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ENSAYO

Giulia Quaggio: La cultura en Transición. Reconciliación política y cultural en España, 1976-1986

domingo 17 de agosto de 2014, 13:00h
Giulia Quaggio: La cultura en Transición. Reconciliación política y cultural en España, 1976-1986
Prólogo de José Álvarez Junco. Alianza Editorial. Madrid, 2014, 370 páginas.
22 €

Por Alfredo Crespo Alcázar

Historia de la cultura e historia política española se dan la mano en la obra que nos presenta la investigadora italiana Giulia Quaggio. Ambas dimensiones son inseparables. Así queda constatado a lo largo de las casi 400 páginas de que consta este libro que, si bien se centra en el periodo 1976-1986, dedica también un capítulo a la época de la dictadura franquista.

 

A través de un estilo dinámico y un contenido excelentemente documentado, comprobamos cómo la cultura se convirtió en herramienta clave gracias a la cual España mutó en un país moderno e internacional. Al respecto, la autora valora positivamente la labor realizada por Javier Solana, ministro de Cultura del primer Gobierno socialista, pero no le duelen prendas a la hora de describir los destellos aperturistas (aunque insuficientes) que sus antecesores de UCD mostraron.

 

Quaggio rebate algunos dogmas que se han instalado en el debate académico, como por ejemplo, que el régimen franquista careciese de una política cultural. Existió, tuvo diferentes ejemplos (teleclubes o el lema Spain is different cuya eficacia reconoce) y estaba destinada al servicio de los principios del nacional-catolicismo, para el cual el tridente formado por liberalismo, socialismo y materialismo histórico, resumía los males que habían socavado a España.

 

Más en concreto, se creó un aparato cultural con el fin de legitimar el Estado surgido a partir de 1939 y evitar cualquier contagio con la cultura de otras partes de Europa, fomentándose una “tradicional y patriótica” cuyos referentes fueron Maeztu o Menéndez Pelayo y no Jovellanos u Ortega y Gasset. Esto, a su vez, se complementaba con el intento, vano la mayor parte de las ocasiones, de instrumentalizar a los principales intelectuales en el exilio, bien exterior (Pablo Picasso), bien interior (Joan Miró).

 

Quaggio se detiene en la Transición, periodo que valora positivamente lo que, asimismo, es compatible con las objeciones que le formula en el terreno de la cultura: no se produjo la ruptura radical con los clichés (censura) del régimen franquista aunque sí evitó el revanchismo, objetivo en el que estuvieron de acuerdo elites políticas e intelectuales. En efecto, el arte ostentó un papel clave a la hora de cicatrizar las heridas sociales derivadas de los años de dictadura. Dicho con palabras de la autora, (la cultura) supuso un factor de regeneración nacional.

 

El cambio real, finalmente, viene con la victoria socialista de 1982, tanto por el incremento del gasto como por la mentalidad política y social. Así, el socialismo practicó una cultura popular en la que cupieron todas las manifestaciones y actores. No se discriminó y sí se dio la bienvenida a los principales intelectuales en el exilio (Rafael Alberti). En consecuencia, una suerte de pragmatismo, con el que la autora no siempre está de acuerdo, predominó en las actuaciones gubernamentales.

 

Los resultados para el PSOE fueron netamente positivos: artistas, escritores y cineastas que durante el franquismo habían estado vinculados al comunismo, viraron hacia las filas socialistas en las cuales tenían cabida diferentes sensibilidades ideológicas, no todas ellas a priori compatibles, pero que sí compartían la renuncia a cualquier ideal revolucionario. Previamente, la cultura había sido empleada por parte de Alfonso Guerra o Salvador Clotas como arma arrojadiza contra la UCD. En última instancia, cabe destacar el rol de la propia sociedad española que se convirtió en una gran consumidora de productos culturales en paralelo al desinterés que comenzaba a mostrar hacia la política.

 

 

 

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