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En el Centenario de Julián Marías

lunes 30 de junio de 2014, 14:12h
Hace algunas semanas uno de mis estudiantes me comentó que había visto las Memorias de Julián Marías en una librería de Santiago de Chile, a propósito de que yo había mencionado en clases una de las obras de este filósofo español: La Guerra Civil. ¿Cómo pudo ocurrir? (Madrid, Fórcola Ediciones, 2012, con Prólogo de Juan Pablo Fusi). Le pedí que la comprara, porque tenía interés en leer más sobre él, máxime cuando se acercaba el Centenario de su natalicio. Así llegó a mis manos Una vida presente. Memorias (Madrid, Páginas de Espuma, 2008), en tres volúmenes, del cual he terminado de leer el primero, que cubre entre 1914 y 1951.

Precisamente este 17 de junio de 2014 se cumplen los cien años desde el nacimiento de una de las figuras más luminosas del pensamiento español en el siglo XX. Como suele ocurrir con estos aniversarios, ha sido una excelente ocasión para recordarlo, para oír las repetidas valoraciones de su figura, algún aspecto de su obra, su aportación a España o a las letras en español, su valor moral e intelectual.

En un artículo publicado en El País (15 de junio de 2014), su hijo Javier Marías, destacado escritor, ha recordado algunos aspectos de la vida de su padre, sus lecturas y optimismo incorregible, y ha deslizado una frase que me parece central: "Al fin y al cabo se pasó la vida pensando, y pensando más, no quedándose en el primer pensamiento, eso me consta". Lo que podría parecer una consecuencia casi obvia de su calidad de filósofo entrañaba una cuestión mucho más compleja, sobre todo si consideramos que esa vocación intelectual creció y se consolidó en los años que precedieron a la Guerra Civil Española, cuando las divisiones políticas parecieron invadirlo todo, hasta que el país se vio regado por la sangre de compatriotas que se mataban entre sí. ¿Cómo pudo ocurrir?, se preguntaría Marías años más tarde, recordando "el gran suceso dramático de la historia de España en el siglo XX", y explicaría su aproximación al tema en un texto breve pero profundo, tan histórico como actual, orientado a entender qué pasó y por qué se llegó a ello, pero sobre todo a evitar que vuelva a ocurrir. Por aquellas páginas se deslizan el creciente desapego a la democracia, el triunfo de los extremos, la expansión de los odios, la incapacidad para "predecir" la guerra, la locura que acompañó a la génesis y desarrollo del conflicto.

Curiosamente, explica Marías, "todo esto ocurría en un momento de increíble esplendor intelectual", del cual él mismo fue uno de los beneficiarios en la Universidad de Madrid. De hecho, allá por 1981, otro año decisivo en la historia peninsular, escribió una serie de cuatro artículos en El País, bajo el título "La vida intelectual en España durante la República", que coincidió precisamente con sus años de estudiante, que lo marcaron por sus lecturas, las traducciones de obras al español, el famoso viaje universitario por el Mediterráneo y, sobre todo, por la fascinación intelectual que era fruto de la vocación personal y también de la entrega de maestros de excepción.

En sus Memorias recuerda haber asistido a "la mejor institución universitaria de la historia española", donde enseñaban "Ortega, Morente, Zubiri, Gaos, Besteiro, Menéndez Pidal, Gómez Moreno, Obermaier, Ibarra, Ballesteros, Pío Zabala, Américo Castro, Claudio Sánchez Albornoz, Asín Palacios, González Palencia, Ovejero". Para Marías el más importante era Ortega, cuyos "ojos eran lo más notable", con una "voz extraordinaria", que lo distinguiría con su amistad en sus años universitarios y posteriormente. De esa manera fue ampliando sus horizontes intelectuales, así como se acercó a la madurez filosófica, escribió sus primeros artículos, dio sus primeras clases -informales, pero rigurosas- como "profesor universitario", pidió a Dios "una vida intensa y llena de sentido cristiano". Sin embargo, y a pesar de ese deleite intelectual y de una vida que se iba haciendo plena, estalló la guerra para interrumpirlo todo, un gran paréntesis en la vida, un verdadero túnel, plagada de noticias de mentira, con el hambre circulando por todos lados, las muertes cercanas y lejanas, intelectuales que abandonaban su vocación y políticos que enterraban el bien público para privilegiar los exceso y su propio extremismo.

En ese escenario, recordaba Julián Marías en 1981, se produjo la escisión que duró mucho tiempo, no la que dividía en dos bandos que luchaban en los campos de batalla, sino una mucho más preocupante: "La verdadera escisión, la que me parece grave, es la de los que permanecen fieles a su condición intelectual, aunque tomen partido; los que siguen fieles a la verdad, a la calidad intelectual, literaria o artística, sea quienquiera el que la realice, y aquellos otros que, en cambio, dimiten de esa condición intelectual y se entregan por miedo, por ambición, por fanatismo o por una mezcla de esas tres cosas". Una forma de la cual quiso mantenerse distante, pero que pasadas las décadas todavía seguía dando vueltas al interior de España y en el exilio de la posguerra.

El propio Marías estuvo en la última etapa de la guerra, dentro del sector republicano y procurando una paz que evitara más víctimas ante un resultado claro hacia marzo de 1939, para impedir que siguiera corriendo la sangre. Luego fue una de las víctimas del conflicto, estuvo en la cárcel, tuvo desilusiones y posteriormente no pudo enseñar en las universidades españolas durante décadas. Sin embargo, sobrevivió para reencontrarse con las aulas y también para contemplar y ser parte de las novedades políticas que sobrevinieron tras la muerte de Franco en 1975. Entre ellas destaca su designación por parte del Rey como Senador en las Cortes Generales, así como el restablecimiento de los procesos electorales democráticos. Las elecciones del 15 de junio de 1977 tenían, para el filósofo español, la posibilidad de poner "el final definitivo de la guerra civil, su total y absoluta liquidación y superación" (El País, 8 de mayo de 1977).

Lo que ocurre, mirado en perspectiva, es que la guerra civil había sido el resultado de privilegiar la discordia, "la voluntad de no convivir, la consideración del "otro" como inaceptable, intolerable, insoportable", como resumió en su reflexión sobre el gran drama español. Por el contrario, la nueva monarquía y la democracia que se comenzaba a edificar después de 1975 representaba exactamente lo contrario, la convicción sobre la convivencia, la consideración de quienes piensan distinto como adversarios políticos y no como enemigos, la capacidad para superar la dialéctica de vencedores y vencidos.

El Centenario de Julián Marías puede abordarse desde muchos puntos de vista. Pero la capacidad de pensar más es un buen punto de partida para reencontrarse con su figura y con la historia de España.
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