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DESDE ULTRAMAR

Felipe VI adentro y afuera

lunes 11 de agosto de 2014, 18:31h

Cual equilibrista o como un ajedrecista cauto, así va Felipe VI. Conforme transcurren las semanas, en el exterior, desde ultramar, vemos al rey de España moviendo sus piezas en el sentido que más conviene a la monarquía a la que ha jurado defender y le conviene conservar. Déjeme poner el acento en todo ello, junto con las medidas de transparencia adoptadas para la Casa Real, que atienden justos reclamos.

Perdonará usted el desparpajo al referirme a la regia persona, que sin mala intención, acaso obedezca solo al desprendimiento que en América podemos tener hacia la monarquía. A cualquier monarquía. A saber. Aun expuesto a esa difuminada frontera entre sus intereses personales a título de rey, su papel acorde a la herencia histórica que encarna –guste o no a sus detractores– resguardando el patrimonio heredado de sus ancestros y también concediendo a quienes hoy claman por cambios, así sea con gestos discretos pero firmes, el rey Felipe VI parece dispuesto a currarse el puesto a diario.

¡Enhorabuena! Que lo haga es lo más sano y lo más conveniente. Y que no me pasa inadvertido que de cuando en cuando salta el dato de que uno de cada tres españoles quisiera una consulta sobre un posible (o solo deseable) cambio de régimen, no obstante que reconozcamos que el monarca no permanece estático ante la cifra.

Cierto ha sido que su discurso de investidura ha despertado simpatías dentro y fuera de España y que adentro se criticó que su primer viaje internacional fuera a la Ciudad del Vaticano. Ácidas críticas y denuestos de quienes esperaban que esta monarquía de un tiempo nuevo estuviera más revestida de laicismo –pero aquí entra esa herencia de monarquía católica inherente a su figura histórica–. Yo no veo un acercamiento inconfesable ni desbordado con la iglesia Católica española, pero sí la afabilidad de Francisco en un encuentro cordial con sus majestades católicas los reyes de España, que no debería de agredir a nadie y refrenda siglos de encuentros entre ambas potestades en la mismísima Ciudad Eterna, prolongando una añeja tradición. Tan cierto como los aplausos que prodigaron los ciudadanos al monarca cuando lo vallaron en la Gran Vía de Madrid. Que todo hay que dimensionarlo sin extravíos.

Déjeme acercarle al actual monarca de la mano de un amigo de origen boliviano, Luis, quien me contó la siguiente anécdota que refleja al jefe de Estado con el que cuenta España en estos momentos. Siendo agregado naval de Bolivia en Washington, D.C. (1994) “estábamos navegando en la fragata “Libertad”, buque escuela argentino, desde Baltimore hasta Annapolis, una distancia realmente corta. Entre los invitados estaba el príncipe Felipe, quien cursaba estudios universitarios en esa ciudad; él vistiendo un uniforme blanco de reglamento de la armada española, estaba saludando a los invitados que éramos ni muchos ni pocos; pero eso sí militarmente, de mayor jerarquía que él en ese momento. Ahí sí se demostró la calidad de persona que es, pues muy educado saludó, y se portó como militar, como persona y con la altura de su educación, demostró que realmente España tiene un rey a todo dar. El diálogo fue fluido, y tranquilo, corto pero muy formal, y educado, los temas eran profesionales y de la navegación. Un CABALLERO en carta cabal. Hoy que es Rey estoy seguro, que superará a su padre en muchas cosas y pronto, manteniendo las distancias de las épocas y circunstancias”. Hasta aquí las palabras de mi amigo.

