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¿Intercambiar el penacho de Moctezuma por la carroza de Maximiliano?

lunes 30 de junio de 2014, 14:12h
Parece interminable la lista de reclamos para devoluciones de piezas resguardadas en diversos museos del mundo, particularmente los europeos, pero no son los únicos.

A veces en tono de disputa cultural, reclamado por México de manera oficial a Austria desde 1991 y teniendo de por medio un convenio de intercambio cultural bilateral actualizado en 2012 –que somete cualquier pugna derivada de su interpretación a la Corte Internacional de Justicia– el llamado Penacho de Moctezuma (Kopfschmuck Moctezumas) resguardado desde 1929 como parte de la colección Thompson en el Museo Etnológico de Viena situado en el Hofburgo, sigue despertando apasionadas inquietudes entre los mexicanos.

Sin prueba alguna contundente de haberle pertenecido al emperador azteca, quien inspira lo mismo una opera de Vivaldi que una marca de mexicanísimo chocolate, dice una versión que este penacho azteca (¿o capa?) fue regalado por Moctezuma a Cortés confundiéndolo con Quetzalcóatl en 1519 o que Cortés lo obtuvo como botín de la conquista de México en 1521, enviándolo a Carlos V como parte de 158 piezas más. El emperador lo reenvió a su familia austriaca. Otra versión resalta que fue capturado por piratas franceses al mando de Jean Fleury en la muy temprana fecha de 1522 cuando se dirigía a España y que acabó en manos de un ladrón italiano, que lo vendió al archiduque Fernando en Tirol para incorporarlo a su colección del castillo de Ambras hacia 1590. En el trajín de los siglos acabó en Viena.

En este año 2014 que conmemoramos el sesquicentenario de la proclamación del Segundo Imperio mexicano (1864-1867) en torno al 28 de mayo, el tema viene a cuento porque derivado de esas reclamaciones de devolución, Austria se niega a retornarlo, pero accede recelosa a un préstamo temporal a cambio de la carroza de gala del emperador Maximiliano I de México, archiduque de Austria, junto con un escudo azteca que el segundo emperador de México le devolvió al país americano en 1865. Lo propone esa república austriaca que hoy cuenta con la más mínima expresión territorial de toda su historia y que como imperio despreció a Maximiliano de Habsburgo, fusilado como emperador de México en esas tierras americanas (1867) y cuyo cuerpo mal embalsamado fue enviado a Viena a sepultarse vergonzosamente en la Capilla de los Capuchinos (tumba siempre adornada con alguna flor) y ambas partes desconfían de recuperar lo prestado a la otra, temerosas de que la contraparte se la adjudique. Y no les ha de faltar razón. Yo desconfío de los austríacos. Como sea su gobierno se han negado reiteradamente a devolver el penacho.

Intercambiar el codiciado penacho por la carroza imperial que perteneció al emperador Maximiliano I, preservada en el Museo Nacional de Historia conocido popularmente como el Castillo de Chapultepec, conlleva una trampa si el riesgo de pérdida es elevado. ¿De qué piezas hablamos? El penacho es llamado Copilli Quetzalli o quetzalapanecayotl en náhuatl y es descrito como un tocado de oro de 24 kilates incrustado de piezas preciosas y conformado de más de 450 plumas de quetzal y cuya altura es de 116 centímetros por 175 de diámetro. Al centro cuenta con plumas de xiuh totol y de cuclillo. El engarzado en oro suma un águila con ojos de esmeralda. Lo valúan en 50 millones de dólares, según algunas versiones. Es un resplandeciente objeto plumario. Desconocemos si ese penacho fue de Moctezuma.

La carroza imperial de gala del emperador Maximiliano fue elaborada en 1864 en la Casa Cesare Scala en Milán, Italia, según reza la ficha legible en su sitio expositor. A Milán la conocía muy bien el archiduque por haber sido virrey de Lombardía y Venecia años antes, pues era su capital. Barroca, lleva grabados los escudos imperiales y cristales biselados, está recubierta de hojas doradas y la coronan amorcillos. La carroza posee molduras de plata y bronce y aún mantiene algunos escudos imperiales, pero se nota el retiro de otros. Lleva en latín el lema “Equidad en la Justicia” divisa que lo fue del emperador Maximiliano. Es la única en su tipo en México.

En su obra “Maximiliano íntimo. El emperador Maximiliano y su corte” de José Luis Blasio (1905) y reeditado por la UNAM, se lee acerca del cumpleaños del emperador acaecido el 6 de julio de 1865, una posible descripción de este transporte: “espléndido carruaje de gala, tirado por ocho briosos y arrogantes caballos con penachos de plumas y gualdrapas de terciopelo carmesí y oro. Cada tronco iba conducido por dos palafreneros que vestían la rica librea de los días de fiesta, que era roja y oro.” Nos permite apreciar su grandeza.

Y este punto es importante. En el portentoso palacio de Schönbrunn en Viena, magnífico sitio en que naciera el futuro emperador de México, tuve ocasión de visitar en 2005 su estupendo museo de carruajes, cuya colección es una de las más importantes del mundo y se compone de al menos ¡170 muestras! en varias modalidades: carruajes, coches, carrozas fúnebres o imperiales, sillas, trineos, cochecitos para niños y cuya riqueza y dimensiones son en muchas ocasiones superiores a la carroza imperial existente en México, de más modesta magnitud por mucho. Lo mismo observé en casos como el de los museos alusivos de Versalles y El Vaticano. ¿Austria necesita la carroza de Maximiliano? Puede responderse que no al tenor de lo ya mencionado, pero es simbólica aun para ella. Prestarla valdría, agenciársela a la mala no tendría sentido, mas tampoco lo descarto. A veces exaltan nuestra vena nacionalista y monárquica.

México solo cuenta con una carroza imperial que no deja de formar parte de su historia, porque el Segundo Imperio mexicano es parte insoslayable. En cambio, el multicitado penacho está situado en Viena casi de forma accidental, ajeno al devenir de la historia austriaca que no la exalta, pues Austria nunca conquistó México. La carroza imperial de Maximiliano en más nuestra que el penacho obsequiado cuando México ni existía y su estancia en Viena incide en nada en el devenir de los mexicanos. Exigirlo por razones patrióticas no merece. Dada la importancia escasa por no decir nula. Es un despropósito absoluto. Es mejor que ambas partes conserven su patrimonio tal y como está ahora. El simple préstamo no convence a nadie, el trueque parece injusto, porque ni sabemos de la autenticidad del penacho aquel y en cambio, cual pieza también única que lo es, nuestra singular carroza imperial auténtica podría perderse recibiendo a cambio un penacho de dudosa procedencia.

No es comparable todo ello con el intercambio equitativo de banderas efectuado entre España y México en 2010, en el marco del bicentenario de nuestra independencia frente a España. México entregó los dos ejemplares de la última bandera española que ondeó sobre tierras mexicanas, capturada en 1829 en Tampico (Legión Real y El Rey a la Fidelidad). España devolvió en una bonita ceremonia en Santillana del Mar con soldados ataviados a la usanza de la época, las dos banderas del general insurgente Allende enviadas como trofeo de guerra a la Península en 1814, primeras de la Patria. Cada entrega supone la devolución permanente de una y un préstamo quinquenal de la otra. Ambas partes sí quedaron satisfechas. Ha sido una relación ganar-ganar cargada de simbolismo y no de ventajosa conveniencia encubierta.
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