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CRÓNICA DE AMÉRICA

Cristina Fernández choca con la Iglesia

martes 20 de mayo de 2014, 14:34h
Estos días resurge en las redes sociales argentinas la expresión “Argenvenezuela” para señalar el veloz incremento de la violencia en el país austral. Un problema que acaba de enfrentar a Cristina Fernández con la Iglesia argentina, y, de modo indirecto, con el propio Papa Francisco.
PIE DE FOTOLa Iglesia católica acaba de situar en el centro del debate político argentino la cuestión de la inseguridad y la violencia que conmociona al país, lo que remite a un larvado pulso entre la Casa Rosada y el Papa Francisco, Jorge Mario Bergoglio, quien fuese hasta poco antes de su elección para ocupar la silla de san Pedro por dos veces presidente de la Conferencia Episcopal Argentina, así como arzobispo de Buenos Aires. Precisamente la actual Conferencia Episcopal Argentina ha difundido un durísimo documento contra la violencia en el país austral titulado “Felices los que trabajan por la paz”, donde se desmonta buena parte de la propaganda oficialista que aclama y enaltece a la presidencia de Cristina Fernández de Kirchner. Un documento sólido y profundo que está agitando la vida política bonaerense, no solo obligando a reaccionar a la inquilina de la Casa Rosada, sino filtrándose en las concentraciones sindicales de la Plaza de Mayo y suscitando un debate que se perfila como central de cara a los próximos comicios presidenciales de 2015.

La enorme preocupación ciudadana sobre la creciente ola de violencia en Argentina está sobradamente justificada. Lo más llamativo resulta la insensibilidad oficial frente a este fenómeno. El kirchnerismo ha actuado como si el problema no existiese y ha soslayado dar ninguna respuesta a una alarma social que cada día aumenta. En esa actitud se combina la ingenuidad y la soberbia, bajo el convencimiento de que callar y mirar hacia otro lado es suficiente para que la tormenta pase o la ciudadanía se habitúe a convivir con los ascendentes índices de criminalidad sin reclamar responsabilidades políticas por esta lacra.

Un ejemplo muy elocuente de ese talante de altanería y desdén desde el poder ya se constató en diciembre del año pasado, cuando una huelga de la policía en la provincia de Córdoba vino a coincidir con los festejos del 30 aniversario de la recuperación de la democracia en Argentina, orquestados para relanzar la disminuida imagen de Cristina Fernández tras los reveses electorales y levantar una cortina de humo ante los síntomas iniciales de una crisis que ya llamaba a la puerta con una inflación tan desorbitada como camuflada en los documentos oficiales. La explosión social que comenzó en Córdoba se extendió a otras áreas del país con asaltos, enfrentamientos violentísimos, saqueos y decenas de muertos. Mientras esto sucedía la presidenta continúo con la fiesta organizada en los salones del Bicentenario en la Casa Rosada, retransmitida a través de enormes paneles en la Plaza de Mayo para diversión de sus miles de seguidores. A la vez que en el resto de la nación se sucedían los homicidios o los sepelios, Fernández de Kirchner se divertía participando en los números festivos y folclóricos de la gala, sin dejar de bailar a los acordes de aquella célebre canción cuya letra dice: “Solo le pido a Dios que el dolor no me sea indiferente…”.

PIE DE FOTODurante aquella celebración no salió de su boca ninguna palabra de preocupación, de consuelo o de ánimo para los familiares de los fallecidos ni para los cientos de heridos en los disturbios. Nada iba a empañar la autopromoción del kirchnerismo, ni siquiera una tragedia nacional de tales proporciones. Cuando se vio obligada a comentar el desastre desatado en el país, se limitó a atribuirlo a una planificación de sus enemigos, dándole una explicación de cariz paranoico. Los segundos de a bordo instalados en el poder repitieron, como un eco, palabras confusas sobre supuestos contubernios, conjuras o complots, en borrosas autojustificaciones.

