un ideario político tan cuestionable como estéril, ante un público entregado y deseoso de escuchar insultos fuertes y amenazas violentas.

Mientras el 25 de mayo se acerca con la incógnita de si los italianos desertarán de las urnas o no, los partidos políticos siguen dándole una significación nacional, incapaces de distanciarse de la política del insulto, de la “mirada corta”, quizá con la ilusión de poder exportar el basto teatrino de la política nacional fuera de Italia. La miopía de pensar que “lo nuestro” es sólo la política nacional demuestra una vez más la falta de conocimiento, de finezza, de esta clase política. Parece más ocupada en insultarse y despreciarse que en explicar los mecanismos europeos; más interesada en citar a Hitler y el Holocausto que en aclarar cuál será su rol en Europa o cómo funciona la compleja tecnocracia de Bruselas. Nadie nos cuenta que casi el 75% de la legislación nacional depende de la UE, cuyas directivas implican cada vez más campos de nuestro día a día. Pero en lugar de involucrar a los ciudadanos, explicarles lo que está en juego en la campaña europea para que luego elijan si estar a favor en contra, de acuerdo o en desacuerdo con la Unión Europea, se prefiere atacar al enemigo político nacional, insultar al rival, pensar en el poder. Finalmente, nadie se esfuerza en advertir a los ciudadanos de que las elecciones europeas no son "elecciones de segundo orden", proceso de menor importancia comparado con las nacionales. Se prefiere minimizar su valor y sus consecuencias, dando la impresión de que en realidad los Estados miembros se juegan poco. Craso error: ofende que se traten a los electores como niños que deben seguir una orden sin pensar, votar mecánicamente sin saber los términos y condiciones, las repercusiones de su voto. Puede que sea el camino más cómodo, pero también el más peligroso. Quizás merezca la pena recordar la célebre frase de Platón, “el precio de desentenderse de la política es ser gobernado por los hombres peores”.

Andrea Donofrio

Politólogo

Andrea Donofrio es politólogo, experto en Relaciones Internacionales e investigador del Instituto Ortega y Gasset

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