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España: lo que puede significar Europa Unida

miércoles 25 de junio de 2014, 17:32h
Escribo este artículo cuatro días antes de las elecciones al Parlamento Europeo, y mis pronósticos sobre los resultados no se basan en encuestas electorales. Son impresiones mías acerca de tendencias políticas que vengo observando desde bastante tiempo, y pienso que los resultados de las urnas no me obligarán a cambiar mi pensamiento sobre la política española y europea. Me arriesgo a este tipo de análisis, entre otros motivos, porque no acepto que las encuestas de opinión sean el único método de acercarse a los problemas de moral pública en nuestros días. Con humor diría que hago lo mismo que un famoso crítico taurino: describía las corridas antes de su celebración y ¡acertaba siempre! Yo no pretendo tanto, y al menos, reconozco que escribo antes de saber los resultados electorales.

Comparando con otras naciones europeas, España seguirá siendo uno de los países más identificados, en términos de sociología electoral, con la Unión Europea. El grado de participación, con ser muy bajo, no será uno de los peores, y lo que es más significativo, en España, los partidos contrarios al euro y a la existencia misma de la Unión Europea, no obtienen el éxito electoral que alcanzan en Francia o en el Reino Unido las formaciones xenófobas. Entre nosotros, los nacionalistas secesionistas, aunque sea una incongruencia más de esas formaciones, se apuntan a un europeísmo que es incompatible con la política real de la Unión Europea.

Tampoco se producirá el hundimiento del llamado bipartidismo. Yo sostengo la hipótesis de que el modelo territorial que procede de nuestro sistema constitucional se corresponde con un sistema de dos grandes partidos nacionales, y un subsistema de partidos de dimensión regional, como el nuestro. Si en las peores circunstancias sociales, y en unas elecciones que favorecen a los partidos-denuncia, no se ha producido el hundimiento del bipartidismo, eso quiere decir que el pueblo español no se deja seducir mayoritariamente por formaciones cuyo modelo político consiste en apostar por recetas del pasado.

El argumento básico contra el bipartidismo consiste en repetir y repetir que los dos partidos son iguales. En realidad ese argumento engañoso se dirige sibilinamente contra la socialdemocracia, y sólo contra ese proyecto político europeo, y no afecta para nada a sus alternativas conservadoras en el espacio político europeo. Sólo el desconocimiento de la historia de los cien últimos años explica que el argumento de que la socialdemocracia sea lo mismo que el centro-derecha se pueda presentar como una novedad de nuestra época de crisis.

Me llamó mucho la atención “el argumentario” que siguió el señor Willy Meyer, de la coalición de izquierdas que se llaman unidas, durante el debate televisado. Expuso dos consignas electorales, como eje de su campaña. Primera, votar a la socialdemocracia española y europea es votar a la troika de Bruselas y a Ángela Merkel. Cuando lo dijo, Meyer mostró su aflicción porque la socialdemocracia haya perdido su antigua combatividad, aquella que logró construir el Estado de Bienestar para los trabajadores y clases medias europeas. El argumento posee la misma estructura significativa que usaron las izquierdas leninistas contra la socialdemocracia en los años treinta del pasado siglo; por sus nefastas consecuencias, aún se recuerda el eslogan que los partidos de la Komintern moscovita emplearon contra la socialdemocracia en todos los países de Europa: “los socialdemócratas son lo mismo que los fascistas” (Los descalificaron de socialfascistas, incluso en Alemania, en vísperas de la toma del poder por Hitler).

Aunque la Komintern fue disuelta el 15 de mayo de 1943, cuando la URSS necesitó que las democracias le prestasen ayuda contra los nazis, sin embargo, después, el Estado de Bienestar europeo fue acusado de adormecer la conciencia revolucionaria de la clase obrera europea, y en ese delito político incurrían los socialdemócratas europeos. Los herederos de ese punto de vista son, en este momento, los partidos europeos con los que la formación del señor Meyer está aliada.

Parecida antigüedad tuvo el argumento que Meyer utilizó para referirse a la posible secesión catalana. Se mostró partidario del llamado “derecho a decidir”, y argumentó, a continuación, que la opresión que sufren los catalanes es una opresión capitalista. No lo dijo, pero su lógica estaba inspirada por las sofisticadas tesis de Stalin, según las cuales los sentimientos nacionales desaparecerían con las clases burguesas. Stalin hizo desaparecer a todos los burgueses, y a cualquiera que se identificase con esa clase social ( y era una lista sin fin), por ejemplo en Ucrania, pero con el paso de los años se comprobó que esas tesis -que parecen ser el remedio que la formación del señor Meyer propone para Cataluña y para Europa-, no funcionaron en absoluto, ni en Ucrania, ni en ninguno de los países en los que se aplicó.

Si España se mantiene leal a las ideas de libertad, democracia y solidaridad con las que surgió el proyecto de unidad europeo, la socialdemocracia seguirá siendo el referente necesario. Estas elecciones europeas han evidenciado que la lucha por la igualdad social es uno de los rasgos esenciales de la Unión Europea. La ideología capitalista del neoliberalismo ya no es la ideología del futuro. No será posible una alternativa a las fuerzas políticas conservadoras si los partidos socialdemócratas europeos no son capaces, de acuerdo con su tradición, de ofrecer un proyecto que combine la libertad económica con la solidaridad entre seres humanos, es decir, impulsando otra vez la idea de la igualdad de los ciudadanos europeos.
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