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AL PASO

La vida es cine

martes 19 de agosto de 2014, 20:23h
El tiempo del verano también es bueno para ir al cine, y disfrutar esas películas recomendadas por los críticos que no has podido ver durante el curso. Me había reservado para esta época tres cintas, Ida, Violette y Llenar el vacío, lamentablemente ninguna española. Las tres pueden considerarse que tienen una problemática femenina: Ida y Violette son films históricos, la primera se refiere a la época comunista de Polonia; y Violette se encuadra preferentemente en la Francia inmediatamente posterior a la guerra. Llenar el vacío es un ejercicio estilístico muy bello sobre un motivo antropológico concreto: el compromiso de boda en una comunidad judía ortodoxa actual.

Las tres películas funcionan perfectamente, de modo que se trata de relatos sólidos que no decaen en ningún momento; pero para nada constituyen filmes asépticos o que el espectador pueda acoger sin filtrarlos, tratando de neutralizar su fuerte subjetivismo, que resulta especialmente llamativo en los casos de la película polaca y la israelí. Ida, la cinta polaca, cuenta el viaje de la novicia Anna con su tía a la que quiere conocer antes de profesar definitivamente en el convento. Wanda (la tía) es una fiscal comunista a la que la decepción de la vida, en la política sobre todo, ha echado en manos de los excesos de todo tipo que practica, y que requerirán una cruel expiación. Este final expresa el juicio del director de la película Pawlikowsky sobre el personaje de la comunista; mientras salva a la novicia. Puede parecer que el centro de la película es la actitud de muchos polacos ante los judíos, pero, según lo veo, tiene más interés el testimonio del secularismo que se filtra de la sociedad polaca en la que una mujer podía ser alta funcionaria y en la que cabía una moral sexual fuera de la protección atosigante del clericalismo reinante. El film está rodado en blanco y negro y en él hay huellas de Truffaut, Bergman y Fellini, fácilmente reconocibles.

Violette, film francés de Martin Provost, cuenta la historia de la escritora Violette Leduc. Leduc ganó en 1964 el Goncourt con la Bastarda, una autobiografía aprovechada en la película que trata de recomponer la vida de la dama, empeñada en afirmar en todo momento su autenticidad y talento. Resulta interesante constatar que, por primera vez en Francia, es una mujer quien alcanza a contar libremente su condición sexual sin pudores ni doble lenguaje, y que lo hace en un determinado contexto, que es el de los círculos literarios progresistas parisinos, donde, según qué contenidos, podía imponerse la autocensura o el rechazo editorial. Violette Leduc logró triunfar en la literatura con un gran esfuerzo personal, y en medio de una dura precariedad económica, corrigiendo unas circunstancias personales no favorables, comenzando por su propia condición de hija ilegítima, una orientación sexual no convencional y un físico común.

No cabe duda que el primer objetivo del film es resaltar la significación de Violette Leduc como escritora y pionera de la lucha por la libertad sexual, un ámbito muy importante del desarrollo personal. La película ofrece una imagen convincente de la escritora gracias al trabajo de la actriz que encarna el personaje, sumamente eficaz, Emmanuelle Devos. Pero la cinta sirve para dar cuenta de las condiciones de vida de la Francia de después de la guerra y ofrece un importante testimonio de la propia vida intelectual de la época, directamente a través de Simone de Beauvoir, que apoyó resueltamente a Violette en su carrera literaria y que percibió claramente el significado liberador de su obra, y de la que la imagen que ofrece la película es convincente y conmovedora; e indirectamente a través de alusiones a Jean Paul Sartre, Jean Genet y Albert Camus. Pienso que los jóvenes franceses son afortunados de poder disponer de un friso como el que ofrece esta película de autores de referencia, por lo demás con importantes enlaces en la sociedad francesa, y ellos mismos, en cuanto círculo literario, organizados con una camaradería y una solidaridad que resultan llamativos en nuestros días. En cualquier caso se echa de menos que en nuestro cine no haya empuje suficiente (supongo que sí talento) para llevar a cabo una empresa semejante.

Llenar el vacío, película israelí, relata la situación de una joven, cuya hermana acaba de morir de parto, y que finalmente ha de decidir sobre la propuesta que su familia le hace para casarse con el cuñado al que puede desear pero cuyo parentesco le retrae. La belleza de la película, también en blanco y negro, resulta un instrumento sumamente eficaz para que el espectador olvide la dureza de la moral que la directora del film (la americana israelí Rama Burstein) le propone que no es otro que el propio de una familia judía ortodoxa jaredí de Tel Aviv. La película transmite perfectamente la sinceridad del sentimiento religioso de la comunidad judía y no ofrece dudas sobre la libertad en el seno de la misma; resulta también un acierto la expresión conseguida en el relato de la fuerza del deseo contenido entre los jóvenes protagonistas( Yochay el cuñado viudo y la novia virgen Shira), como sensación rescatada en un mundo en el que se prima la expresión directa de los sentimientos y pasiones. Desde este punto de vista la película es un instrumento inapreciable en el dialogo intercultural de nuestras sociedades, que no pueden prescindir de los aportes de distintas tradiciones y perspectivas ideológicas o religiosas. Otra cosa es que, en el caso de la película que comentamos, la belleza y sinceridad del testimonio ofrecido impida una reflexión sobre los soportes racionales de los códigos morales que lo sustentan. Aquí si que creo que la directora de la película nos debe una explicación.
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