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CRÍTICA DE TEATRO

Jugadores, de Pau Miró: el declive de una generación

domingo 05 de octubre de 2014, 11:38h
Jugadores, de Pau Miró: el declive de una generación
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Pau Miró pertenece a esa promoción de dramaturgos que acaba de dejar el rango de jóvenes promesas, para convertirse en proveedores de éxitos encadenados en la escena española. Su pieza “Jugadores”, estrenada por el Lliure en su original catalán, ha tenido un brillante reestreno en los Teatros del Canal, bajo la excelente dirección de su autor, después de haber cosechado en Italia el Premio Ubu a la mejor revelación extranjera.

Jugadores, de Pau Miró

Director de escena: Pau Miró

Intérpretes: Miguel Rellán,Jesús Castejón, Luis Bermejo y Ginés García Millán

Lugar de representación: Teatros del Canal (Madrid)

Esta es la historia de cuatro jugadores que han dejado de jugar. Literalmente, si tomamos la idea de juego como cualquier clase de ejercicio que sirve para divertirse. Se reúnen en la destartalada cocina de un apartamento envejecido y trasnochado -espacio que los simboliza-, para despachar partidas de póquer que nunca vemos, pues solo asistimos a sus preliminares o a las desasosegantes conversaciones en las que se enzarzan a su conclusión, y a todas luces este es un ejercicio maquinal del que desapareció hace tiempo la diversión. El riesgo, el trance del azar, la adrenalina del peligro. Un acierto más en la destreza del joven autor Pau Miró, para hacernos llegar visualmente el amargo desplome interior de sus cuatro protagonistas.

Esta disolución del juego que se evapora de entre las manos a un grupo de amigos por esencia jugadores, trasciende, pues, la literalidad del hecho para convertirse en gran metáfora del anticipo de la vejez, de unos ganadores transfigurados por el paso del tiempo en irreversibles perdedores, o aprovechando el título de Samuel Beckett, del final de partida de unas vidas, final de partida de una generación y quizá el final de partida de toda una época. Al menos tal como la ve un dramaturgo que nació en el arranque mismo del periodo histórico de la Transición y contempla ahora el declive biológico de aquellos que la protagonizaron y que podían pertenecer al mundo de sus padres. El hijo ve cómo aquella aventura de jugadores arriesgados parece haber desembocado en un marasmo tramposo que es necesario borrar. No son solo las injurias físicas de la vejez, sino más importante, la ruina económica que no se quiere aceptar, el cero a la izquierda al que les aboca el desempleo, las permanentes malas jugadas de unos contra otros para mantener el autoengaño, la inercia que les fosiliza y les impide reaccionar con el instinto para el juego peligroso que antes, mucho antes, les caracterizó.

Quizá la alusión a Final de partida, de Samuel Beckett, no resulte ser tan ocasional. Todo en Jugadores tiene resonancias de una réplica hiperrealista a aquella pieza maestra del teatro del absurdo. Uno de las voces constantes del magistral drama de Beckett es Hamm, un viejo amo aquejado de ceguera y que no puede sostenerse en pie, una versión claudicante del Hamlet de Shakespeare que proclama: “Mi tiempo acabó y dudo todavía, dudo hasta el fin.” En Jugadores, el apartamento que acoge las fantasmales partidas de póquer pertenece a un viejo profesor universitario de matemáticas que se queda en blanco en la clase cuando desarrolla en la pizarra una fórmula aritmética, descubriendo que ha perdido las facultades para el cálculo. Y no solo eso, sino que un alumno le pone en ridículo al dictarle sarcásticamente las operaciones a realizar y al que agrede en un brote de ira que le cuesta su plaza universitaria y caer en el paro, la penuria y la necesidad vergonzante. En sus continuas pesadillas recibirá la visita siniestra de su padre, que le hace ver su legado: una pistola y una bala. Al igual que el Hamm de Beckett, este profesor de matemáticas alcanzado por el infortunio enlaza con Hamlet y la visita espectral de su padre muerto. Pero ahora no para recibir el encargo de impartir justicia o vengar un crimen, sino para ser empujado a otro cometido, en este caso autodestructivo. Absolutamente desconcertado por el cambio de época podría recitar: “Mi tiempo acabó y dudo hasta el fin.”