A sabiendas de que la política exterior la organiza el gobierno de España y no la Casa del Rey, el bono real no puede disminuirse ni minimizarse. Se tiene, úsese. Lo contrario sería un error y parece que tanto en Zarzuela como en Moncloa lo saben y lo comprenden perfectamente bien. Por ende, no nos resulta indiferente que Felipe VI ha primado a los vecinos para atender los temas puntuales que marcan la ruta exterior española. Ese viaje a Marruecos, una relación álgida después de todo, en plena crisis, contribuye algo a los necesarios acuerdos, sancionando los de por sí complejos vínculos hispano-marroquíes. Sería deseable una relación cercana entre Mohamed VI y Felipe VI. Portugal no ha quedado fuera de la estrategia, refrendando la alianza ibérica real, aun con la idea de que Portugal hoy no está para dar, sino para recibir. Empero, la relación soporta el espléndido talante de reencontrarse aun en el bache económico que sortean ambos países. Francia ha sido la siguiente parada. París bien vale una misa y tengo la sensación de que para Felipe VI no será solo una capital para ir de compras o a apoyar al tenista español de turno.

Francia es estratégica para España y por lo tanto, el rey Felipe VI no obvia su importancia y parece enviar un mensaje claro de sus prioridades inmediatas. De últimas, el viaje a Lieja con motivo del centenario de la Primera Guerra Mundial ha acercado al rey a sus pares y socios europeos y ha dado notoriedad al país. No está mal si pensamos en que España no participó directamente en aquel conflicto, pero un siglo después está puesta en el mapa y eso es positivo. Hispanoamérica ha de aguardar quizás hasta diciembre en la Cumbre Iberoamericana de Veracruz, para ver cruzar el Atlántico al segundo rey de España en poco más de quinientos veintidós años. Más no creo que sea menor su visión sobre un mercado natural y una región con la que se guardan los principales lazos afectivos y en buena parte económicos, después de todo.

En paralelo, tenemos una decisión asaz trascendental en pro de la transparencia tantas veces encarecida a la Casa de Su Majestad el Rey, que ahonda en sus bienes, ingresos y desempeños en general. Manda la real orden la prohibición de trabajar en el sector privado a los miembros de la familia real – los reyes Felipe VI y Letizia, la princesa de Asturias y la infanta Sofía, junto con los reyes don Juan Carlos y doña Sofía–, cancela los gastos de representación a sus hermanas –ya solo participando en ciertos actos institucionales si fueran requeridas y sin goce de sueldo–; sumando una auditoría de sus cuentas anuales a publicarse y un código de ética a los empleados de la real casa, en tanto limita los regalos a recibir, sientan todo ello un valioso y destacado precedente que abona en mucho a lo pedido por los detractores de la institución –y hay que decirlo en justicia, también lo han requerido muchos ciudadanos– contribuyendo de manera clara a encausar en parte esas protestas antimonárquicas que vimos el pasado mes de junio. Nunca será suficiente para muchos, pero es un gran paso y hay que anotarlo. Claramente no se requiere de otro caso Nóos que enturbie más a la monarquía.

Felipe VI corrige así una política de su padre, comprensible en su momento, pero que por pretender y aspirar a parecerse como a la gente normal, la familia real se mezcló con gente y problemas normales. Es por eso que a simple vista puede suponerse paradójica la nueva decisión referida y que parezca hasta fomentadora de gente sin oficio ni beneficio, pero tampoco se necesita de gente advenediza que actúe al amparo de un poder que no existe para beneficio de vivales, sino para el servicio de España. Es fácil de entenderlo, aunque luego no todo mundo lo tiene clarito.

El rey –que mueve piezas, despliega sus capacidades y envía mensajes y guiños a destinatarios concretos– poco a poco coge las riendas, involucrándose en los temas puntuales. Se lo mira en el exterior mostrando interés por la gente, sensible a los temas que aquejan al país, dispuesto y comprometido –cobrando lo mismo que como heredero– superando el bajo perfil propio de su anterior rango. Estoy cierto que ha comprendido la lección histórica que dejó su padre y es de suponerse que todo contribuye a acercar la monarquía a la gente que la sufraga, después de todo. Reza el adagio: “a cuidar la vela, que la procesión es larga”: Que conserve ese talante. España lo merece. Por lo pronto, el veraneo mallorquín parece garantizado, mas no le extrañe a usted que cambie de residencia. Mallorca podría sí o podría no despedirse de la predilección real. Después de todo ni Mallorca ni Barcelona han sido siempre los sitios tradicionales centenarios de veraneo de los reyes de España. Y nada garantiza que seguirán siéndolo.
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