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POR LIBRE

¿Y si la mayoría de los catalanes rechazara la independencia?

domingo 14 de septiembre de 2014, 19:50h

Este jueves, las calles de las principales ciudades catalanas se llenaron de esteladas, de vociferantes amenazas a España y al Estado de Derecho, de odio. Los millones invertidos en la convocatoria por la Generalidad, el descomunal despliegue de los medios de comunicación subvencionados (todos), de la manipulada propaganda insistente e imparable propiciaron el éxito de la manifestación: autobuses fletados, fiesta gratis total, reparto de banderitas, de bocadillos… Da igual la guerra de cifras. Lo más probable es que asistieran más de medio millón de personas y menos de dos. Pero, sin duda, una ingente masa tomó las calles de Barcelona para reivindicar la independencia de Cataluña. Y, al final, todos lo celebraron como si ya hubieran conquistado su Everest: la independencia. Mera ilusión.

Ahora viene la hora de la verdad. Ahora viene la depresión o la guerra. Lo fácil será aprobar esta semana la Ley de Consultas en el Parlamento Catalán. Lo difícil, seguir después con el proceso. Porque inmediatamente, el Tribunal Constitucional sentenciará la ilegalidad del referéndum. Y ya ha advertido el Gobierno que, en el caso de que la Generalidad ordene instalar las urnas, Artur Mas incurrirá en un delito de sedición y desobediencia civil, castigado con una pena de hasta quince años de cárcel.

El “molt honorable” se encuentra así ante una peliaguda disyuntiva: enfrentarse al Estado de Derecho con el riesgo de ser imputado y declarado culpable o desistir para salvar el pellejo. Héroe o villano. Guerra o depresión. Es verdad, que si se arriesga y decide seguir adelante con el proceso soberanista se convertirá en un símbolo para los independentistas catalanes, aun a riesgo de terminar con sus huesos en la cárcel o, al menos, ser inhabilitado de por vida. Pero si se echa atrás, los Junqueras y compañía lo triturarán calificándole de traidor y cobarde. Tendría que exiliarse. La disyuntiva no le resultará fácil. Pero él solito se lo ha buscado. Pensó que el Estado era Zapatero. Y Zapatero, que nunca supo lo que era el Estado, le lanzó al abismo. Pero, por suerte, en la política española ya no hay zapateros remendones. Ahora, solo queda Artur Mas enredado en el intrincado laberinto que diseñaron los dos.

Podría también buscar una salida intermedia, casi salomónica: dimitir antes del 9-N con el argumento de que el Gobierno no le permite celebrar la consulta. Pero también en ese caso, Junqueras le pondría en la picota y a renglón seguido tomaría definitivamente las riendas de la Generalidad y pondría él mismo las urnas. Lo más divertido (si es que aquí hay algo divertido) sería que, al final, hipótesis más que probable, los catalanes rechazaran la secesión y el “no” se impusiera ampliamente. En ese caso, los independentistas saldrían escabechados de por vida. Pues sí, sería divertido. Muy divertido.

Y no resulta descabellado intuirlo. Hasta ahora, y pese a la presión y la atronadora propaganda, las encuestas más independientes se inclinan por el rechazo de la mayoría de los catalanes a la independencia de España. No todos los catalanes estaban el jueves vociferando a favor de la independencia. La mayoría sabe que se enfrentaría al aislamiento internacional, a la ruina y hasta al ridículo. ¿En qué Liga jugaría el Barcelona? ¿En la catalana? Messi, Neymar y compañía se irían a otros equipos y el club se hundiría en la miseria. ¿Dónde venderían sus productos? Muchos empresarios ya han insinuado que emigrarían con sus negocios, pues hasta ahora, su mercado principal reside en el resto de España y en Europa; y en ambos casos serían vetados. ¿Con qué países tendrían relaciones comerciales y diplomáticas? Con pocos o ninguno. El futuro de la región, pese a las mentiras de la propaganda secesionista, sería desolador.

Pero en cualquier caso, y aunque hay que apostar porque no se celebre la maldita consulta, porque se cumpla la Constitución, si al final Mas o Junqueras, o ambos instalan las urnas y la mayoría de los catalanes vota que “no”, más de uno se troncharía de la risa. Pues eso, muy divertido. Y se llevarían un sonoro bofetón los pánfilos, y hasta presuntos delincuentes, que gobiernan Cataluña.

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