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TRIBUNA

De concursos y oposiciones

viernes 15 de agosto de 2014, 19:35h
A lo largo de mi carrera como docente universitario he tenido oportunidad de vivir por dentro y por fuera toda suerte de oposiciones, concursos y comisiones como candidato a ocupar una plaza de profesor y como juez para determinar a quien habría de otorgársela.

Durante los últimos cincuenta años, la universidad española ha conocido distintos sistemas para escoger a su profesorado. A mediados del pasado siglo seguía vigente el sistema de oposiciones en las que los aspirantes a ocupar una cátedra se veían obligados a exponer delante de un tribunal compuesto por cinco miembros elegidos por sorteo sus méritos y sus conocimientos a lo largo de varios exhaustivos ejercicios. Primero, su currículo, después una lección magistral, otra lección de su programa de la asignatura por sorteo, un examen práctico y alguno que otro más. La verdad es que entonces había pocos candidatos y esas oposiciones se celebraban todas en Madrid, aunque la plaza a ocupar perteneciese a otra universidad “de provincias”, como se decía entonces.

Se creó posteriormente la figura del agregado, cuya oposición era similar a la del antiguo catedrático, la ocupación de una cátedra no requería para éstos una nueva oposición sino sencillamente optar por concurso a la plaza vacante que se convocase en el Boletín Oficial del Estado.

Cuando se extinguió la figura del agregado se puso en marcha el sistema de la “habilitación” y se restablecieron los tribunales a cátedra para cubrir las plazas que quedaban vacantes en cada universidad con la realización, por parte de los candidatos, de dos únicos ejercicios. Estos tribunales pasaron entonces a estar formados por siete miembros y la complejidad del sistema se incrementó, pues con esta composición resultaba más difícil poner de acuerdo a sus siete integrantes a la hora de tomar una decisión coincidente. Sin embargo, no era infrecuente llegar a un pacto mediante el cual, si bien se otorgaba la mayoría de votos al candidato más destacado, el resto de los votos podrían repartirse entre los demás a modo de consolación y para bien situarlos de cara a futuras pruebas.

Finalmente se puso en marcha la Agencia Nacional de Evaluación de Calidad y Acreditación (ANECA). En esta agencia, una comisión formada por una decena de catedráticos de un determinado campo científico, previo informe de dos especialistas del área, aplican unos criterios sobre la producción científica de los candidatos, sobre su experiencia docente y sobre sus otros méritos, para determinar si ese candidato es susceptible de ser acreditado como catedrático. Luego, los catedráticos acreditados pero sin plaza, tienen que concursar a las vacantes que ofrezcan las distintas universidades, mediante la realización de unos ejercicios ante el tribunal de cinco miembros nombrados al efecto.

Pues bien, ahora anuncia el Ministerio un nuevo cambio en la forma de evaluar a los candidatos a la cátedra universitaria. Cambio que al parecer consistirá esencialmente en que las Comisiones de ANECA otorguen un mayor valor a la experiencia profesional que a otros elementos del currículo (cosa que será difícil de aplicar en las materias de humanidades). La novedad no estará exenta de críticas, como lo ha estado siempre cualquier sistema de oposición o de concurso, especialmente por aquellos que no logran alcanzar una evaluación positiva.

Mi impresión, después de haber conocido de cerca tantos cambios, es que cualquier sistema puede ser bueno si los evaluadores son personas rigurosas, flexibles, sensatas e imparciales y cualquier sistema puede pervertirse si los miembros de las comisiones o de los tribunales actúan con sectarismo, con excesiva rigidez, con parcialidad y con falta de sentido común.
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