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AL PASO

El coloquio de Miraflores

martes 09 de septiembre de 2014, 19:56h
Cuando hace tantos años, recién leída mi tesis doctoral, cursé en la London School of Economics un master de postgrado, me llamó la atención la espontaneidad de las relaciones entre alumnos y profesores de la universidad inglesa, comparando el envaramiento con que estas se llevaban a cabo entre nosotros. Eran, en efecto, en la London frecuentes los parties en los que se encontraban los estudiantes con sus docentes; pero sobre todo me resultaban sugestivos aquellos fines de semana en que, en alguna casa que la London tenía en el campo, nos pasábamos reunidos la gente de la Escuela tratando algún tema concreto, fuese , como materia de política comparada, el sistema de gobierno durante la época leninista o los problemas del régimen local inglés, añadiéndose al claustro otros profesores, colegas de los nuestros, procedentes de cualquier universidad británica.

No pensaba yo que con el tiempo, cuando accediese a la cátedra en mi nueva universidad de Madrid, habría ocasión de ensayar una experiencia bastante parecida a la de la London School, sólo que en vez de los viejos caserones eduardianos los encuentros universitarios tendrían lugar en plena sierra madrileña en la bella residencia de la Universidad Autónoma, La Cristalera, una singular obra arquitectónica, vidrio y madera, llevada a cabo a finales de los años cincuenta bajo la dirección de Alejandro de la Sota, justamente el autor de otro edificio tan ligado a mi formación académica como es el Colegio Mayor César Carlos . En La Cristalera acoplada perfectamente, como una piel suave, al dorso del Guadarrama, en Miraflores de la Sierra, en una atmósfera ideal, hemos pasado unos días de estudio un grupo universitario con alumnos y profesores de toda España ocupándonos, como lo hemos hecho en otras seis ocasiones precedentes, del Estado autonómico.

¿Qué hemos visto en la actual situación del Estado Autonómico, justamente muy delicada, no en vano el curso se convocaba bajo la rúbrica de El Estado autonómico, ¿el orden constitucional desbordado? A mi me ha llamado la atención la apelación que diversos intervinientes han hecho a la memoria española de la crisis territorial. Aunque hay evidentes diferencias entre el momento actual de Cataluña y las circunstancias que se producían cuando el gobierno de la Generalitat declaró en 1934 el Estado catalán dentro de la federación española, el mismo planteamiento de la comparación, que hizo Jesús García Torres, no deja de ser preocupante, aunque resulte inevitable, pues la Norma Fundamental no sólo contiene el orden de la normalidad política, sino que pretende , en la medida de lo posible, mantener el imperio constitucional incluso en el momento de la excepción. La democracia constitucional también limita el poder en las situaciones de emergencia como demostró el Tribunal de Garantías cuando, en Sentencia de 5 de marzo de 1936, declaró inconstitucional la suspensión de la Generalitat llevada a cabo en la crisis catalana de 1934.

Pero la reflexión historicista fue más allá del tratamiento constitucional de las situaciones de excepción (se trate de la aplicación del artículo 155 de la Constitución o del supuesto del estado de sitio, que también debe ser acotado a los términos obligados de su comprensión en la Norma Fundamental). Realmente si pensamos en la futura reforma del orden territorial, las opciones son establecer un federalismo desde arriba, esto es, limitarnos a profundizar la descentralización de la Constitución. O fundar un federalismo desde abajo (Francisco Caamaño), partiendo de un pacto entre los elementos integrantes de España que suman su soberanía en el sujeto de nueva creación. Quizás puede pensarse que, a la postre, la capacidad de integración del Estado, su unidad, es mayor reconociendo la diversidad en el momento de origen que si el modelo parte de la unidad y ha de hacerse sitio a la diversidad, que se entiende contra la unión, en un proceso de afirmación de los miembros que no acaba nunca y que tiene efectos centrífugos muy difíciles de contener. Los Estados Unidos podrían ser el caso de la unidad desde la diversidad, un federalismo de agregación sin duda exitoso pues hoy la nación federal se afirma sobre los Estados (Estado con nacionalismo), y España, según Francisco Rubio, el caso de la federación desde la unidad con una afirmación precaria del equilibrio entre la lealtad a la nación y a las propias comunidades territoriales (un Estado sin nacionalismo).

Quizás, apunto yo en relación con las observaciones del maestro Rubio,la idea del federalismo desde abajo fue más importante de lo que se piensa en el momento de la I República; y el Estado que se diseñaba en el proyecto federal de 1873 asumió las realidades territoriales en un grado considerable, de modo que bajo la República federal alentaba una preocupación identitaria y no, diríamos en clave pimargalliana, meramente un prurito racionalista y la voluntad de dividir el poder. También el peso del pluralismo fue considerable durante la Segunda República, y el ejemplo de Cataluña estimuló una descentralización que la guerra civil paró en seco, pues para entonces casi todas las regiones españolas tenían ya listo su propio estatuto de autonomía.

Las dificultades para acoger un federalismo desde abajo quizás no son tan grandes como aparece. Cuando se insiste en la dificultad de cierta parte de España para considerarse parte del todo y no su simple sinécdoque, se desconoce la capacidad de la cultura política para evolucionar: no había federalistas en el momento de la llegada de la Constitución de 1978, pero esta no tiene por qué ser la situación en la actualidad cuando la descentralización se ha logrado identificar con la democracia y las oportunidades para el desarrollo y la modernización política (Luis Ortega); de modo que la valoración del propio autogobierno debe conllevar considerar las exigencias de reconocimiento de otros integrantes del conjunto , lo que resulta muy adecuado para la afirmación, hasta cierto punto, del federalismo desde abajo en la nueva configuración política de España.

Por lo demás en la reunión se subrayó la posición nodal del Tribunal Constitucional en la defensa del orden político español : el Tribunal no es el problema de la democracia como se piensa desde el independentismo catalán (Francesc de Carreras), sino justamente su garantía. Si no hay democracia sin Constitución tampoco hay Constitución sin su defensa jurisdiccional: como señaló Manuel Aragón es suicida sustituir un orden jurídico efectivo que necesariamente es positivo, por un orden que se presenta como un proyecto de justicia pero que, en la realidad, es arbitrario y vano.
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