Desde entonces, la ausencia de autocrítica, el silencio y la falta de reacción del poder kirchnerista ante el aumento del narcotráfico, la entrada de cocaína a través de cárteles colombianos, el visible fortalecimiento del crimen organizado y la expansión indiscriminada de asaltos, robos y hurtos de mayor o menor cuantía que comienzan a afectar a amplísimas capas de la población, ha suscitado una profundad inquietud entre la ciudadanía. La inacción de la presidencia ha hecho que todas las encuestas señalen que la inseguridad se ha convertido en el principal problema para los argentinos, por encima de la propia inflación. Una reacción extrema, frente al autismo oficial, ha sido la ola de linchamientos que ha recorrido el país, donde los afectados, dejándose llevar equivocadamente por la ira decidieron aplicar la ley del Talión del ojo por ojo y diente por diente a hipotéticos delincuentes atrapados por patrullas ciudadanas exasperadas por la apatía de la Administración, mientras otra parte de la población se ha aprestado para evitar la barbarie de estas ejecuciones sumarias. Es en este contexto donde ha reaparecido, con otro matiz, el sarcástico término acuñado a principios de esta década: la República Bolivariana de Argenvenezuela. La expresión “Argenvenezuela” se expandió en las redes sociales como denuncia de la persecución del kirchnerismo contra los medios de comunicación críticos, emulando la política seguido por Hugo Chávez. Estos días, las mismas redes sociales han relanzado el término “Argenvenezuela” otorgándole una renovada efervescencia en relación con la escalada de la violencia y el miedo a seguir en un futuro los pasos no solo de Venezuela sino también de México.

Ante este cúmulo de acontecimientos, la Administración de Cristina Fernández ha dado la callada por respuesta hasta que la jerarquía eclesiástica ha intervenido con el afilado análisis contenido en “Felices los que trabajan por la paz”. El documento ha repercutido con extraordinaria energía en la conciencia nacional al constatar que: “Argentina está enferma de violencia.” Una contundente aseveración que se sustenta en otra no menos crucial para el país en estos instantes, expresada de este modo. “Urge en la Argentina recuperar el compromiso con la verdad.” De no ser así, advierte la Conferencia Episcopal, “estamos condenados al desencuentro y a una falsa apariencia de diálogo.” La reflexión eclesiástica ha resultado excepcionalmente inteligente al explorar las diversas formas de violencia que se abaten sobre la sociedad. Sin duda constatan que los hechos delictivos “han aumentado en cantidad y agresividad.” Desautorizan las venganzas populares y recuerdan que los excluidos sociales también son víctimas de una doble crueldad violenta. Pero el documento lleva a cabo una meditación política que va más allá de los excesos callejeros entrando en ámbitos que competen al poder político. El punto 5º comienza así: “La corrupción, tanto pública como privada, es un verdadero ‘cáncer social’, causante de injusticia y muerte. Desviar dineros que deberían destinarse al bien del pueblo provoca insuficiencia en servicios elementales de salud, educación, transporte. Estos delitos habitualmente prescriben o su persecución penal es abandonada, garantizando y afianzando la impunidad. Son estafas que corroen la confianza del pueblo en las instituciones de la República, y sientan las bases de un estilo de vida caracterizado por la falta de respeto a la ley”. El documento advierte del engaño sistemático para ocultar estas raíces políticas del crimen y el propósito de anestesiar a los ciudadanos para que no reaccionen contra estos atropellos: “No estamos acostumbrados a la violencia verbal, a las calumnias y a la mentira.” Y cita expresamente las palabras del Papa Francisco donde denuncia que “se ha desarrollado una globalización de la indiferencia”.

PIE DE FOTOEl mayestático autismo de Cristina Fernández ha saltado hecho pedazos como si hubiera recibido un inesperado aguijonazo. En cuestión de días el silencio sobre la violencia se ha roto y se ha institucionalizado la respuesta. Para ello le ha dado un rango presidencial al 40º aniversario del asesinato del sacerdote peronista Carlos Múgica. Para entender esta respuesta de Fernández de Kirchner contra la Conferencia Episcopal -y de un modo esquinado contra el Papa Francisco-, es necesario tener en cuenta que el padre Carlos Múgica, asesinado en circunstancias todavía no esclarecidas en mayo de 1974, es un icono intocable para la sociedad argentina, capaz de congregar aún la atención de las multitudes. Perteneciente a las clases sociales más privilegiadas, el sacerdote Carlos Múgica decidió llevar su acción pastoral a las villas-miseria incrustadas en el gran Buenos Aires, como activista destacado del Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo, en la órbita de la Teología de la Liberación.

