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Crónica de América: Renace el terrorismo anarquista en Chile

lunes 22 de septiembre de 2014, 14:30h
Crónica de América: Renace el terrorismo anarquista en Chile
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Primeras detenciones tras los últimos atentados en Santiago de Chile. Por Rafael Fuentes

Se producen las primeras detenciones tras los últimos atentados en Santiago de Chile, que han sembrado la alarma y exigen que se acometan medidas antiterroristas urgentes y eficaces que frenen su expansión.

Finalmente las tres detenciones realizadas por un operativo de más de 200 agentes de Carabineros, incluido personal del Grupo de Operaciones Especiales (GOPE), han comenzado a despejar la incógnita sobre la larga cadena de atentados terroristas que ha sacudido Chile durante todo este año. Se ha tratado de una escalada cada día más violenta que culminó a comienzos del actual mes de septiembre con el más grave ataque con explosivos desde el retorno chileno a la democracia en 1990. La virulencia de los artefactos colocados en la línea de metro de la capital ha supuesto un punto de inflexión en la actitud política frente a este fenómeno inédito en la historia reciente del país.

Desde que comenzó la oleada, en el 2005, las autoridades han contabilizado 209 atentados, en su mayoría de baja intensidad y sin daños personales, habiendo sido perpetrados más de una treintena de ellos en el transcurso del actual año 2014. Una cifra que debería haber encendido las alarmas mucho antes entre cargos políticos, mandos policiales y una ciudadanía que se había venido acostumbrando a los cada vez más habituales estruendos nocturnos de bombas sin daños personales en el silencio de la noche. Muchos prefirieron mirar para otro lado y catalogarlas como simples protestas de intención meramente testimonial. La metralla del explosivo detonado a la hora del almuerzo en un centro comercial del suburbano, a la hora punta del transporte público, y sus efectos sangrientos sobre los viajeros de clases populares, han pulverizado esa interpretación tranquilizadora. Los artefactos de pequeña intensidad aparecen ahora como minuciosos preparativos para adiestrarse en atentados cada vez más ambiciosos y de mayor alcance.

Diez días después del ataque a los viajeros del metro de Santiago de Chile, la reacción de las Fuerzas de Seguridad ha dado sus frutos con la detención de tres miembros de la célula terrorista que presuntamente lo llevó a cabo y que con toda probabilidad cuenta con muchos otros colaboradores aún por aprehender. La controversia sobre la autoría e intenciones del atentado ha quedado parcialmente aclarada tras los rápidos apresamientos. El fiscal nacional Sabas Chahuán informó que los tres activistas capturados forman parte de una “célula anarquista”, así como el fiscal regional de la zona sur, Raúl Guzmán, añadió que se trataba de una “célula bastante compacta y hermética”. Las detenciones han evitado nuevos ataques en el desfile militar de las fiestas patrias en el Parque O’Higgins y durante la celebración del “Te Deum” en la Catedral Metropolitano este pasado fin de semana, con consecuencias seguramente muchísimo más sangrientas que la metralla en el subsuelo del metro que ha conmocionado a la nación.

El litigio sobre la actividad terrorista del actual anarquismo chileno, sin embargo, es una polémica que no se ha zanjado en modo alguno. Sin duda, los antecedentes apuntaban en esa dirección, de igual manera que la única reivindicación explícita del último atentado justificando las razones y autoexculpándose de las consecuencias, realizada en una página web a nombre de la fracción anarquista “Conspiración de las Células del Fuego”, donde se explica la elección del blanco en el área comercial de la estación de Metro Escuela Militar como “el subcentro de la escuela militar y un centro mercantil de la burguesía”. Las excusas por la sangre vertida son transferidas -como tantas veces en el terrorismo moderno- a una supuesta inoperancia o negligencia de la Policía. El texto lo arguye así: “Sepan todos que dimos aviso al número de emergencias 133, más de 10 minutos antes de la detonación, esperando que la Policía reaccionara evacuando el lugar. Pero hicieron caso omiso a esta información. Dejamos en claro que nuestro objetivo no eran los consumidores y/o trabajadores, sino las estructuras, propiedades y esbirros del poder.”

Esa reivindicación exculpatoria, no obstante, muestra bastantes inconsistencias. La principal de ellas estriba en que la llamada “Conspiración de las Células del Fuego” es una marca blanca de muy diversos grupúsculos anarquistas en los más dispares países, estando catalogada únicamente como organización anarquista la fracción griega. Una marca, pues, fácil de ser utilizada por cualquiera que se lo proponga. A esta posibilidad se han aferrado organizaciones anarquistas chilenas. Su teoría es que atentados de este estilo solo pueden ejecutarse desde los servicios secretos con el propósito de criminalizar al anarquismo y pasar a continuación a desarticularlo policialmente.

