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Misil de Putin al Pentágono y al dólar

domingo 20 de julio de 2014, 09:02h

Cuando en la noche del 9 de noviembre de 1989 se derrumbó a machetazos, a patadas, a pico y pala el muro de Berlín, el muro de la vergüenza, el muro que dividía el mundo de la libertad del de la opresión, todos respiramos aliviados. La espada de Damocles que se balanceaba sobre el corazón de la Tierra se había oxidado, la hecatombe nuclear ya era una pesadilla del pasado. La paloma de la paz planeaba en el cielo azul del planeta. Ilusos.

Demasiado pronto apareció de nuevo el hocico de la tercera guerra mundial. El terrorismo islamista estalló desde las catacumbas de todos los rincones de la Tierra: silencioso, camuflado entre los muros de las mezquitas, armado hasta los dientes de misiles, de bombas, de suicidas fanáticos, de armamento bacteriológico, químico, atómico, cibernético. Las guerras del Golfo fueron un parche en las heridas del Pentágono y de las torres gemelas. Y la cacareada  primavera árabe, una pantomima que se creyeron los servicios secretos, los políticos, los periodistas más lelos, pues la “revolución democrática” solo ha servido para salpicar a los países árabes con un nuevo baño de sangre y aupar a los más radicales y asesinos islamistas al poder. Ilusos.

Pronto se le cayó la careta a Putin, el enemigo público número uno. Venía de las cloacas del KGB. Y ahí sigue. Acosa, encarcela y, dicen que asesina, a periodistas incómodos; controla los medios de comunicación, a los políticos de la oposición, a los escritores, a las empresas que se resisten a contribuir a su megalomanía imperialista. A su férreo totalitarismo. Ampara a los grupos más sanguinarios de mafiosos que campan a sus anchas como el brazo armado del Kremlin, atemorizan y extorsionan a la población, se enriquecen sin pudor con sus crímenes y, para preservar su impunidad, llenan los bolsillos de Putin y de sus amigos para alimentar la ensoñación de reconstruir el viejo imperio de la URSS. La sombra de la guerra fría vuelve a surgir de las tinieblas. Hace un par de semanas, Putin, el nuevo Stalin,  viajó a Cuba para financiar al comunismo más rancio y letal y, de paso, resucitar el viejo servicio secreto castrista, cuya misión consiste en vigilar a su vecino americano. Para amagar, si fuera necesario, con otra crisis de los misiles. Y Obama, callado.

Esta misma semana, los terroristas palestinos de Hamás lanzaban centenares de misiles sobre Tel Aviv. Los eficaces escudos israelíes han evitado cientos de miles de muertos. Y todavía muchos, buena parte de los periódicos españoles sin ir más lejos,  acusan a Israel de responsable de los muertos al invadir la franja de Gaza y de matar civiles, olvidándose de que los palestinos comenzaron los ataques, que han roto todas las treguas y que utilizan a sus compatriotas, niños incluidos, como escudos humanos  para acusar a Israel de genocidio. Y Putin, encantado. Obama, callado.

También esta semana, los rebeldes prorrusos han lanzado un misil tierra-aire a 10.000 metros para asesinar a trescientas personas que sobrevolaban Ucrania en un avión de pasajeros malayo. Un trágico atentado terrorista.  Obama, por fin, ha hablado claro: sin Rusia no hubiera podido producirse el ataque. Apunta a la cabeza de Putin. Apunta, pero no dispara. Los americanos y europeos emiten tibios comunicados de condena con amenazas de endurecer las relaciones con Rusia. Un farol que ya nadie se cree. El cinismo del presidente ruso se jacta otra vez del melifluo  presidente americano y de la estulticia de la UE. Estados Unidos empieza a perder el control en Oriente Medio, en Europa, en Asia. El imperio americano se desmorona ante el ímpetu de China y de Rusia en política y en economía. Y los soñados Estados Unidos de Europa se desvanecen por las pugnas provocadas por la irrupción de euroescépticos, fascistas y comunistas. El mundo libre y democrático se cuartea por la debilidad e incompetencia de sus políticos. La aportación de España a la nueva Eurocámara es el mejor ejemplo: Pablo Iglesias, el topo de Venezuela y Cuba, o los paniaguados diputados de Pedro Sánchez, el nuevo Zapatero, son las estrellas. Y, al otro lado del Atlántico, Obama calla.

Pero el más peligroso misil para el dólar y el euro, para la estabilidad económica occidental, se ha disparado también esta semana. Rusia, China, India, Brasil y Suráfrica han creado el llamado Nuevo Banco de Desarrollo. Los 100.000 millones de dólares que han invertido abren un enorme boquete en la línea de flotación del dólar. Si China está a punto de desbancar a EEUU como primera potencia económica mundial, su alianza con los países emergentes acelerará el proceso.

 La Rusia de Putin encabeza la amenaza al invitar a otros países a unirse a la revolución financiera. Precisamente, a esos países satélites de Rusia que en su día conformaron la URSS, el imperio que el sátrapa ruso está empeñado en reconstruir. Y esta alianza económica es la oportunidad. También aspiran a entrar en el nuevo gigante del comercio mundial lo mejor de cada casa: Corea del Norte, Venezuela, Irán, Afganistán, Pakistán…La sede social del Banco ya está preparada en Shangai, la actual capital de la vanguardia artística, económica  y tecnológica, la Nueva York del siglo XXI. Y Obama, callado.

El imperio americano que nació en 1872 al desplazar al de Gran Bretaña está boqueando. Lo más grave: que el imperio que viene de esa alianza de China con Rusia, los países emergentes y los regímenes populistas y totalitarios supone una amenaza letal para la libertad y la democracia en el mundo. El terrorismo islamista ya les ha allanado el camino al desguazar la estabilidad occidental. La Historia es una partida de ajedrez. Y, de momento, ganan los enemigos de la paz y la libertad. Jaque mate.

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