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Las redes y la opinión

lunes 19 de mayo de 2014, 20:30h
Los mensajes insultantes, criminógenos, salvajes (y se podrían añadir muchos más adjetivos) que cayeron como un diluvio en las redes sociales tras el asesinato de la presidenta de la diputación provincial de León, Isabel Carrasco, y que, según algunas fuentes, se podían contar por centenares de miles, han vuelto a suscitar el debate sobre este nuevo instrumento de comunicación. Se han repetido lugares comunes y obviedades, como la de afirmar que las redes, como cualquier técnica son neutras, y que su bondad o malicia dependen de la voluntad de quien las utiliza. Y algunos han aprovechado para ponerse medallas de buenos demócratas con encendidos cantos a la libertad de expresión. Algo que nadie pone en duda porque esa libertad –que algunos insistimos que es la “primera” de las libertades- es el fundamento de una sociedad abierta y de un sistema democrático.

Pero a menudo se pasa por alto que, como todas las libertades y todos los derechos humanos, la de expresión no es absoluta porque tiene límites infranqueables. En nuestro caso, esos límites están fijados en el artículo 20. 4 de la Constitución y en la jurisprudencia del Tribunal Constitucional que, desde luego, no los ha anulado, aunque entienda que en la crítica política prevalece, por lo general, la libertad de expresión sobre el derecho al honor, a la intimidad y a la propia imagen. Derechos estos últimos que no se suprimen para quienes tienen cargos públicos sino que se limitan y se supeditan al interés superior del público, que tiene derecho a conocer y a hacer un seguimiento de la actuación de sus representantes. Pero en ningún caso son admisibles el insulto, el vituperio o la descalificación sistemática. Y mucho menos la incitación a la acción directa, por no hablar del asesinato, contra quien desempeña una función pública.

Es una frivolidad inadmisible que se pueda afirmar –y se ha oído estos días- que las vergonzosas burradas que han aparecido en algunas redes sociales con motivo del citado asesinato, no tienen más transcendencia que los comentarios de unos desinhibidos tertulianos en torno a la mesa de un bar. Internet es ahora parte –y parte importante y decisiva- del espacio público y las graves expresiones, con ribetes patentemente delictivos, que aparecen en ese mundo digital dejan de ser exabruptos emitidos en el ámbito privado y en ningún caso perseguibles cualquiera que sea su tenor, para pasar a ser acciones que deben ser sometidas al reproche legal.

El mundo de las redes sociales tiene, por otra parte, sus propias peculiaridades y, sin negar que se trata de un nuevo instrumento que puede tener una indudable utilidad, parece bastante evidente que se ha sobredimensionado como plataforma para el debate público y que, además, ha quedado secuestrado, en buena medida, por la hez de la sociedad que lo utiliza como escaparate de sus miserias morales y como exutorio de sus frustraciones y de sus más bajos instintos. Pero más allá de este aspecto de cloaca de lo peor que hay en nuestra sociedad, estimar que se pueda establecer un debate público medianamente serio y significativo a base de mensajes de 140 caracteres intercambiados por no se sabe quiénes en esa nueva plaza pública abierta a todos que son las redes sociales, no deja de ser una penosa muestra del deplorable nivel cultural y político en que se encuentra nuestra otrora orgullosa civilización. Todos los males que Giovanni Sartori detectó y denunció del mundo de la imagen, generado por la omnipresencia de la televisión, en su libro Homo videns, se multiplican casi hasta el infinito en las redes sociales, una de las más patentes muestras del empobrecimiento intelectual de esta sociedad de principios del siglo XXI.

Como catedrático de opinión pública desde hace varias décadas, me indigna especialmente que se pueda afirmar que las redes sociales reflejan LA opinión pública. Hay centenares de definiciones de qué sea la opinión pública y ninguna es plenamente satisfactoria, entre otras cosas porque el singular con que denominamos a ese fenómeno es equívoco, ya que la propia esencia de la opinión pública es su pluralidad: La opinión pública son muchas, diversas y contradictorias opiniones y las que aparecen en las redes ni son todas las existentes sobre una determinada cuestión ni tienen por qué ser las más significativas, aunque sean las más aireadas. Nada me parece más insultante que entender que los prefabricados trending topics que aparecen en las redes SON la opinión pública. Como escribió Maurice Hauriou, la opinión pública es “un océano de discusión”, hecho de olas que van y vienen, que suben y bajan. Y, desde luego, ese océano no cabe en los límites de las redes sociales, a las que no está conectada toda la sociedad, sino solo una parte. Y a veces no la más digna de ser tenida en cuenta.

Por todo lo anterior, me parece muy poco serio que en los debates que nos presentan las teletertulias, género que también merece una buena crítica, el llamado moderador (con frecuencia, muy poco moderado) pregunte a su ayudante: ¿”Y qué dicen las redes sociales?”. Y el/la ayudante en cuestión suelte la retahíla de los “tuits” que le parecen más significativos, dando la relevancia de la difusión y del comentario, a opiniones no se sabe de quién –pues muchos de esos mensajes son anónimos o disimulan su identidad- ni qué conocimiento tiene del tema en cuestión.

Nunca se repetirá bastante que mientras los votos se cuentan y a la hora de la verdad todos los votos son iguales, las opiniones se pesan y no todas son iguales ni equivalentes. El derecho que tiene cada cual de expresar su opinión, aunque sea una simpleza o un error garrafal o carente de la más elemental información, va acompañado del derecho de los demás a despreciar, rechazar y criticar las opiniones de los demás. Y las audiencias de televisión tienen también un incuestionable derecho a que no se les agobie con la recitación de opiniones del primer quídam al que le ha dado por teclear la solemne machada que se le acaba de ocurrir.

Algunos de los mensajes que aparecieron en las redes sociales tras el asesinato de Isabel Carrasco, especialmente los más salvajes, fueron reproducidos con fruición por determinados programas de televisión, haciendo así el juego a sus despreciables autores que buscan, precisamente, esa notoriedad patológica para sus delictivas ensoñaciones. A la vista de este fenómeno cabe hacerse una pregunta: ¿Se habría producido semejante diluvio de maldades inhumanas contra el propio asesinado si este hubiera sido un político de izquierdas? Casi con la más absoluta seguridad se puede afirmar que en absoluto. Lo cual quiere decir, al menos, dos cosas. En primer lugar, que las redes sociales se han convertido en la trinchera de una extrema izquierda, de peso casi inexistente en el proceso democrático, hasta el punto de que parece que las monopolizan. En segundo lugar, que en esa extrema izquierda anida no ya ese sector antisistema que sueña con las bondades del castrismo o de la fenecida Unión Soviética y que, desde luego, carece de cualquier atisbo democrático, sino que ahí, en esa extrema izquierda, tiene su sede el sector más incivilizado de nuestra sociedad, que propiamente ya no está en política sino, por su culto de la violencia y hasta del crimen, en el mundo de la delincuencia. Y en un Estado de Derecho esas conductas, circulen por la calle o por las redes, deben ser sometidas a todo el peso de la ley, porque son impropias de una sociedad que se precie a sí misma.

Alejandro Muñoz-Alonso

Catedrático de la UCM

ALEJANDRO MUÑOZ-ALONSO es senador del Partido Popular

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