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¿Puede ser peor Pedro Sánchez que Zapatero?

domingo 05 de octubre de 2014, 19:49h

Pedro Sánchez vive atrapado en la borrachera del poder, de la celebridad, de la popularidad. En pocas semanas pasó de ser un diputado desconocido a convertirse en uno de los hombres más poderoso de España. Y todavía no lo ha digerido. Solo con una buena planta, una ancha sonrisa y pocas palabras convenció a los socialistas de que era el líder que necesitaba el PSOE para salir del atolladero, y a buena parte de los ciudadanos de que era el hombre que necesitaba la política española para enderezar el rumbo de uno de los dos grandes partidos. Ahora, parece el sueño de una noche de verano.

Y es que se ha puesto a hablar; o mejor, no para de hablar. La borrachera política le juega malas pasadas: se tambalean sus escasas ideas, se aturulla ante las decisiones que deben marcar la pauta de su partido, se lía con Cataluña, con el feminismo y con todo lo que le sale al paso, se cae con estrépito del trapecio del circo mediático, parece un beodo político.

Se estrenó como secretario general del PSOE con una mamarrachada política al obligar a los eurodiputados socialistas a romper el pacto que habían sellado con los populares y sus compañeros socialdemócratas en la Eurocámara para votar a Juncker; y esta misma semana ha vuelto a tropezarse en Bruselas al oponerse al nombramiento de un español, Arias Cañete, como comisario europeo. Dos errores de principiante, pues los pactos en política internacional no se rompen y el que los rompe lo paga antes o después. Y los grupos políticos serios siempre apoyan a los candidatos de su país, sean o no de su partido, por pura elegancia pero, sobre todo, por intereses nacionales. Su irrupción en Europa no ha podido ser más desafortunada.

Tampoco en el cansino, pero trágico, conflicto catalán ha acertado. Apoyó, eso sí, con claridad y sin fisuras al Gobierno en cuanto a la defensa de la Constitución y la unidad de España y ha denunciado reiteradamente a Artur Mas por saltarse la ley. Pero resbaló escandalosamente al apoyar a los diputados socialistas cuando votaron a favor de la Ley de Consultas, cuando hasta el más tonto sabía que esa ley solo tenía como objetivo allanar el camino para camuflar la ilegalidad del maldito referéndum del 9-N. Y todo por desmarcarse del PP. Todo por ser original. Pues todo un batacazo político.

Y esta misma semana, por ese empeño en no cerrar la boca, que estaría más guapo, ha vuelto a hacer el ridículo. Primero, con cara solemne y hasta desafiante, exigió al Gobierno medidas para atajar la violencia doméstica, unas medidas, por cierto, bastante drásticas y eficaces que elaboró y aprobó el Gobierno de Zapatero. Pero la gran chorrada de Pedro Sánchez consistió en exigir que por cada víctima de la violencia machista se celebre un funeral de Estado; esto es, que el presidente del Gobierno y el ministro de turno asistan cada semana a un funeral, o a dos. Desconoce, además, el líder del PSOE que los funerales de Estado se celebran por los caídos en la defensa de España, por los servidores del Estado que han dado su vida.

Y para cerrar la semana ha aportado otra de sus geniales ideas; a saber, que sobra el Ministerio de Defensa y que su presupuesto debe dedicarse a los más pobres y necesitados. Demagogia pura, memez gigantesca. El síndrome de Podemos le ha pasado factura. Ni a Pablo Iglesias se le había ocurrido tal cosa. Todavía.

En las propias filas socialistas ya ha saltado la alarma. Salvo los más allegados, los que forman el núcleo duro del nuevo partido, los que mandan ahora nadie se esperaba que Pedro Sánchez cometiera tantos errores en tan poco tiempo. Susana Díaz, la valedora del secretario general, se ha apartado a su cortijo de la Junta asustada y preocupada. Y los veteranos del partido, como Felipe González, Rubalcaba y muchos otros pesos pesados, están escandalizados de la estrambótica imagen e inconsistencia política del nuevo líder del partido.

Hasta que se relaje, estudie un poco, reflexione, se olvide de la arcaica progresía vacua y se asesore, hasta que aprenda bien el delicado papel que debe desempeñar Pedro Sánchez debería volver a sus inicios: hablar poco y sonreír mucho. Pues la vorágine en la que se ha metido le puede triturar antes de empezar. Le conviene centrarse y, a ser posible, ser prudente y acertar al abordar los graves acontecimientos que agitan los cimientos de España, en lugar de soltar una chorrada tras otra y trotar por todos los platós de televisión. Pues a este paso va a conseguir el más difícil todavía: convertirse en una caricatura de Zapatero, el político más letal y nefasto que ha tenido que sufrir España en los últimos tiempos. O peor, y aunque parezca imposible, ya hay quien dice que, al paso que va, podría superarle. Pobre PSOE. Pobre España.

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