www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

DESDE ULTRAMAR

Scotia locuta ¿causa finita?

viernes 19 de septiembre de 2014, 21:13h
Qué mejor que rememorar el aforismo romano que reza “Roma locuta, causa finita” para referirnos a Escocia y a su ejercicio consultor que marcará al año 2014, dejando cicatrices que desearíamos que sanaran pronto. Mas la realidad es muy terca, porque subyacen las causas. A punto estuvimos de actualizar la frase Reino Desunido de la Gran Bretaña, merced a este cardiaco referéndum. Y yo añadiría: “Escocia ha hablado ¿será escuchada?”. Urgen cambios.

El escenario se antojaba inédito. Tanto el de acudir los escoceses a las urnas a expresar su sentir sobre la permanencia o no en el Reino Unido, para que se pronunciaran por un futuro que parecía incuestionable y que por siglos se estructuró sin mayores complicaciones; tanto por ver al pueblo escocés pronunciarse. No hacía falta ser experto para darse cuenta de que estábamos ante un hecho de incalculables consecuencias, en caso de producirse el temido “Sí” que alertara a tantas instancias a reconocer que tendrían un problema entre manos y sobre la mesa, a la voz de ¡ya! Se podía estar en la absoluta certeza de que en caso de producirse la quiebra de la unidad entre dos entidades tan imbricadas, tan compenetradas, Inglaterra y Escocia, y fracturadas con el resto de los componentes políticos de las islas Británicas, aquella tragedia no dejaría de ser un episodio traumático y no solo anecdótico.

Una reportera mexicana describió en la radio de su país al 18 de septiembre, como una consulta que consistía en emitir una respuesta sencilla a una pregunta compleja. Y nada más cerca de la verdad. No bastaba con que fuera una consulta legal. Y ¿esta fecha quedará en la pura inmanencia? ¿será insignificante? Se antoja imposible. Se han dicho muchas cosas, muchas verdades y muchas medias verdades de ambas partes, a favor y en contra de la independencia, como para que resulte un día indiferente y olvidable.

Escindir a Escocia del Reino Unido suponía su ruina y si me apura, la inglesa también, porque dividir a partes iguales o proporcionales el patrimonio común no se vislumbraba como una tarea fácil. En ese ejercicio electoral de gran trascendencia, que ha ido interesando a la gente conforme se acercaba la fatídica jornada, mucho apremiaba a no desestimarse el enorme empuje a favor de que se produjera la ruptura, identificando con toda pertinencia el rápido ascenso del número de ciudadanos escoceses pro independentistas, que han brotado de golpe, alertando acerca de una de dos: o los procesos históricos en verdad no siempre son de larga incubación, aunque se colapsen o se oculten o se minimicen o se desestimen, y que este no morirá; o es que realmente estamos en presencia de un movimiento surgido casi de repente, espontáneo y que ha entusiasmado a demasiados en un periodo extremadamente corto. El ex primer ministro Gordon Brown, escocés, ya expresaba la necesidad de transformaciones a cambio de la permanencia.

Y esto último lo escribo porque sabido era el independentismo escocés con tintes folklóricos, incluso, como reivindicando el gaélico, mas no en las proporciones en que se ha manifestado y es preciso remarcarlo. Pero eso sí: el proceso autonomista iniciado en 1997 con Anthony Blair ha estado a punto de desgajar el Reino Unido. Pese a que daba a entender con elocuencia que se reconocía que Inglaterra había suplantado la identidad británica, aletargando de alguna manera a las demás entidades por varias centurias o al menos, las demás no eran con lo que más se identificaba al país en el exterior. Decir Inglaterra fuera y muy por delante de Escocia, ha sido sinónimo de Reino Unido o Gran Bretaña, no obstante que sepamos que en realidad no lo es.

Los británicos han pagado un alto costo por este sainete. Porque ya me dirá usted qué necesidad tenía el Reino Unido de llegar a un referéndum que lo ha tenido con el Jesús en la boca, cuando ha visto en serio la participación popular, la casi cristalización de las bravuconadas de Cameron y a los capitales avisando que se marcharían de Escocia si abandonaba no solo al Reino Unido, sino ipso facto a la Unión Europea; y ha visto a medio planeta en un jugueteo por el “No” y por el “Sí” con sondeos no definitorios, incrementando la incertidumbre, que ha estado a un tris de fragmentar una unidad política que, mire usted por dónde, apeló a la vía democrática para despedazarla.

Y en el proceso, el silencio institucional de Isabel II, prudente en exceso –contrastando con los quebraderos de cabeza en Bruselas, Madrid y Roma y la aprensión despertada en los altos mandos de la UE–. La octogenaria monarca, heredera del trono del cardo y detentando propiedades en suelo escocés, tan emblemáticas como Balmoral o Holyroodhouse y cuyo marido ostenta el título de duque de Edimburgo, ya recibió una disminuida herencia de su padre, el rey Jorge VI, último emperador de India, que ya había perdido la mayor parte de Irlanda. Ella ha acabado de transformar el Imperio Británico en la Mancomunidad Británica de Naciones (Commonwealth), y el país a punto se le habría deshecho en sus manos a las puertas de su casa. Lo inconcebible. Mas Escocia se queda, pero dividida y votando “sí” las megaurbes como Glasgow.

Visto lo visto, al ganar el “No”, si yo fuera Isabel II me plantaría en Edimburgo a la mañana siguiente de saberse los resultados favorables a la unidad y emprendería una extensísima gira de inmediato por Escocia al completo, le daría más juego en las decisiones británicas y asumiría cualquier reclamo que pudiera producirse. La reina es valiente y se debe a su estirpe. ¿Tantos años de reina y no saber mover el abanico? Los años han demostrado que no le pesan para actuar y ha sabido sortear mil y una crisis. Quizás aún tenga el ánimo de mostrar la flema británica y recordarle a propios y a extraños, al menos de pasada, que todavía es un privilegio nacer inglés. Que así de chulos son, después de todo. Si santo que no es visto, no es adorado –y España acaba de pasar por una situación monárquica delicada, donde casi se cumplió ese adagio– Isabel II comprenderá la ingente necesidad de darse no uno, sino varios baños de pueblo escocés. Un whiskey escocés al final, la recompensará.

Y para Cameron y para Salmond unas palabras. Cameron ha querido jugarle al vivo, se ha pasado de listo llevando el tema al extremo. Quien se piense que ha librado su carrera política porque Escocia no decidió separarse, que se lo piense dos veces si lo quiere al frente de su partido y del gobierno de Su Majestad. Yo no lo dejaría. En cuanto al escocés, me deja muchas dudas su quimera, pero las podría condensar en una sola pregunta: ¿en verdad el tema está resuelto? Pienso que no. Escocia se ha movilizado de una forma tal, que mueve a considerar que no se quedarán las cosas así, pese a las sentenciosas palabras de Cameron alardeando del resultado vinculante de este desgastante referéndum. De allí la pregunta que intitula esta entrega: “Scotia locuta ¿causa finita?”. Al tiempo. Y me sospecho que la respuesta la tendremos y no se hará esperar demasiado. Por lo pronto, se puede ser escocés y británico. Tanto mejor. No sé explicarlo, pero me siento aliviado y me entusiasma el resultado.
¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (0)    No(0)


Normas de uso

Esta es la opinión de los internautas, no de El Imparcial

No está permitido verter comentarios contrarios a la ley o injuriantes.

La dirección de email solicitada en ningún caso será utilizada con fines comerciales.

Tu dirección de email no será publicada.

Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios que consideremos fuera de tema.