Discípulos suyos gestaron la organización terrorista de los Montoneros y Perón le incorporó, a su vez, al Ministerio de Bienestar Social, donde José Lopéz Rega organizó el terror oficial de la Alianza Anticomunista Argentina, la execrable Triple A. Para unos -los menos-, Múgica fue ejecutado por los Montoneros cuando desautorizó la lucha armada, mientras que para otros -la mayoría- fue asesinado por la Triple A del Ministerio al que había pertenecido. Carlos Múgica concita todavía un alto voltaje emocional en toda la nación, al considerarse su homicidio como un auténtico martirio por la causa de los pobres. Cristina Fernández ha aprovechado la extraordinaria resonancia de la efemérides para replicar a la Iglesia. Mientras inauguraba ante las cámaras de televisión una escultura en hierro del padre Múgica, y frente a una nutrida representación eclesiástica, la inquilina de la Casa Rosada, espetó: “Hoy no tenemos una sociedad enfrentada de forma violenta.” Tras esta negación explícita -que viene a confirmar hasta qué punto el poder político desea mantener la ceguera ante la realidad-, la presidenta de Argentina se remontó al golpe de Estado de 1955 contra Perón y a la época que precedió a la Junta Militar de 1976 subrayando que aquella sí era una “violencia en serio.”

A partir de ahí el ataque al diagnóstico de “Felices los que trabajan por la paz” se volvió más agresivo: “Cuando vi que alguien decía que hoy la Argentina es una Argentina violenta, me di cuenta de que querían reeditar viejos enfrentamientos.” El tono exaltado desembocó en una acusación difícil de defender: “Argentinos, que tantas veces nos dividieron, que nadie permita dividir al pueblo de Dios.”

Como tantas veces en su presidencia, Cristina Fernández elude afrontar el grave problema social, silenciándolo o negándolo, para arremeter contra quien señala su existencia. La alocución a través de los grandes medios de comunicación es profundamente errada, porque la violencia que indigna a la población y diagnostica la Conferencia Episcopal no es la violencia política del pasado, sino otro modelo de violencia que como el nuevo huevo de la serpiente está sembrado y se puede aún desbaratar, pero si se le alimenta y crece, no.

La virulencia de una reacción tan ciega se explica por la animadversión de los Kirchner contra Jorge Mario Bergoglio, hoy el Papa Francisco, y por el desenmascaramiento del falso relato que el kirchnerismo ha realizado de sus mandatos. La violencia verbal de Néstor Kirchner y Cristina Fernández, la corrupción y falsedades que han envuelto su gestión, y el desgaste de las instituciones republicanas que han creado un caldo de cultivo favorable a la propagación de la violencia, son verdades expresadas en “Felices los que trabajan por la paz” que quitan la careta al relato triunfal que el kirchnerismo propaga de sí mismo.

En un plano más personal, Jorge Mario Bergoglio siempre criticó el exhibicionismo y los anuncios estridentes de Néstor Kirchner. En el Tedeum de 2006 celebrado en la Catedral Metropolitana de Buenos Aires durante los tradicionales festejos del 25 de mayo, Bergoglio, entonces arzobispo, advirtió en su homilía que “el poder nace de la confianza, no de la manipulación, el amedrentamiento o la prepotencia.” Los Kirchner entendieron el mensaje y trasladaron la ceremonia a otras provincias, donde Bergoglio no podía interpelarles, hasta hoy. Cristina Fernández anunció recientemente el retorno del Tedeum al templo bonaerense y su asistencia al mismo el día 25 de este mes. Pero la pugna en torno al documento de la Conferencia Episcopal y la espiral de violencia que lo ha originado, crean nuevas expectativas sobre el desarrollo de este encuentro la próxima semana. No solo en el Tedeum, sino en el resto de su mandato, queda por ver si en Cristina Fernández prevalece la confianza en asumir y afrontar los problemas reales del país, o dejará que crezcan haciendo uso de la manipulación y la prepotencia que ya denunció en su momento el actual Pontífice.