Un ejemplo claro de esta teoría se puede encontrar en el texto recién colgado en la red por el Grupo Anarquista “Germinal” con el título: “Sobre la bomba y la nueva política de inteligencia en Chile.” En él se establece la creencia de una supuesta conspiración de la democracia chilena para incriminar a los cada vez más activos grupos antisistema. Textualmente afirman: “Con respecto al atentado al Metro en Santiago, pensamos que es una acción irracional realizada por personas que no encajan en la denominación de anarquistas, sobre todo, por escoger un lugar y una hora donde son los trabajadores y trabajadoras quienes se desplazan.”

Sentada esta premisa, al parecer indiscutible para el Grupo Anarquista “Germinal”, se busca el auténtico perfil que, según su criterio, sí concuerda realmente con los criminales: “Es una acción más dada a ser realizada por grupos de extrema derecha, o de policías amparados en aparatos políticos que buscan de esta forma el endurecimiento de la ley antiterrorista, no solo contra los anarquistas insurreccionales, sino también contra los y las luchadoras sociales, sindicales antisistema y el pueblo Mapuche.”

Son argumentos de esta índole los que continúan sembrando la duda en la población sobre una posible confabulación de los servicios de inteligencia. El anarquismo señala posibles antecedentes, aduciendo: “Casos como estos encontramos en la historia reciente como es el caso Scala en España o el bombardeo de Piazza Fontana, atribuido a los anarquistas, bomba que posteriormente se aclara cuando se averigua que es una organización de extrema derecha ‘Ordine Novo’ quien la ejecutó en 1969.”

Recordemos que el “caso Scala” mencionado en Chile hace referencia a la muerte de cuatro trabajadores de la sala de fiestas Scala en Barcelona el 15 de enero de 1978, al ser incendiada con cócteles Molotov al término de una manifestación convocada por la CNT contra la firma de los Pactos de la Moncloa, y por lo que fueron condenados cinco militantes de la organización sindical libertaria. La CNT jamás aceptó esta sentencia y aún hoy sigue tratando de imponer que aquel atentado lo planeó la Policía al mando de Martín Villa y lo realizaron confidentes infiltrados, iniciando así el declive definitivo del movimiento libertario en España. De forma similar, el anarquismo chileno ha protegido al comando desarticulado, considerándolo solo un “chivo expiatorio” que oculta a los verdaderos responsables. A la vez que intentan mantener esta teoría de la conspiración, se lavan las manos ante cualquier sospecha proclamando la pureza de sus intenciones: “Los anarquistas -acaban de publicar- no atacamos a trabajadores ni a personas inocentes, nuestra lucha es una lucha que apunta a transformar la sociedad, pero no sobre una pila de cadáveres.”

Sin duda habrá que esperar a las sentencias de los tribunales de justicia chilenos -de una ejemplaridad incuestionable-, pero sea cual sea su dictamen se puede dar por hecho que la doctrina conspirativa seguirá como un artículo de fe indiscutible (tal como sucedió en el caso Scala de Barcelona), involucrando si es necesario a la justicia en la supuesta trama del complot, algo característico en las mentalidades sectarias. Al mismo tiempo, la ciudadanía chilena no debería albergar muchas dudas sobre los actos terroristas que vienen ganando terreno inexorablemente en la acción callejera. Los hechos son contumaces y apuntan en una dirección muy clara. En 2009, el universitario Mauricio Morales murió cuando explosionó la bomba que transportaba en su mochila. Sus compañeros libertarios, encapuchados, confirmaron al periodista Felipe del Río los propósitos que compartían con este. En sus propias palabras: “La violencia es la vía, La política es siempre corrupta. Preferimos la acción directa.”

En efecto, siguiendo la tradición libertaria los anarquistas chilenos insisten en sus pancartas: “La vía electoral fracasó y siempre fracasará.” En 2012, al anarquista Luciano Pitronello le denotó en las manos el explosivo confeccionado con un extintor cargado con un kilo de pólvora negra que iba a instalar en una sucursal del Banco Santander de su localidad. Pitronello resultó con quemaduras en más del 30 % de su cuerpo, perdió la mano derecha, tres dedos de la izquierda y parte de la visión de un ojo, motivos por los cuales los tribunales chilenos lo devolvieron a casa, evitando la cárcel. En 2013, el Comando Insurreccional Mateo Morral de procedencia chilena hizo explotar un artefacto en la Basílica del Pilar de Zaragoza. Cuando la Policía española los detuvo en Barcelona, el comando había instalado explosivos en la catedral de la Almudena de Madrid y se disponía a hacer otro tanto en la basílica de Montserrat. Todos estos hechos difícilmente pueden atribuirse a ninguna conspiración. La doctrina de la confabulación resulta insostenible con este reguero de antecedentes.

