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El valor de la humildad

martes 01 de julio de 2014, 20:29h

Normalmente en la vida uno debe buscar lo que le falta, más que lo que le sobra. Hay que tender al equilibrio en la medida que se pueda. Hoy, especialmente en el mundo más desarrollo en términos materiales, existe un exceso de egocentrismo o, dicho con otras palabras, tendemos a mirarnos demasiado el ombligo, demasiado yo, demasiado nosotros mismos. En un mundo excesivamente competitivo, nos enseñan desde muy temprano a hacernos con nuestro espacio, a abrirnos un hueco frente a los demás.


Sin desconocer la realidad de la dureza de la vida y de la naturaleza humana, tampoco debemos olvidar que hay que humanizar nuestras sociedades para que sean soportables para el desarrollo personal. Un mundo exageradamente autoafirmativo y competitivo, puede devenir en insoportable, más bestial que humano. Una desproporción en la afirmación de nosotros mismos puede degenerar en cierta soberbia y en un desprecio hacia los demás. Ampliar nuestro espacio de desarrollo puede significar estrechar el de al lado y buscar nuestro crecimiento a costa de los demás.


Es vital generar sociedades humanamente soportables y para ello es importante personas que a su vez creen espacio vital para los demás y no solo para sí mismos. Hoy nos hace falta más humildad, que no tiene nada que ver con la debilidad, sino todo lo contrario. La humildad bien entendida ayuda a lograr personas que piensen en los demás, que no busquen a toda costa su protagonismo o su propio bien. La humildad ayuda a crear espacios de crecimiento para los demás. Una humildad bien entendida contribuye a enriquecer a los de tu alrededor. Los soberbios estrechan el espacio vital de los demás, los humildes lo engrandecen. Por lo demás, siempre he pensado que la humildad es la antesala de la inteligencia, mientras que la soberbia lo es de la estupidez.


Defender en un mundo como el actual la actitud humilde es un síntoma de fortaleza, no de debilidad. Es optar conscientemente por no contribuir a un mundo menos humano, menos acogedor. Los sabios, los grandes pensadores, los grandes descubridores, han sido humildes frente a los retos que han asumido, han sido conscientes de sus debilidades y carencias, las han reconocido -un soberbio nunca lo hace- y han puesto el remedio preciso para superarlas. La humildad pues es el motor del cambio.


Insisto, la humildad no es pasividad, minusvaloración o debilidad. La humildad es ser consciente de la realidad, de las dificultades del terreno, de nuestras propias limitaciones y actuar en consecuencia para poder superarlas. La humildad se debe combinar con un carácter luchador, con el esfuerzo por crecer. Nuestro tiempo está excesivamente henchido de sí mismo, demasiado confiado en su poder material. Una humildad inteligente y activa nos podría ayudar a crecer más y mejor, por ello es hoy importante volver a reivindicar su valor.

David Ortega Gutiérrez

Catedrático de Derecho de la URJC

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