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La Copa del Mundo Brasil 2014

lunes 30 de junio de 2014, 14:12h
Ha llegado la hora y estén listos o no los brasileños, el inexorable paso del tiempo aproximándonos a la jornada inaugural nos abre camino al vigésimo campeonato por la Copa Mundial de Fútbol, en su edición Brasil 2014, que tanta expectativa deportiva y metadeportiva despierta, con su cauda de esperanzas, temores, críticas y también de quinielas de toda clase.

Durante estos años de preparación hemos visto cómo se cuestionaba acremente a Brasil por la organización del certamen, pitándose desde todas las gradas, por propios y extraños, mostrando su inquina y su desacuerdo. Nada imaginable cuando Brasil obtuvo la codiciada sede, augurándose entonces una afición complaciente, un derroche justificatorio acorde con su tradición futbolista plena y una organización impecable y deseosa de suceder, que, por costosa que fuera, se asumiría sin chistar. Siete años después la imagen por el mundo de esta edición futbolera puede ser otra muy distinta. Y no porque mengüe el deseo de entretenimiento o porque el fútbol ya no sea popular, sino porque los brasileños han puesto el dedo en la llaga: ¿un país debe ser sometido a un negocito de cuatro vivales? Habrá quedado Brasil en entredicho como país organizador y con tan mala prensa, pero la FIFA…la FIFA ha quedado más que expuesta y se han despejado todas las dudas sobre su negativa imagen.

En Brasil se juega: el prestigio de asignar futuras sedes y su desenvolvimiento, el nombre de FIFA tanto como el propio y las ediciones ya asignadas ya pueden quedar advertidas, pues sabrán qué le permitirán a la FIFA y qué no. Eso es para mí lo más rescatable de esta edición mundialista.

Y afuera no se percibe que los brasileños se la quieran perdonar a los políticos y a encumbrados iconos futbolísticos que los metieron en el brete, empezando por Lula da Silva o Pelé –de quien nos ha sido tan penoso saber el encarcelamiento de su hijo– que prometieron el oro y el morro como sede y posiblemente queden a deberlo todo, mientras comprometen a su país poniéndolo en tamaña tesitura. Y lo que faltaba: con elecciones presidenciales a la vuelta de la esquina, donde la Russef se la juega. En el fondo es ella la que paga los platos rotos por aquellos. Si sale airosa tendrá mi doble reconocimiento por enfrentar lo que ella no provocó, después de todo. Recibió un paquetazo que buscaron otros y que a ella le está generando las broncas.

No pasa desapercibida la queja brasileña, que muchos apoyan, lo juran, mientras se van al Mundial “agiotista del gran capital” y de paso piden la cabeza del rey de España por ser de izquierdas. ¿Usted lo entiende? yo tampoco, pero incongruencia discursiva la hay. A lo Atenas 2004, Brasil contaba –y cuenta– con la simpatía y partía de poseer una gran afición y se le suponía una infraestructura sólida. Las protestas de la Copa Confederaciones en 2013 –sombra que toca a Brasil 2014– y las cuentas estratosféricas invertidas en montarla, reflejadas en el alza de impuestos y servicios, nos cimbraron desnudando una realidad. Anticipan la injusticia de cargarle la mano al ciudadano de a pie. Y lo peor es que se anticipa que las ganancias serán relativas para Brasil, pese a que la FIFA señala que ha sido un gran negocio esta Copa del Mundo. ¿Para quién, pues? La misma FIFA que no juega el Fair Play que preconiza, va criticando tiro por viaje a la organización, mientras se embolsaba los dineros por derechos explotados.

Así, Brasil, su gente movilizada –aficionada o no al fútbol (dato nada claro)– tiene un gran merito: ha subrayado el tema de fondo: el negocito del fútbol no puede ser a costillas de un país y persistir en ello será solo generando un sabotaje del acontecimiento y exhibiendo a sus promotores. Los organizadores lo saben desde ya: o cuidan atender las necesidades sociales, canalizándolas a tiempo para que no estallen aprovechando un suceso de tal magnitud, pues los gastos exorbitantes chocan con los reclamos sociales, o ya pueden prepararse para una protesta en regla que nadie desea y sí comprometa el negocito. Rusia por supuesto que toma nota si desea una edición tan brillante como los JJ.OO. de Sochi 2014. Dicho esto se puede responder ufano que la Copa fue. Sí, fue, se verificó pero no como la esperaban Blatter y compañía –que tienen más cara que espalda, después de todo–. Quizá Brasil ha logrado que medio mundo se lo piense dos veces.

Sin saber si será más atractivo el Mundial afuera que adentro de la cancha, nos permite afirmar que su preparación tan accidentada –que va de averías insospechadas a una canción nada atractiva, incluyendo los desplazados por las obras mundialistas o rumores de compra de su resultado y el que afirma que Copacabana es más cara que Nueva York– las dudas son más que las certezas, ayudando poco las protestas permanentes aprovechando la coyuntura denunciando el negociazo del fútbol. Aun así el control de daños es posible si Brasil consigue aminorar la protesta dándole una airosa solución que le permita resguardar su imagen, tornándola positiva, según avance el certamen. Pero eso sería o pedirle a la gente que se calle o contar con la capacidad para resolverlo favorablemente. Eso además de no cristalizarse los peores augurios de protestas masivas. Todos deseamos el éxito de esta edición revirtiendo la imagen ambivalente con la cual llega a él, entre la solidaridad que nos despierta su queja y el desbarajuste que pueden causar las protestas masivas o la infraestructura incompleta, definiéndola solo en positiva.

Como quiera que sea, Brasil ha de ponderar que aún le resta afrontar los JJ.OO. de Río 2016 –cuya naturaleza, desafío y compromiso son de otra índole. Por ende, es necesario que corrija de forma pronta y veloz las carencias reales o supuestas que ya afectan su imagen en el exterior.

El plano del análisis deportivo lo dejo a los expertos. Considero sí que será una gran Copa del Mundo, electrizante, emocionante y sin parangón. Creo que se repartirá la gloria y habrá sorpresas que tiren por tierra las apuestas más conservadoras, pues no me convencen los favoritos. Y lo digo sin ser conocedor de trayectorias y capacidades. México ha privilegiado el negocito para que mis compatriotas paguen precios indecibles por asistir a apoyar a una selección que no me inspira ni me promete nada. Pero por ver las cinco cámaras en los arcos y los relojes indicadores del gol para los árbitros, va. El Mundial de Fútbol no deja de ser más que solo 22 jugadores corriendo tras un balón, pues muestra la rivalidad entre potencias jugando su propio juego de poder, sean o no futboleras, y se juegan su prestigio en el plano deportivo. Sí le advierto amigo lector en ambos hemisferios que a todos los gobiernos del mundo les urge que inicien los partidos, porque por angas o mangas les sirven de coartada distractora, a quien más y a quien menos y cada cual por sus propios motivos. Postergarán un mes las soluciones.

Y solo me resta decir a ritmo del silbatazo inicial: ¡qué ruede el balón y que gane la Copa quien lo merezca, persiguiendo su sueño sin rendirse!
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