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Europa al día siguiente

lunes 30 de junio de 2014, 14:12h
Lleva razón Timothy Garton Ash cuando recuerda esta mañana en El Pais la reacción de Luis XVI la jornada del asalto a la Bastilla, anotando en su diario “rien”, y previene frente a una actitud parecida tras las elecciones europeas del pasado domingo. Podemos sentir, en la fecha de hoy, una sensación de alivio, pues el peso del enemigo interior del europeismo en el Parlamento de Estrasburgo no puede cuestionar el funcionamiento institucional significativamente, pero sería necio negar que existe la necesidad de reaccionar, y hacerlo enérgicamente, si queremos evitar que Europa entre en un periodo de atrofia y bloqueo operativo.

Aunque afortunadamente la abstención en esta ocasión y respecto a anteriores comicios se haya detenido, el número de los ciudadanos europeos que no se sienten concernidos por la llamada electoral es escandaloso, y manifiesta la gravedad de la situación , cuyo enfrentamiento de la crisis requiere de una centralización del poder, pues la moneda común impide una solución económica aislada o abordable de modo separado, mientras que crece la resistencia a lo que muchos consideran una intromisión en los espacios nacionales de las autoridades europeas, hablemos del Banco Central Europeo, la Comisión o el Parlamento europeo. De manera que la crisis debe ser abordada a escala comunitaria, pero la legitimidad de las instituciones que deciden cómo abordarla, esto es, qué medidas han de tomarse, estableciendo una estrategia convincente al respecto, aportando, si les gusta la expresión, un determinado relato o discurso, sigue estancada significativamente.

Puede pensarse que la actitud de retraimiento de los ciudadanos ante la intervención de las instituciones europeas en la crisis en realidad es debida a la orientación de la política comunitaria, esto es, a la opción por una línea de austeridad, con un severo control sobre el gasto y el endeudamiento, de acuerdo con planteamientos gratos especialmente a los gustos y conveniencias de Alemania; frente a otra conducta económica que prefiriese insistir en medidas de estímulo y dinamización de la actividad con una importante contribución del sector público, mas de conformidad con las necesidades sobre todo del sur europeo en el que el principal problema, como ocurre en España, es la contracción del mercado del trabajo con una tasa espectacular del paro. Sería sencillo reducir, empero, la cuestión a un recambio en Europa de la política neoliberal por una socialdemócrata, y la petición de un liderazgo político compartido frente al predominio hegemónico germano.

Tampoco puede rechazarse el argumento de que con su abstención los ciudadanos proyecten en Europa su hastío ante unas conductas en los escenarios nacionales que les parecen abominables y frente a las cuales están en realidad impotentes. Me refiero a la corrupción con profusas manifestaciones en todos los países y ante la que las reacciones de los sistemas jurídico-penales respectivos ha sido tan decepcionante por su timidez, tardanza y escasa ejemplaridad (les recomiendo al respecto el acta implacable que levanta Perry Anderson en el último número, primera parte, de la London Review of Books, con una insistencia merecida en el caso de España, The Italian Disaster).

Lo que querría es señalar que lo que, a mi juicio, resta respaldo a las instituciones europeas y da cuenta del retraimiento electoral es una falla del sistema más profunda, que se da en su médula política constitutiva: me refiero a su fundamento de legitimidad y a las carencias democráticas del sistema político institucional europeo.

Un sistema político no consiste sólo en una suma de estructuras sino que requiere de una comunidad que le sirva de base. Hay, por tanto, que reforzar la identidad europea e incrementar la unión de sus pueblos. Lo decía muy bien López Bourniol en una contribución reciente en la Vanguardia: falla en Europa la affectio societatis , un vínculo suficiente que se sobreponga al interés particular, al resalte en el orden compartido de lo que cada socio obtenga de la Unión. Sólo la solidaridad justificará la intervención de las instituciones europeas comunes cuando la misma pueda no beneficiarnos o beneficiarnos a nosotros menos que a quien verdaderamente la necesita. La justificación de la solidaridad, la disposición de los europeos a afrontar juntos un destino compartido, es la comunidad espiritual que constituimos, que reside en unas bases culturales y políticas que todos asumimos. Se comprende fácilmente que en este plano, es fundamental la contribución de los intelectuales, artistas, literatos y pensadores para incrementar la conciencia europea, que se ofrece como alternativa civilizada en la crisis, en los tiempos de dificultades, cuando las circunstancias vienen “mal dadas”, al repliegue egoísta y miope nacionalista. El demos europeo no es tanto un sujeto constituyente inexistente, en lo que machaconamente se insiste, como una instancia de legitimación progresivamente construida ampliando el espectro compartido de la opinión pública y el espacio de comunicación vital de los europeos, que confirma una ciudadanía que ya disfrutamos en el plano jurídico.

Por lo que hace a las carencias democráticas del funcionamiento de las instituciones europeas seguramente se corrigen, según lo veo y como conoce el lector, incrementando más que el relieve del Parlamento el peso del Consejo de los Jefes de Gobierno, sobre la Comisión, mejorando de manera drástica el control en las Cortes de la posición de nuestro Presidente en dicho órgano comunitario.
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