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La interpretación de la persona en Bertrand Russell

martes 15 de julio de 2014, 20:55h
La obra de Russell es amplia, importante y especialmente influyente en el mundo de las matemáticas y de la filosofía, particularmente en teoría del conocimiento y del lenguaje. También su libro sobre <I>Historia de la Filosofía</I> fue bastante relevante. Menos conocido es el Russell social, educativo y aún menos su visión antropológica del ser humano. Sin embargo, este sabio del siglo XX, en diferentes partes de sus libros más sociales -<i>Elogio de la ociosidad, Sobre educación, Educación y orden social, sociedad humana: ética y política-</i>, nos dejó una visión del ser humano bastante interesante y atractiva. La Gran Guerra hizo mella en su pensamiento y quizás en sus <i>Principios de Reconstrucción Social</i>, escritos en esos años, refleje su más auténtica visión del ser humano.

De entrada considera que en toda persona hay tres dimensiones complementarias, la desiderativa o instintiva, la racional o mental y la espiritual. Es una división muy oportuna y que supera la tradicional dicotomía clásica de cuerpo y espíritu. O más platónica de un alma encerrada en un cuerpo. Como nos decía Kant, antes de saber qué puedo conocer (metafísica), qué debo hacer (ética) y qué puedo esperar (teología), es decisivo saber quién soy (antropología), pues esta realidad condiciona el resto de acciones, que son mis acciones, pendientes pues de un <i>yo</i> actor.

Russell piensa que estas tres dimensiones del ser humano tienen su particular campo de acción y finalidad, y que a su vez, pueden tener un desarrollo positivo y complementario entre ellas, o negativo y obstaculizador entre sí. La vida del instinto o desiderativa es el motor de la vida, el impulso vital. Los deseos mueven el mundo. A raíz de S. Freud y de W. James esta dimensión fue particularmente más influyente y conocida. En esta dimensión se encuentra el carácter de las personas, sus impulsos y emociones, su parte también más biológica, animal, las necesidades propias de cualquier ser vivo: comer, tener un hogar, sobrevivir, poder crecer en un entorno vital. Junto a esta dimensión esta la vida racional o intelectual, que nos ayuda a conocer nuestro entorno vital, a crecer en nuestro conocimiento intelectual y cultural, a razonar, a argumentar, a pensar. En esta dimensión se nos ofrecen principalmente los medios, las herramientas o instrumentos básicos para la vida, nos dicen el cómo conseguir las cosas.

Por último, estaría la dimensión espiritual o trascendente, la que nos hace más distintivamente humanos, para Russell la persona es más que un ser racional. Esta dimensión y sólo ésta nos puede aportar los fines o sentido de la vida, no nos dice el cómo, nos dice el qué. La vida hay que apostarla a algo, para algo que trascienda a nosotros mismos. Para Russell la vida humana centrada en subsistir es una vida más animal que humana. Nos hace distintos al resto de la creación nuestra capacidad de trascender de nosotros mismos, de buscar lo impersonal de la vida, lo que es de todos, de la humanidad, el bien común por encima del interés personal o particular. La música, la religión, la filosofía, la astronomía, la historia, la literatura, el arte, nos pueden ayudar a crecer en esta dimensión.

Russell, junto con su segunda esposa, Dora Black, creó una conocida escuela infantil <i>Beacon Hill School</i> en la década de los años 20 y 30 del pasado siglo en el Reino Unido. Allí intento poner en práctica ese concepto del ser humano. Buscar una armonía constructiva entre nuestros impulsos, intelecto y fines de la vida. La vida espiritual da sentido al todo, el intelecto aporta los medios, el instinto es el motor que empuja, aporta la vitalidad, la fuerza. Esta es la propuesta de Russell ante un mundo que se derrumbaba entre el año 1914 y 1919 tras el ingenuo progresismo victoriano del XIX. Deseos e impulsos constructivos y no destructivos o egoístas. Una inteligencia analítica, objetiva e imparcial de la realidad, sin falsos idealismos, el empirismo es el credo de un liberal británico y, por último, y lo más importante, una vida espiritual que dé sentido a la existencia, que nos haga crecer en nuestra humanidad, que vea al otro como un semejante y no como un enemigo, por ello Russell fue un internacionalista convencido y vio en el nacionalismo y su correspondiente educación el perfecto caldo de cultivo para la Primera Guerra Mundial.

En sus <i>Principios de Reconstrucción Social</i> nos advierte que “cuando el pensamiento está informado por el espíritu, pierde su cualidad cruel y destructiva”. El valor y la inteligencia, si no son orientadas por la generosidad, pueden ser muy peligrosos y destructivos. La inteligencia y la generosidad, si no son impulsadas por el valor, quedarán ahogadas en un mundo que no las reconoce en exceso. Por último, el valor y la generosidad, sin inteligencia, simplemente serán estériles en un mundo problemático como el nuestro.

Russell fue un convencido de la libertad humana, podemos elegir cómo ser. Él se comprometió como pocos con los problemas de su tiempo, especialmente en las últimas décadas de su dilatada y casi centenaria vida. Intentó transmitirnos un modelo personal sano en sus deseos, riguroso en sus razonamientos y conocimientos, y comprometido con el bien común y la justicia social. Se podría resumir en tres palabras el tipo de persona que Russell buscaba y que afectan a cada una de sus tres dimensiones: una persona valiente, inteligente y generosa. Tratando de evitar y alejarnos del contramodelo: un ser humano cobarde, estúpido y egoísta. Ahora sólo nos resta analizar socialmente qué tipo de modelo se propone en nuestras escuelas, televisiones e ídolos mediáticos, para saber si avanzamos por el mejor camino.

David Ortega Gutiérrez

Catedrático de Derecho de la URJC

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