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ENSAYO

Azorín: Libros, buquinistas y bibliotecas. Crónicas de un transeúnte: Madrid-París

Azorín: Libros, buquinistas y bibliotecas. Crónicas de un transeúnte: Madrid-París
Prólogo de Andrés Trapiello. Edición de Francisco Fuster. Fórcola. Madrid, 2014. 238 páginas. 21,50 €

Por Francisco Estévez

El genuino empeño de algunos conspicuos investigadores y de ciertos editores con puntería, además de la atención demorada de un selecto grupo de lectores, dan en estos tiempos nueva vida a la creación literaria de Azorín; última savia nueva es la publicación de distintas antologías de su obra como articulista. Cualquier reedición del escritor alicantino debe ser recibida con aplauso, aunque uno prefiriera se optara con mejor criterio por conjuntos de novelas (como las Novelas editadas en 2011)  antes que por selecciones de textos breves más o menos oportunas. Sin embargo, el hilo rojo que vertebra esta que nos ocupa, Libros, buquinistas y bibliotecas, es de especial atractivo y seguro tino pues la lectura fue para Azorín siempre un ansioso deleite del cual detestaba separarse aunque fuera por esas visitas caseras que “roen nuestro tiempo […] y se llevan cuatro o seis páginas posibles”. Además, es cosa segura, el perfil de bibliófilo retratado en estas páginas da cumplida cuenta de aquel escritor directo de exacta dicción. Como esas ediciones francesas de principios de siglo en las que todo le resultaba sencillo, sobrio y correcto, tanto que cautivaban al escritor de prosa sencilla y prístina. Por otra parte, José Martínez Ruiz fue muy dado a reutilizar sus artículos de prensa como materia prima de futuros libros, desde La voluntad (1902) pero incluso en París bombardeado (1919), esa crónica periodística de la Gran Guerra del 14 que encubre toda su voluntad estilística, como demostró el profesor Urrutia en espléndida introducción (2009).  

 Los presentes artículos de Azorín quedan agavillados en cuatro secciones del mayor interés que delimitan los distintos espacios del campo literario, por decirlo con metáfora feliz de Bourdieu: “Sobre la edición y difusión del libro”, “Sobre las bibliotecas”, “Sobre los libreros de viejo y las ferias del libro” y, por último y acaso la más suculenta, “Sobre la lectura”. Azorín fue un ahincado lector, pero al mismo tiempo pensaba que leer desaforadamente no era en sentido estricto leer. Defendió en estos artículos una lectura por delectación, sin finalidad expresa, una lectura por gusto a la deriva del capricho del día. Antes releer que leer de nuevo. Mejor poco y selecto antes que mucho y disperso. En estas páginas late fresca su percepción obsesiva sobre la cosas, siempre en tono menor y desde el lado más sensorial, que otorga una nueva realidad a lo cotidiano. La meridiana sencillez como método literario: “Colocad una cosa después de otra. Nada más; esto es todo”, le llevó a revolucionar la manera de ver y sentir. Resulta curioso constatar en Azorín como cuanto más precisa es la vieja prosa castellana más flexible se vuelve: magias del idioma en su grado más excelso.

 El joven anarquista y posterior conservador que fuera Azorín recibe por herencia paterna la bibliofilia lo cual sumado a su fina observación y su pronta inclinación literaria le permiten afear algunas de las taras del sistema literario español (aún vigentes en parte). Así en estas crónicas achaca al editor trabajar sin conocer bien los manuscritos que tiene entre manos y a los autores la falta de respeto a la profesión, entre otras cosas, por el uso de recursos burdos para captar la atención lectora y malbaratar el arte literario. Pero también encontraremos agudos apuntes sobre las ineluctables erratas o el fetichismo libresco,  además de jugosos párrafos e historias de libreros de viejo, aquellos buquinistas, por decirlo con galicismo, en vías de extinción. Muchos de sus finos comentarios al cabo de una vida de fervorosa lectura son canela pura: “Cuando terminamos un libro que nos ha llevado mucho trabajo y grandes esfuerzos, tenemos una experiencia de la materia tratada que no teníamos al comenzar a escribir; somos, por lo tanto, maestros de nosotros mismos”.

 Quién sea todavía hoy Azorín y qué represente en nuestras letras dice más de nuestra forma de leer que de su manera de escribir. Ocurre así en buena parte de los grandes escritores de nuestra tradición pero con especial intensidad en el arbitrario desenfoque sufrido por la compleja obra del levantino. Leer a Azorín es siempre un reto sumamente placentero.

 

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