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Madrid como hipérbole del centralismo

lunes 30 de junio de 2014, 14:12h
A veces, cuando se argumenta sobre la necesidad de instaurar un Estado verdaderamente descentralizado, por ejemplo el sistema federal u otra forma política aun más audaz, buscando una imagen potente de la operación que se intenta, o porque sinceramente se acepta la necesidad de encontrar un culpable de la situación que se denuncia y se quiere rectificar radicalmente, se suele señalar a Madrid, la capital del Reino, como responsable inequívoco de los males del centralismo del viejo Estado. El nacionalismo identitario en sus variadas versiones dice no tener nada contra España, ni los españoles, pero si contra el Estado, entendido como aparato del poder político efectivo, como administración omnipresente y asfixiante que frustra el despliegue de las posibilidades de las naciones impedidas o reprimidas. Madrid es el modo de referirse eficazmente a ese poder administrativo con sus ramificaciones económicas, financieras e ideológicas. Madrid, capital política del Estado, es el centro del complejo o sistema: la ciudad de la Corte, el núcleo dirigente, artificial y sin raíces, mera superestructura, donde reside la verdadera causa del edificio y moran las elites extractivas que chupan el dinamismo y las energías del conjunto. Nada menos.

Este cliché es bien difícil de desmontar, aunque resulte insostenible en el sistema autonómico de nuestros días, en el que la pérdida de capacidad de decisión del Estado central es indudable, pues el poder no puede entenderse sino como la resultante de una suma cero, de modo que si se descentraliza se pierde : así la administración ha sido desprendida de las atribuciones que ejercen las Comunidades Autónomas (por no hablar de la pérdida de poder en la dirección europea). De modo que la afirmación de Madrid como región de notable dinamismo económico o financiero que ha cobrado un gran adelanto en los últimos treinta años, es paralela a la disminución del peso político de la capital, pues el Estado, por lo menos en su dimensión autonómica, ya no se dirige desde Madrid. Esto significa, frente a lo que suele sostenerse, menos poderes para la elite funcionarial centralista. Llámense abogados del estado, altos letrados, técnicos economistas o ingenieros, etc..

Naturalmente no estoy negando que la condición de capital del Estado no tenga repercusiones ventajosas para las oportunidades económicas de ciertos grupos empresariales o bancarios radicados en Madrid; pero tampoco debe ignorarse que elites de otras regiones pueden disfrutar de estas posibilidades, lo que quizás no sea el caso a la inversa en otras partes del Estado cuando existen exigencias territoriales, relacionadas con el dominio de la lengua, o la aquiescencia del establishment local. También resulta absurdo ignorar el peso de la geografía, esto es, la condición de Madrid de centro de España, lo que hace que esta ciudad juegue inevitablemente el papel de lugar de encuentro más fácil y económico en el tráfico de todo tipo de las redes sociales nacionales.

Por otra parte no voy a negar que el centralismo institucional pudiese ceder en una España federal: ¿Por qué no podría Barcelona, además tan bien comunicada con Madrid, ser la sede del Tribunal Constitucional? ¿Y no podría recuperar San Sebastián su condición de capital estival del Reino?

Lo que sí es cierto es que la hipérbole de Madrid tiene una tradición larga entre nosotros, a veces compartida por gente poco afín al nacionalismo, como podrían ser en el caso catalán Pla o Gaziel. Señalemos curiosamente en tal dirección ahora a algún foralista del siglo XX como Azaola. Para don José Miguel, Madrid era la correspondencia de Paris, exponentes ambas capitales del sistema en el que Estado absorbe las energías de la sociedad que se siente más que protegida, asfixiada. Por eso, dice, hay que desmochar Madrid, si se quiere llevar a efecto las virtudes regeneradoras del regionalismo español. Madrid, además de devenir una urbe invivible, que llegará a los 12 millones de habitantes en el año 2000, fomenta la indiferencia y la dimisión cívica de los españoles y agota a Castilla La Nueva.

Véase este párrafo regeneracionista del escritor bilbaíno, algo áspero, que parece sacado de la novela barojiana de La Busca. “Cuando el madrileño sale de su villa, no encuentra nada. Recorre kilómetros y kilómetros de desierto interrumpido de cuando en cuando por un villorrio insignificante, por una vieja ciudad aletargada, de reducidas dimensiones y de espíritu más reducido todavía, o por una aglomeración desangelada, satélite de la propia capital: nada de lo cual cuenta, como es lógico, a sus ojos”.

El problema de Madrid es crucial, pues del porvenir de Madrid “depende en gran medida el porvenir de España”. Hay que dividir la capital y, dice Azaola, separar su parte administrativa, su Brasilia, y llevarla a 100 o 200 kilómetros. Esto ha de aligerarla “de una carga que empieza ya a pesar gravemente sobre los hombros de los madrileños y del resto de los españoles, obligados a financiar a través del impuesto los enormes despilfarros a que conduce el mastodontismo urbano”. ( Vasconia,Tomo II, Madrid 1976 pag. 432). Reducir o recortar Madrid, concluía el regionalista Azaola, es vital para vigorizar Castilla.
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