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AL PASO

Las lecciones sobre Escocia

martes 16 de septiembre de 2014, 20:08h
En el otoño de 2012 asistí a un coloquio en la Universidad de Cambridge en el que se contrastaban los sistemas de descentralización británico y español. Nadie ponía en duda que las chances del independentismo escocés eran escasas, de modo que, entonces, a dos años de la celebración del referendum sobre la independencia, no se contaba con que los partidarios del sí fuesen más allá de una horquilla del quince al treinta y cinco por ciento. La situación parecía tan cómoda que uno de los intervinientes en la reunión, el profesor Robert Hazell, se permitió titular irónicamente su ponencia Why the UK is Relaxed About Scottish Independence. Nada que ver con la situación actual, en vísperas del referendum, cuando una opinión pública atónita contempla que el gran estado multinacional británico puede deshacerse en una jornada electoral en la que participa menos del siete por cien de la población. El resultado, un día inconcebible, sería “malo para Escocia y trágico para lo que queda del Reino Unido”(The Economist, número de la última semana).

Los efectos de la secesión serían negativos no sólo para los británicos, como es obvio, sino para la Unión Europea que tendría que imponer la exclusión de quienes quieren quedarse, esto es los escoceses, viéndose privada seguramente de quienes tendrían menos motivos para quedarse en ella, esto es, los ingleses a punto de organizar un referendum para abandonar la Unión. Europa contemplaría sin poder hacer nada el lanzamiento de un torpedo contra la estabilidad de los estados de la Unión, de consecuencias imprevisibles para ella misma.

El caso escocés puede mirarse con especial preocupación por el estado español, aunque, como es obvio, los casos escocés y catalán o vasco ofrezcan perfiles políticos y jurídicos muy diferentes. Lo primero que se debe asumir es que estamos ante un verdadero referendum de independencia, aunque algunos puedan discutirlo desde un punto de vista legal, lo que confirma una apreciación en la que suelo insistir, según la cual un referendum sobre la soberanía es un referendum de soberanía. La opinión pública, que en el sistema británico sin constitución escrita es la depositaria efectiva del poder, y que a la postre dice lo que se puede y no se puede hacer, tiene asimilada la trascendencia del referendum. “Si los escoceses votan por la independencia el día 18 de Septiembre, como las encuestas sugieren que pueden hacerlo, ello significará el fin de la Unión” (The Economist).

Los conservadores ingleses sin duda han pecado de frivolidad, y de ventajismo, ignorando el atractivo de nacionalismo como solución excitante, entusiasmadora, (exhilarating es el adjetivo que emplea The economist) de la crisis actual social y política. Cameron ha creído que el vértigo de la separación, a la que los escoceses se asoman en el referendum, permitiría acabar en seco con las demandas de los independentistas, resarciéndose de una situación de presencia insignificante de los conservadores en Escocia. La cómoda ventaja que Cameron pensaba obtendría el no en el referendum debía jugar como baza también contra los laboristas en el resto del territorio electoral británico.

El error de Cameron ha sido, sin duda, el simplismo político: ignorar la capacidad del nacionalismo para mover a los ciudadanos en la situación de crisis. Desconocer el atractivo que las quejas sobre la falta de reconocimiento tienen en nuestras sociedades actuales, donde el debilitamiento de la solidaridad, esto es, de las lealtades de clase, resalta la fuerza de los cantos de sirena de la identidad. No se trata de utilizar argumentos de cálculo y conveniencia material, que han sido blandidos, a veces en tono amenazante en el debate sobre la independencia, limitado a los efectos económicos de la separación y a la indisponibilidad para los escoceses tras la independencia de la libra. Para el nacionalismo este tipo de razones no son más que una muestra de la arrogancia y la desconsideración, inveterados, de los ingleses respecto de Escocia.

La negativa del gobierno de Cameron a aceptar que hubiese una alternativa al juego del todo o nada de la autodeterminación, impidiendo que se pusiese en el platillo la posibilidad de una decisión sobre la tercera vía del aumento del autogobierno (devolution max), se ha mostrado como un ejemplo de inepcia política difícilmente superable: a última hora el gobierno británico ofrece revisar al alza los poderes de Escocia. Buen precio el de este regreso al punto de partida, con una Escocia dividida y una sociedad británica abrasada por un debate incomodísimo de reproches y desacuerdos mutuos entre sus integrantes.

Hay sin duda muchas enseñanzas a desprender del caso escocés: evitar los extremos, transigir, negociar, atender sobre todo, antes que llorar inútilmente sobre la leche derramada.

Juan José Solozábal

Catedrático

Juan José Solozabal es catedrático de Derecho Constitucional en la Universidad Autónoma de Madrid.

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