El líder del comando recién apresado en Santiago de Chile, Juan Flores Riquelme, ya posee una condena por un delito por robo con intimidación. Uno de sus referentes es Mauricio Morales Duarte, el anarquista muerto por su propia bomba, y en su cuenta de la red social de Facebook abundan las citas encomiásticas extraídas de los textos de Mijaíl Alexándrovich Bakunin, el primer gran impulsor del anarquismo como movimiento político y social en el siglo XIX.

Las publicaciones libertarias en el Chile de hoy insisten en que sus acciones se dirigen solo a la destrucción de bienes materiales. Sin embargo, en la lectura de Bakunin -tan preciada para el comando del recién detenido Juan Flores-, se constata un impulso en realidad mucho más amplio que la demolición de objetos. En sus textos Bakunin reclamaba la actuación benefactora de los rabiosos, de los furiosos, de los criminales y los terroristas para dictar la marcha de los acontecimientos en la buena dirección revolucionaria. Según el propio Bakunin “aquellas personas que no pueden reprimir en sí mismas la rabia destructora, antes de comenzar la lucha general descubren al enemigo sin tardanza y, sin pensar, lo destruyen.” El odio al servicio de lo revolucionario. Sus afirmaciones son inequívocas: “La revolución lo santifica todo. ¡El campo está, pues, libre! ¡Las víctimas están marcadas por la indignación no encubierta del pueblo! ¡Se le llamará terrorismo! Ahora bien, nos resulta indiferente. La generación actual ha de conseguir por sí misma una fuerza prima implacable y seguir el camino de la destrucción de forma irrefrenable”, proclama en El Estado y la Anarquía.

Alguien que lea obsesivamente estas declaraciones está en condición de dar el paso decisivo de destruir bienes materiales a destruir vidas humanas odiadas. De hecho era un paso previsible en Chile con los antecedentes de la última década. A nadie le debía extrañar que en uno u otro momento se traspasase esa frontera: era solo cuestión de tiempo y de maduración de la violencia.

El propio grupo que actuó en los centros religiosos españoles no sacrificó vidas humanas pero ya había bautizado su Célula con el nombre del anarquista Mateo Morral Roca que arrojó una bomba homicida contra el cortejo nupcial de Alfonso XIII y Victoria Eugenia, émulo de Santiago Salvador que causó una masacre en el Liceo barcelonés, o de los asesinos de Cánovas del Castillo y de José Canalejas. Hay que subrayar que la propaganda anarquista arraigó en Chile a finales del siglo XIX gracias al material literario importado desde España, teniendo su primer esplendor en la Semana Roja de 1905, para caer después en la paulatina desmovilización y letargo a mediados del siglo XX.

¿Por qué esta resurrección repentina en el Chile democrático actual? Ante todo porque es todo menos “repentina”. La eclosión de las publicaciones ácratas tras la caída de la dictadura de Pinochet abrió la puerta a una pertinaz filtración en los movimientos estudiantiles del siglo XXI. No todos los libertarios son violentos -obviamente-, pero los que sí lo son encontraron aquí un caldo de cultivo idóneo, amparado por una cierta simpatía general hacia su idealismo. Las reivindicaciones en defensa de una enseñanza eminentemente pública y gratuita, permitieron la incorporación de grupúsculos violentos con pequeños artefactos y una virulencia capaz de dar muerte a Carabineros o quemar con gasolina a periodistas. Nada se hizo para cortar en seco este embrión de terrorismo. Sus detractores lo subestimaron, las movilizaciones lo justificaron como un hecho lógico, el victimismo de las organizaciones libertarias, que acusan de brutalidad policial o de conspiración de los servicios de inteligencia a cualquier actuación contra ellas, hicieron el resto. Vinieron las explosiones nocturnas, y se aceptó como una rutina. El terrorismo siguió creciendo, amparado por no haber causado víctimas. Ahora esa barrera se ha atravesado.

El programa de Gobierno de Michelle Bachelet carece de medidas contra este amenazante problema, prueba de la inconsciencia con que ha sido abordado en los medios de comunicación, la opinión pública y la clase política. La presidenta chilena haría mal en tomarlo como un caso pasajero y confiarse en los grupos libertarios que pregonan su respeto por la vida humana. No serán estos los que corten el paso a los otros anarquistas que siguen aumentando en organización y experiencia, y que ya han comenzado a no respetarla. Se impone un consenso entre las formaciones de todo el espectro chileno para afrontar no solo policialmente sino también ideológica y políticamente el desafío. No se está ante simples estudiantes indignados. Como recientemente recordase el filósofo Peter Sloterdijk: “En la descarnada filosofía destructiva de los anarquistas encontramos una de las fuentes movilizadoras y extremistas que nutrieron a los movimientos fascistas de derecha e izquierda.” La hoy sólida democracia de Chile no debería permitirse el riesgo de dejar que estas fuerzas continúen robusteciéndose en el país.