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NOVELA

Jiang Guangci: El joven de la vida errante

domingo 31 de agosto de 2014, 16:51h
Jiang Guangci: El joven de la vida errante

Traducción, prólogo y notas de Blas Piñero Martínez. Hermida Editores. Madrid, 2014. 160 páginas. 15 €

Por José Pazó Espinosa

De todas las fórmulas literarias creadas por la literatura española, de sus modelos y aportaciones serias, ninguna como el Lazarillo. La historia de un joven desamparado que pasa por distintos amos (distintos estamentos de la sociedad), para ir criticándolos y desvelando su último punto de vista descreído, pesimista o simplemente escéptico, es uno de los best-sellers universales en la historia de la influencia literaria. Es cierto que el asno de Apuleyo lo hizo siglos antes, aunque no es menos cierto que, como asno, y por mucho que supiera escribir, su rango de emociones era más limitado (o asnal). Tras Lázaro vinieron muchos lázaros, incontables, desde un desorientado Gulliver, por ejemplo, hasta todo un guardián entre el centeno. Jóvenes indefensos, sensibles, dañados, que se enfrentan incesantemente al frío tratamiento de un mundo hostil, en todas las culturas, en todas las épocas.

El joven de la vida errante, novela corta de Jiang Guangci, es una de esas secuelas. Escrita en 1926, cuenta la historia del joven Wang Zhong. En una carta que manda al viejo maestro y literato revolucionario Wei Jia, explica su caso, que es su vida, o a donde le ha llevado esta. Lázaro escribió para justificar su situación personal, un escandaloso ménage a trois. Wang Zhong escribe para que alguien conozca el por qué de una muerte casi anunciada. Y los dos lo hacen a alguien de mayor rango y edad, igual que luego lo haría Pascual Duarte. La forma y el fondo se unen en la literatura para intentar explicar lo complejo, lo personal, la desesperación inefable.

Wang atraviesa por toda una serie de desventuras: su padre muere a manos del cacique local, y su madre se suicida. Él inicia un vagabundeo en el que pasa por dos mentores letrados, que resultan ser dos pederastas; por varias tiendas en la que es abusado como mano de obra barata; por un amor imposible, como consecuencia del cual su amada comete suicidio; por el hotel de un pariente que no se aprovecha menos que los demás; por la calle y la prisión; por la fábrica y su deshumanización y, por fin, por el ejército, en el que busca el honor y la gloria. El ejército revolucionario, claro.

El estilo es enfático y plañidero, lleno de invocaciones al lector, al humanista Wei Jia. Al ser una carta, usa la primera y la segunda persona. Una primera persona con la que la identificación funciona a veces, y una segunda más enigmática, como suelen ser todas las segundas personas novelescas. La traducción de Blas Piñero y la edición de Hermida Editores son muy correctas, si bien el libro adolece de un vicio que azota a casi todos los libros recientes traducidos de lenguas orientales: el uso arbitrario y no muy coherente de las notas: por un lado, se usan para explicar hechos o individuos históricos de escasa relevancia para la historia; por otro, en ese mismo texto se introducen sin ninguna explicación expresiones del chino original como laotai ye, laotou’er o lao’er, que parecen ser formas de tratamiento. Es como esas traducciones del japonés que nos repiten hasta la saciedad a pie de página qué es un kimono o un tatami, pero luego no explican el nombre japonés de un curso de enseñanza oficial, por ejemplo, mucho más relevante para lo que está ocurriendo en la historia.

Jiang Guangci vivió de 1901 a 1031. Estudió en Moscú, y fue poeta y novelista. El joven de la vida errante es de 1926. Después, escribiría Sobre la literatura de la revolución y Las penas de Lisa. Su última obra fue La tierra que ruge, en 1930. Murió un año después, solo, abandonado por el partido comunista chino y los camaradas que lo llevaron a su precoz gloria. Nos dejó frases como “El grito que se da antes de la muerte es seco y difícil de olvidar”. Y una incógnita: ¿qué pensaría el joven de la vida errante de la China actual?

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