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AL PASO

Un caballero donostiarra

martes 05 de agosto de 2014, 19:56h

Puede que adquiriese “El País Vasco visto desde fuera” de Fausto de Arocena en la librería Manterola,  situada al lado de la  vetusta Audiencia Provincial de San Sebastián, que solía frecuentar en mis visitas a la ciudad querida. En el piso de abajo  del establecimiento se podían encontrar libros comunes, a  veces procedentes de bibliotecas deshechas por la desgracia familiar, sin que faltase la oportunidad de hallar alguna joya como los tomos de la editorial Destino dedicados a Cataluña y el País Vasco, con fotografías deliciosas de los sesenta, y por otra parte escritos, creo que  con algo de urgencia, no infrecuente  y para nada contraria a la calidad e interés de los textos, por Josep Plá y Pío Baroja.

La parte alta de la librería estaba reservada a las cosas del País y allí solía aprovisionarme especialmente de las obras de José de Arteche, que se iban reponiendo, parecía milagrosamente, oportunamente para mí satisfacción al tiempo de mis visitas. Así me hice también con casi todas las monografías sobre temática vasca que se fueron editando en  Madrid en la colección Minotauro.

El libro de Fausto de Arocena que sirve de pretexto a este recuadro aparece en 1949, encabezando una colección de títulos presentada por la Biblioteca Vascongada de Amigos del País  desde San Sebastián. Don Fausto, tal como yo lo veo en mi memoria, bien podría parecer un personaje de los libros de Azorín. Yo lo recuerdo, afable y atildado, porque a veces cuando ibas a la Biblioteca de la Diputación en la plaza de Guipúzcoa te lo encontrabas saliendo del depósito de los libros: era archivero  jefe y cronista oficial de la provincia, y no solía faltar a la tertulia ruidosa que convocaba Arteche en su despacho abierto, donde, como ya he contado  alguna vez en este Cuaderno, se reunía la inteligentsia de la provincia. Aunque  seguro que prefería no intervenir en tales reuniones, pues según un asistente a las mismas, “don Fausto era un hombre recatado…No hablaba mucho y cuando lo hacía, lo era apresuradamente, con cierto nerviosismo”. Si bien, prosigue Iñaki Zumalde, “bajo esta apariencia de no ser gran cosa se encerraba un pozo de ciencia histórica”. Como suele ocurrir  la presencia física  de la persona tenía una correspondencia moral. Manuel Agud, cuando hace su necrología inmediatamente después del  fallecimiento de don Fausto, evoca su delicadeza, resistiéndose a continuar   con su actividad de archivero tras la jubilación, “cual si su presencia quitase sitio a las nuevas generaciones”, por lo que, añade Agud, no  hubo modo de convencerle de permanecer en el puente, aunque la nave estuviera en manos de otro piloto.

La especialidad de don Fausto era  la Alta Edad Media y desde luego cuando necesitaba la confirmación de algún dato o asumir una tesis sensata en medio de las nubes  algo fantasiosas de la literatura fuerista, ya sabías que había de recurrirse a Caro Baroja o a alguna de las monografías de Arocena. Este libro, añade al significado de Arocena dos cuestiones que me parece tienen interés. Primero, la prevalencia de los datos sobre las tesis o prejuicios del historiador, “pues el estudio, dice Arocena, acerca a la verdad.Y la verdad nunca daña ni denigra”. Además, es importante para nuestro autor,  que el historiador, cuya contribución al saber ha de consistir en la monografía especializada, no prescinda de todo conocimiento extraño al saber específico, “porque los conocimientos son solidarios y la ignorancia de unos se acusa inexcusablemente en el desarrollo del asunto elegido” .

Aparentemente, en segundo lugar, el propósito del libro es dar cuenta de las impresiones de viajeros extranjeros en el País Vasco, desde Estrabón en el siglo I antes de Cristo hasta doña Matilde Van Eyss, esposa de un vascólogo  holandés,  que deja un  relato de su viaje, acompañando a su marido, en 1866, pero escrito dos años después, tras la revolución de 1868. En realidad el libro El País Vasco visto desde fuera es una confirmación del ideario vasquista del autor que solo se podía llevar a cabo oblicuamente, a través de la transcripción, con leves comentarios, del testimonio de viajeros extranjeros que contaban sus impresiones sobre la organización política del País Vasco, su lengua o su modo de ser. De este modo, repito en 1949, se puede dejar constancia de la condición nacional vasca: Arocena  reproduce, no hay que señalar que con plena aquiescencia, el entusiasmo del sabio alemán  Guillermo Humboldt, cuando, tras su viaje en 1801, apunta que en ninguna población, como en Bilbao, “se experimentan tanto como en ella las bienhechoras consecuencias del espíritu nacional vascongado, pues solo en poquísimas ciudades de España se encontrarán tantos establecimientos costosos dirigidos al bien común, y en pocas hallará el viajero tantos hombres animados del espíritu de mejoras patriótico ilustrado” .

Antes de informarnos de los resultados del periplo de  Humboldt, Arocena reproduce las notas del autor inglés, desconocido, de una descripción de San Sebastián, según las cuales, “La provincia de Guipúzcoa goza de grandes prerrogativas y no obedece a las órdenes reales cuando estas son contrarias a sus privilegios y libertades”, siguiendo una información sobre la suerte de las solicitudes de ayuda militar del rey a la provincia, que Arocena considera en lo esencial “atinada”, de manera que el redoblar de los tambores solo procede si la demanda real no es contraria a las libertades y derechos de la provincia.

Arocena reitera argumentos conocidos de la literatura fuerista, como el valor de los vascongados. Así el embajador veneciano  Andrés Navaggiero que escribe en 1528, “no creía que en toda España hubiese tantos hombres valerosos como en esta región”. O la persistencia de la identidad propia de un país, dice Humboldt, “desgarrado en dos pedazos muy desiguales y subordinado a naciones poderosas  que no ha renunciado a su propia manera de ser”. Humboldt le sirve a Arocena para insistir en una idea bien querida para el fuerismo, esto es, la de la comunidad natural entre las clases altas y populares de la sociedad. Vasconia es el único país en el que la cultura intelectual y moral es verdaderamente popular, “en el que las primeras y  las últimas clases de la sociedad no están separadas por una distancia inmensa por así decirlo”. Naturalmente el vasquismo fuerista no consiente apartismo político alguno de España y ,concluye Humboldt, sería de desear para su bienestar “ que el Rey de España considerase en general a las provincias vascongadas menos como un poder extraño a su corona”.

De modo que hábilmente Arocena, como otros  miembros  de la  intelectualidad vasca de los años cincuenta y sesenta, trató de mantener una conexión en los años oscuros del franquismo entre el pasado y el presente, “salvando, así, épocas nada propicias”.

 

 

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