www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

De Juan Carlos I a Felipe VI

lunes 30 de junio de 2014, 14:12h
Presenciamos la séptima abdicación borbónica (cuento las dos de Carlos IV o si prefiere, a la segunda llamémosla renuncia) y sumo una octava de un rey de España (Amadeo I [1870-73]), verificadas en los últimos tres siglos y esto nos pone en primera fila para contemplar la Historia y tocarla con las manos.

Lo he escrito en redes sociales: pensé que narraría la muerte del rey Juan Carlos I en el trono y no su abdicación, barajada hace tiempo, pero que no acababa de concretarse, desestimándola a veces y a veces convencido de que sucedería, cual si yo mismo deshojara la margarita. Acaeció finalmente este 2 de junio de 2014 y la fecha queda grabada de forma profunda. Acaba el reinado de Juan Carlos I (1975-2014) e inicia el de Felipe VI .

Desoigo aspavientos y alharacas. Ya Juan Balansó explicó en su libro “La familia real y la familia irreal” porqué era legítima la designación de Juan Carlos I. Le corresponde por herencia directa. Esa parte pesa tanto como su imperdonada designación por Franco. Se negoció entonces una monarquía que no fuera onerosa y frívola, mientras garantizaba libertades a todos y en general, ha cumplido. Tenemos que sumar 39 años y no solo los últimos 4 o 5.

La noticia nos ha sorprendido en ultramar; ha sido una bomba informativa, esta vez difundida vertiginosamente por Twitter y Facebook a la par de las páginas digitales de los principales diarios españoles y del mundo. Yo me he informado en El Imparcial, como lo hago cada mañana, y no por un navío (“de la muerte”, le llamaban en las colonias) que tras una larga travesía transoceánica, conducía al mensajero real a comunicar el deceso de un monarca y el ascenso del siguiente, paralizando las actividades civiles y religiosas en Indias, para montar el luto y después proceder meses más tarde a toque de timbales, a la aclamación por todo lo alto, del nuevo lejano soberano. Signos de los tiempos.

¿Qué lectura podemos hacer? Esta abdicación es diferente en muchas cosas. No va precedida de una crisis institucional de ruptura No estamos ante un Alfonso XIII que se marcha al exilio o una invasión ni es un punto y aparte que supone cambio de régimen o precipite una guerra civil. Nada parecido a las de Carlos IV– no estamos bajo la presión de un motín – o una Isabel II –repudiada – y confío en que los españoles que desean la estabilidad, lo estén ponderando. Para su democracia es una prueba que la sucesión monárquica –con ribetes de normalidad– la vislumbre con la serenidad que me sugería ayer una buena amiga desde Sevilla. A falta de un tinglado jurídico que defina otra cosa, otra salida legal, otra vía para cambiar de régimen –como desean muchos, afirman en redes– los españoles calibrarán con plena certeza y visión el que la presente abdicación de Juan Carlos I, tal y como está planteada, no apuesta a la inestabilidad y en cambio, sucede en un entorno democrático del que se sirve aun la izquierda más recalcitrante, y que existe gracias a la madurez del pueblo español, como lo escribía Luis María Anson hace unos días y sí, al talante de Juan Carlos I, porque pudo haberse ido por la facilita y seguir los pasos de Franco, lo sabemos bien. Fue un rey a la altura de sus circunstancias y extendió la mano a todos. No se nos olvide.

Elucubremos desde ultramar. Si un cúmulo de sucesos han orillado a esta decisión, incluida sin duda la salud del rey, cebándose con la regia figura, la abdicación ocurre en malos momentos nada propicios. Un ulterior triunfo masivo en las urnas propiciando a la izquierda que en mayoría cerrara las puertas a la monarquía, no es algo tan claro, porque no ha ocurrido antes. Mas se maneja que ha sucedido un adelanto de la abdicación para explicar que se produjo previendo que más adelante las condiciones fueran tan adversas a ella por un avance notable de la izquierda radical, que su continuidad peligrara aún más. Puede ser, pero eso solo sería con un avance masivo de los más radicales, cosa tampoco tan probable, pese a los resultados de las parlamentarias europeas acusándolo como posible, pudiendo ser coyuntural.

Sigo convencido de que estos retos en adelante ha de afrontarlos Felipe VI por duros que parezcan, si es que desea granjearse la popularidad y recordarse a sí mismo que todos los días ha de ganarse al pueblo español, involucrándose de cerca en sus afanes, compartiéndolos. Como sea, Juan Carlos I le deja un gran legado a Felipe VI, apenas acorde con la enorme preparación académica que posee, que ha ponerla al servicio de España toda. Por otro lado, comprendo la campaña en contra de la monarquía, pero la creo más vociferante que real. Se idealiza la república cual si fuera inmaculada, con la máscara del voto popular. Y no lo es. E insisto: la actual monarquía española no conculca los derechos de nadie. Ha proyectado a España al mundo y la ha modernizado sin obstruir su crecimiento como país. Nadie se avienta de un quinto piso a la mala a un futuro incierto. Parece a lo lejos que los republicanos quieren además, reproducir los excesos de la segunda república en una España que no es la de 1931. No necesitan otra guerra civil para enmendarlos.

Quizás España no ha reparado en ello, pero cuando ahora toca a las Cortes –elegidas por el pueblo español, y nadie cuestiona que así sea– el aceptar la abdicación conforme a la constitución de 1978 –refrendada por el pueblo español todo, incluidos los reyes, que a las urnas también acudieron– se corresponsabilizan ambas entidades con el pueblo español como testigo y garante, evitándose efectuar un acto de unilateralidad como el de Alfonso XIII en 1931 o la proscripción que hiciera el parlamento de la figura del ex monarca ese mismo año. Se evita que rey y Cortes supriman nada per se. La corresponsabilidad de todos ha de ser fiador de la estabilidad que a todos conviene, mientras ponen en la balanza el debe y el haber de este reinado y se plantean con seriedad, con responsabilidad profunda, qué es lo que conviene, qué es lo que se gana y qué es lo que se pierde. Ello pondrá a raya a quienes claman por derivar el régimen, haciendo cera y pabilo de todo.

Resta sí, contar con esa ley orgánica que encause inquietudes y elimine resquicios de ley sálica en un acto de justicia, dotando de certidumbre la sucesión monárquica, definiendo de paso y claramente la estirpe reinante. Ya lo hace el artículo 57.1 constitucional de manera precisa invocando a Juan Carlos I. La infanta Leonor es un magnífico pretexto para hacerlo. Y en efecto, a Felipe VI le queda un paquete enorme: revertir la impopularidad monárquica con gestos de altura de miras como los tuvo su padre en su momento, pero abatiendo además las cifras económicas espeluznantes y manteniendo la integridad del Estado español, sí, evitando la independencia de Cataluña para decirlo con todas sus letras, y cuenta para ello con dos elementos con los que su padre no contó: precedentes de bienestar y democracia que fijan rumbo claro para recuperarlos, y el respaldo de un gobierno elegido en las urnas después de todo. Felipe VI deberá pronunciarse definiéndose con más claridad que su padre en todos los temas que aquejan la realidad española. Ese es su reto, ese es su desafío y se lo juega todo en ello, no cabe la menor duda. Y desde el exterior se lo aseguro: Iberoamérica aguarda los acontecimientos expectante, no le quepa a usted la menor duda. Todo sea para el bien de España y hago votos para que así sea.
¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (0)    No(0)

+

0 comentarios