Magistralmente interpretado por Miguel Rellán, el viejo profesor marca la pauta de los otros personajes, incapaz de mantenerse en pie, sentado en innumerables sillas, hasta quedar debajo de los demás cuando pasa a acomodarse en el suelo. Su casa es gradualmente tomada por su amigo peluquero que ha tenido que vender su parte del negocio y ha sido a continuación despedido por el comprador. Ganarse un hueco en la desabrida casa de su amigo le obliga a adoptar una actitud crecientemente servil -nuevo eco del Clov en Final de partida-, con tal de conservar la fantasmagoría de aparentar que sigue trabajando y no ser rechazado definitivamente por su esposa e hijos. Jesús Castejón nos hace sentir con intensidad el desamparo de un personaje cuyo sarcasmo no le salva de doblegarse y someterse con tal de escapar inútilmente de las feroces dentelladas de la soledad.

El enterrador y el actor que completan la baraja de amigos que perdieron la gracia del juego, no están menos hundidos en su particular escoria. Los días de triunfo del actor pasaron tras los efectos del alcoholismo. Luis Bermejo da vida a este enigmático y a pesar de todo jovial histrión que ha sustituido el riesgo de la apuesta por la adrenalina de robar en los supermercados. Expulsado de los escenarios por sus continuas fases de amnesia donde olvida el texto en plena representación, Bermejo da a la bella indiferencia con la que este jugador afronta el desastre una ironía sin sentido, un humor risueño en el precipicio. Una interpretación de categoría que hace levitar a su personaje con una elegancia absurda sobre lo siniestro. Una actuación a la que le da réplica de idéntico rango Ginés García Millán como el colérico sepulturero cuya ira es perfectamente inútil para salir del mundo estático y muerto en el que se han convertido sus existencias, todos transformados en fantasmas de sí mismos.

La excepcional lección interpretativa de estos cuatro actores no se limita a su ejecución personal. El propio autor de la obra, Pau Miró, ha ejercido con gran pericia como director de escena, ensamblando en un engranaje perfecto sus alocuciones, sus réplicas, su movimiento coral. Un ritmo exacto, un estilo escueto y directo, unos desplazamientos orquestados con la precisión del final de una partida de ajedrez. No es de extrañar que la obra recibiese el Premio Ubu a la mejor novedad extranjera, uno de los más prestigiosos de Italia. Pau Miró afianza así una trayectoria que ya cobró un temprano vuelo con su pieza Llueve en Barcelona: Miró se revela tan buen director escénico como autor de un texto tenso, ágil, conciso, que mantiene en vilo al espectador sin prescindir del contrapunto de un humor desengañado ante una situación tan adversa.

Pau Miró no desea que sus personajes se resignen y los lleva a una resurrección muy calculada. En términos realistas, resulta escasamente verosímil que recobren el pulso vital mediante un atraco bancario. Otra cosa sucede en el plano simbólico y en el ámbito de los sueños. Miró está invitando a que la generación que vivió el éxito de la Transición y ahora es descartada de una conclusión noble a causa de un desempleo generalizado al que ella misma ha contribuido, se rebele y rompa las reglas del juego que han regido su existencia. La parálisis de una sepultura en vida quedaría rota y su “final de partida” no sería funesto y desdichado, sino glorioso. Una propuesta generosa o envenenada, según se mire. Un RIP, un desahucio, en toda regla para una promoción histórica, quizá precipitadamente anticipado. A propósito de él, un festín de buen teatro, un deleite en el recital interpretativo, un curioso testimonio de cómo una generación ve a otra en la España de hoy.

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