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ENSAYO

Luis Antonio de Villena: Los placeres del arte

Luis Antonio de Villena: Los placeres del arte
Callígraf. Figueras, 2014. 233 páginas. 18 €

Por Pedro Ortega
Siempre he tenido una cierta simpatía por la figura de Luis Antonio de Villena, con el que fundamentalmente comparto su gusto por el arte y la literatura finiseculares. De hecho, mi introducción a este momento de decadencia fue a través de un precioso librito, Estetas y decadentes, en el cual Luis Antonio de Villena colaboró con varios textos. Otras lecturas suyas fueron el catálogo sobre la obra del pintor Néstor, uno de los simbolistas patrios, y un ensayo en Valdemar titulado Máscaras y formas de fin de siglo. He de confesar, por otra parte, que apenas he tenido contacto con su vertiente poética y literaria.

La lectura de Los placeres del arte me ha acercado a un Luis Antonio de Villena que tampoco conocía, ese Luis Antonio cultivado como crítico artístico. En concreto, el presente volumen recoge una colección de recensiones críticas de arte publicadas en la revista gerundense Bonart, en el período 2006-2013.

En el prólogo a este libro, Villena defiende que el arte, para ser comprendido y asimilado, precisa de una formación extensa: historia del arte, técnicas artísticas, literatura, filosofía, en suma, todo el contexto cultural en que se inserta una determinada obra. Estando de acuerdo en que esa perspectiva, quizá de cierta raigambre iconológica, es la idónea para el profundo entendimiento del arte, no veo que sea el imperativo categórico para que un ciudadano se pueda deleitar con el arte.

Este es un argumento que Luis Antonio de Villena utiliza en muchas de sus recensiones y ataca las largas colas que se hacen para ver las grandes exposiciones. Acusa a la población no cultivada de cierto gregarismo, como si ver exposiciones estuviese de moda. En este punto he de discrepar: prefiero largas e interminables colas en los museos por gente no cultivada pero sensible al arte que hordas delante del televisor viendo reality shows o programas de cotilleo.

Aparte de esta puntualización, coincido, con mucho, en las ideas que Villena pone de relieve en cada una de sus opiniones. Además, me ha complacido ver que a muchas de las exposiciones a las que hace referencia en sus textos yo he tenido la suerte de acudir, como esa fantástica muestra del Thyssen titulada Lágrimas de Eros o la monográfica dedicada a Odilon Redon, por citar algunas de ellas.

También me gusta mucho cómo su trabajo periodístico se sale de lo que es el mero comentario para traer una reflexión, a la par que poner de relieve algunos datos y anécdotas que enriquecen sus textos. Por otra parte, Luis Antonio de Villena sabe muy bien como conjugar los comentarios sobre artistas de gran renombre con pequeñas delicatesen sobre autores desconocidos para el gran público. Esto último, si cabe, es lo que más aprecio del libro, el husmear sobre viejos cajones que la historia del arte suele dejar abandonados pero que merecen un digno reconocimiento.

Por último, el estilo, muy a la manera de un decadente al que le ha tocado vivir en el mundo de la globalización. Utiliza un lenguaje moderno a la vez que atrevido e incluso acusador, también anecdótico, pero siempre, eso sí, muy agudo. El libro se lee en un santiamén y nos queda como testimonio vívido del panorama de las grandes exposiciones artísticas celebradas en nuestro país -no siempre- durante los últimos años.
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