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CRÍTICA DE CINE

El hombre más buscado, las ‘no lecciones’ del 11-S

viernes 12 de septiembre de 2014, 12:23h
El hombre más buscado, las ‘no lecciones’ del 11-S
Un thriller de espionaje de Anton Corbijn con brillante interpretación de Philip Seymour Hoffman.
Una buena historia, mejores interpretaciones y sobresaliente en lo formal. El tercer largo del fotógrafo y director audiovisual holandés Anton Corbijn, El hombre más buscado, llega a las salas este viernes como un producto cinematográfico más que solvente, estéticamente brillante, sobre la burocracia y las pugnas de poder en los servicios de inteligencia, una ventana indiscreta a los despachos desde donde se dirigen las políticas antiterroristas globales, en las plantas altas de acristalados edificios, a muchos metros del suelo.

La cinta coloca la acción en Hamburgo, al norte de Alemania, desde la que se idearon y financiaron los atentados del 11 de Septiembre, cuyas redes policiales y de inteligencia quedaron entonces en evidencia. Cuando llega a la ciudad un joven ruso de madre chechena, sin papeles, musulmán devoto, con signos de haber sido torturado y dueño legítimo de una enorme fortuna, saltan las alarmas de la policía alemana y de los servicios de inteligencia germano y estadounidense. Con un guión basado en la novela del maestro de la literatura de espionaje John le Carré, Corbijn se centra en este triángulo de fuerza, poder e intereses, torturado por el miedo a un nuevo fallo catastrófico como el de 2001, invadido a veces por la islamofobia que impregnó buena parte del mundo tras el ataque a las Torres Gemelas y aún convaleciente de la falta de comunicación y entendimiento que entonces le llevaron al fracaso. Con sus distintos enfoques y estrategias, los objetivos comunes se alejan al emplear sus esfuerzos en direcciones opuestas.

El hombre más buscado filma el trabajo de campo con una aproximación realista y meticulosa que deriva, en algunos momentos, en la inacción. A diferencia de otras películas de espionaje que buscan la versión espectacular de las explosiones y las gadgets imposibles, la cinta de Corbijn aborda el trabajo más habitual –probablemente más real- de los espías: observar, escuchar, analizar y, en última instancia, actuar. Se centra de manera especial en dibujar el proceso de creación y conservación del tejido de contactos y confidentes que nutren el trabajo de los espías, una tarea facilitada en parte desde la popularización de la serie Homeland, que ha acercado a un público mayoritario la realidad –por supuesto, ficcionada- de este tipo de estrategias. El hombre más buscado se mueve en ese plano, el de colocar al espectador en una disyuntiva sobre lo moralmente correcto, sobre si el fin justifica los medios o sobre la relatividad de términos como ‘traición’ u ‘honor’.

Estamos ante una película pausada, sí, incluso lenta en algunos momentos que quedan, sin embargo, más que amparados por la impecable, exquisita y tridimensional interpretación del fallecido Philip Seymour Hoffman. El actor, en uno de sus últimos trabajos para la gran pantalla, encarna al responsable de un reducido y casi invisible equipo de espionaje alemán con base en Hamburgo que trabaja contra el terrorismo. Hoffman desprende un aura de melancolía, de rabia contenida y fracaso enquistado capaz de inquietar al espectador desde los primeros planos de la película tanto como de hacerlo empatizar con el personaje, cuyas derrotas escuecen por injustas. La expresión corporal, la voz rota, la respiración jadeante y demasiado ruidosa, el tabaco y la petaca confieren al protagonista una carta de presentación de perdedor con principios en plena crisis de identidad.

Rachel McAdams está correcta en el papel de abogada idealista, de buena familia, y un poco sosa. El actor ruso Grigoriy Dobrygin da credibilidad al inmigrante ilegal checheno, tímido, oscuro pero instigador de sentimiento de protección, tanto en el resto de personajes como en el propio espectador; aunque su personaje es el desencadenante de la acción, no deja de ser una excusa para hablar de lo que le interesa a Corbijn, y el director consigue un buen equilibrio entre pasar por encima de su historia y no dejar dudas o lagunas en el espectador. Willem Dafoe brinda un personaje interesante, el de un banquero que conoce la identidad y las intenciones del misterioso ruso y se ve de pronto metido de lleno en la investigación. La imponente presencia de Dafoe, aderezada con trajes caros y coches de lujo, ofrece un sugerente contraste con la mirada de niño asustado que exige el papel en ocasiones. Por último, la ganadora de un Globo de Oro por su papel en la ficción televisiva House of cards, Robin Wright, destila sensación de poder, impunidad y doblemoralismo como cabeza visible del servicio de inteligencia norteamericano. Lo más desconcertante en cuanto al reparto es el inexplicable papel de un actor de la talla de Daniel Brühl, con apenas dos frases y tres planos en la película. No es que esté mal, es que está desaprovechado.

Lo mejor de El hombre más buscado es, quizás solo por detrás de la espectacular actuación de Hoffman, la factura formal de la película. La fotografía sirve a los fines temáticos del filme, recreando una atmósfera gris, pesada, desaturada, cuya presencia misma dirige los sentimientos y sensaciones del espectador antes incluso de que la trama se meta en faena. Los planos sugieren la preocupación estética de Corbijn, pulcro realizador de videoclips y fotógrafo, y buscan –con vacíos, contrapicados y escenas dilatadas en el tiempo- algo más que el encuadre correcto para transmitir la información sobre la historia. Algunas secuencias no están diseñadas para hacer avanzar la acción, sino para recrearse en la imagen o el estado de ánimo del protagonista. En el otro extremo, la cinta también consigue momentos de tensión brutal, animadas por el uso de la música y el montaje.

Algo muy valorable de la cinta es la sutilidad con que expone las relaciones personales entre los personajes. Sobrevuelan a la trama romances que no se explotan innecesariamente. No en todas las películas tiene que existir una subtrama romántica, muchas veces metidas con calzador. Corbijn hace ciertas alusiones, enriquecedoras de la historia y sembradas de forma muy inteligente, pero salva el riesgo de abrir vías que no hay tiempo de cerrar de forma conveniente. Muy acertado.
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