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teatro en el imparcial

Vagos y maleantes, de Luis Andrés: una violencia vergonzante

lunes 30 de junio de 2014, 14:12h
El Festival SURGE recién terminado ha dado cabida a todas las tendencias estéticas e ideológicas en ocasiones diametralmente opuestas a las ideas políticas de sus patrocinadores desde la Comunidad de Madrid. Un ejemplo ha sido “Vagos y maleantes”, de la Compañía Sudhum Teatro, que tras su estreno en el evento no nos cabe duda que tendrá un recorrido en los escenarios españoles.
Vagos y maleantes, de Luis Andrés
Director de escena: Gustavo del Río
Escenografía: Juanma Zapata / Nave del Cambaleo
Intérpretes: Rebecca Vecino, Dénis Gómez, Pedro Martín y José Muñoz
Lugar de representación: Festival Surge y gira
Por RAFAEL FUENTES

Espectáculos teatrales como “Vagos y maleantes” permiten entender con más claridad la percepción que las nuevas generaciones -en realidad sería más exacto decir: los radicales de las nuevas generaciones- poseen de la historia reciente de España y de las generaciones mayores que vivieron la Transición y realizaron la tarea de recobrar y sostener una democracia estable en nuestro país. Aparentemente, a través de los cuatro cuadros que componen la obra, se lleva a cabo una exploración de nuestro pasado inmediato. Pero muy pronto se percibe que esa indagación del ayer está hecha mediante una distorsión que justifique el descrédito y la agresión ideológica contra nuestro sistema político actual. Un contenido que sintoniza inequívocamente con operaciones doctrinarias orquestadas desde el poder sobre la Memoria Histórica en prácticamente toda la primera década del siglo XXI y con fenómenos políticos que han acaparado la atención mediática tras las últimas elecciones al Parlamento europeo.


El título de la pieza: “Vagos y maleantes” hace referencia a “La Gandula”, ley promulgada en 1933 por la II República dirigida a controlar a mendigos, proxenetas y homosexuales con el fin de internarlos en establecimientos que los regenerasen socialmente. En verdad se trataba de una ley baúl que podía ser aplicada de modo laxo y arbitrario contra todo tipo de personas sin recursos. El primer cuadro del espectáculo se cuida mucho de no comenzar en 1933, sino en 1934, como nos indica una proyección sobre el fondo del escenario, presentándonos a un matrimonio en la época donde la derecha republicada de la CEDA gana las elecciones y se desencadenan los movimientos revolucionarios o secesionistas de todos conocidos. La pareja debe estar próxima a la CEDA porque se pone buen cuidado en que lea el periódico ABC, con toda seguridad no con el ánimo de de hacer propaganda de esta cabecera (parece, más bien, que con el propósito de estigmatizarla). La esposa está claramente a favor de la Ley de Vagos y Maleantes y ofendida contra prostitutas y proxenetas. Su marido, conforme lee el diario, va mostrándose cada vez más como un grotesco energúmeno que, naturalmente -con arreglo a este planteamiento dramático- recibe un par de… ¿merecidos? disparos que le llevan a la tumba. La justificación de la violencia se materializa de un modo vergonzante: el autor no se atreve a expresarla de manera explícita porque sería, obviamente, desautorizado y por eso solo la defiende de forma implícita a través de la artificiosa situación dramática creada. La esposa, sin recursos, debe entregarse al submundo de la prostitución y los rufianes que antes criticaba. Toda una fantasía sádica que supera aquellas otras que avergonzaban al propio Luis Buñuel, utilizando el cine como exorcismo para liberarse de ellas. Aunque aquí adquiere, por el contrario, el cariz de una lección histórica: al parecer, la derecha republicana merecía algo similar a esto. También en aquella época pasada algunos pensaban de forma semejante, como, por ejemplo, acredita el asesinato de Calvo Sotelo.


A partir de ahí, los siguientes cuadros o escenas independientes se dedican, dicho en un lenguaje popular, a repartir estopa. Se reparte estopa a sacerdotes, se reparte estopa a monjas, se reparte estopa a policías, se reparte estopa a militares con apariencia de muy machotes, pero en el fondo homosexuales hipócritas. La estopa se reparte mediante una ridiculización primaria -en su base muy infantil, o más exactamente adolescente-, y la época de la dictadura franquista justifica sobradamente la simplificación infantiloide de situaciones y personajes. Ahora bien, lo importante es que toda esa visión del pasado viene a explicar el presente. En el último cuadro nos reencontramos con un matrimonio que -¡vaya casualidad!- también lee el periódico ABC como el primero y que está conforme con el actual sistema democrático. Solo que ahora tiene unos hijos que le vienen a sacar del engaño en el que vive. Los vástagos, de ideas antisistema, explican a los padres que ellos aceptaron la Transición únicamente por miedo, que el sistema político constitucional de hoy no es más que el franquismo de siempre continuado por otros medios y que por todo ello se consideran orgullosos de tirar adoquines a la nuca de la policía en el Paseo del Prado. Tal cual llegados a este punto, la justificación de la violencia ya pierde su careta vergonzante y las fantasías sádicas se explayan como una condecoración de la que sentirse ufano y satisfecho.


 Rebatir estas premisas ideológicas entraría en el campo del debate histórico y político. Habrá sin duda algún público que comulgue con estos planteamientos. Sin adentrarnos mucho en ello -la obra habla por sí misma-, pensamos que los creadores caen en una constante confusión. Básicamente confunden el verbo “criticar” con el verbo “manipular”. Esta pieza carece prácticamente de un contenido crítico -que siempre exige el análisis, en vez de la apología o la propaganda- y lo sustituye por una permanente manipulación que reemplaza el lugar que debería ocupar la reflexión.

En realidad, en términos teatrales, la ideología expuesta no hace deplorable o excelsa la creación escénica. El problema es que Sudhum Teatro cuenta ya con una trayectoria de una década en las tablas españolas y asevera que su intención es fomentar el teatro documento y nuevas formas de hacer teatro. Pero lo cierto es que “Vagos y maleantes” distorsiona lo que es el teatro documento y no aporta ninguna manera novedosa de hacer teatro. Más bien absorbe estereotipos sobradamente conocidos mediante una pésima ejecución. Actores inseguros que titubean sobre el texto, monólogos interminables y reiterativos que sumen al espectador en el tedio, ausencia de organicidad en la interpretación, total desequilibrio en el ritmo escénico, escenas faltas de verdadero dramatismo. Y muy particularmente, un recurso lastimoso: el personaje-ventrílocuo, a través del cual el autor larga el sermón que quiere endilgar al público de modo rudimentario e indigesto. Todo un catálogo de errores que nos resume bastante bien cómo no hay que hacer teatro, cuáles son las carencias que lo falsifican.

En ocasiones resulta beneficioso asistir a puestas en escena tan equivocadas pues yerros tan de bulto nos ayudan a valorar mucho más el esfuerzo de los grupos que sí hacen un teatro vivo, creativo, auténtico. También los desaciertos son educativos y de ellos se puede aprender. No nos cabe la menor duda que “Vagos y maleantes” tendrá un recorrido tras este festival. Pero que nadie se equivoque. Será impulsado por la adhesión ideológica, no por la valía teatral. Montajes de este cariz deben hacer pensar a los programadores de SURGE que la cantidad no lo es todo y que es bueno moderarla con la calidad.
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