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PASO CAMBIADO

El ébola y el bochorno nacional

José Antonio Sentís
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directorgeneralelimparciales/15/15/27
miércoles 08 de octubre de 2014, 20:30h

La reacción ciudadana en España a la terrible noticia del contagio por ébola de una auxiliar de enfermería española puede dar para un tratado de sociología. Qué digo un tratado: una enciclopedia. Porque a la alarma sanitaria y los miedos personales ante la enfermedad o la muerte, que serían en cierta medida lógicos, aunque lleguen a la exageración, se une una explosión de histeria política y de ajuste de cuentas guerracivilista.

Ante cada desgracia, y a poco que se rasque en la piel de los acontecimientos, aparece un cuerpo social mucho más enfermo en su alma que en sus órganos. Porque si ha habido en la Humanidad un valor sobreentendido, éste ha sido la capacidad de superación de las adversidades. Por alguna o muchas razones, esto ya no es así en las prósperas sociedades occidentales. Y menos que en ningún sitio, en España.

Aquí, las desgracias son armas arrojadizas contra otros. Y también expresión de una debilidad de pensamiento absolutamente patológica. Los valores se han transmutado. Las emociones colectivas se adormecen ante verdaderas catástrofes, pero se enardecen ante anécdotas. Tres mil muertos africanos por ébola no ocupan un minuto de conversación, mientras la vida de un perro (no creo que haya nadie que no se haya enterado, pero me refiero a la mascota de la sanitaria afectada) genera una conmoción colectiva.

Algo no funciona bien. Porque incluso nos vemos obligados a explicar que no es que no nos importe un perro, sino que el lugar que éste debe ocupar en nuestra escala de valores es el que le corresponde, y no más. Pero te pueden insultar si lo dices, porque hace ya mucho tiempo que los procesos emocionales han sustituido a los racionales. Algo que siempre estuvo latente, pero que se generalizó, exactamente, el día en que las conversaciones de bar se trasladaron a las redes sociales.

¿Ha perdido toda España la cabeza? Evidentemente, no. Hay mucha gente que hace un esfuerzo desesperado por afrontar esta historia con prudencia. Muchos científicos, políticos o periodistas piden calma. Muchos entienden o comparten la preocupación, pero la afrontan con análisis, con información y con entereza.

Pero muchos otros han utilizado esta desgracia para sacar sus peores instintos de paseo. Independentistas catalanes, con su firma, han hablado del ébola español. La lideresa antideshaucios no se ha cortado un pelo para hablar hasta de una maniobra de exterminio del Gobierno contra el pueblo. No pocos le han deseado el contagio por ébola a sus adversarios ideológicos. Hasta un conocido escritor ha dicho que habría que salvar al perro y sacrificar a la ministra.

Lo de menos en una crisis como ésta es que se quiera sacar partido de ella para debilitar a un Gobierno. A fin de cuentas, los gobiernos siempre son responsables de todo, hasta de la lluvia. Lo más grave es que se utilice una tragedia (y todavía no estamos en ella en España, aunque haya indicios de peligro) para cavar trincheras en la sociedad.

Pero pasa siempre. O, al menos, pasa cuando gobierna la derecha. Porque así fue con el Prestige, y no digamos con los atentados islamistas de Madrid. Y pasó, con UCD, con la colza. Pero mucho menos sucedió con otras alarmas u otras catástrofes, fueran vacas locas o gripes aviares o porcinas; o fueran incendios devastadores, de ésos que no matan percebes, sino personas. O fueran campañas bélicas, de ésas que también matan bastante, ya fuese en la primera Guerra de Irak o en la yugoslava. O, por poner un ejemplo reciente, con los ocho muertos por legionella en la Cataluña gobernada por el nacionalismo.

En cualquier caso, si los gobiernos quedan afectados, eso va en su sueldo, sea injusto o no. Pero que la sociedad tenga un nuevo motivo de quiebra de la convivencia, de aparición de odios numantinos, de desafección interior es lo que no tienen lógica.

En Estados Unido están asustadísimos con el ébola. Obama lo dice todos los días. Pero los americanos no riñen entre sí por ello. En el occidente africano no es que estén asustados, es que están devastados. Pero en España, más que miedo hay ganas de hacer sangre. Y es tan débil el código de valores interno, que millones de corazones se acongojan por la suerte de un perro, uno. No por la suerte de todos los perros, de esos abandonados que matan en las perreras todos los días. De uno identificable, de una foto, de una metáfora.

En España, los mismos entusiastas defensores del aborto están incendiados por la suerte del animalito. Más aún, están más preocupados por el perro que por su dueña, una mujer que, independientemente de las causas de su contagio, siempre accidentales, es absolutamente admirable por haber afrontado desde su puesto de trabajo la lucha contra una enfermedad terrorífica. Ella, y sus compañeros.

Pero no parece que en España estemos para poner medallas, sino para lanzar puñales. Ni siquiera parte del propio personal de la Sanidad española está recalcando su meritoria lucha, sino quejándose (con la razón que toque) de las autoridades, de sus carencias, de sus problemas.

Si hasta el propio heroísmo de los misioneros españoles en su lucha contra el ébola en África se está transformando en culpabilización como portadores del virus. Y no es difícil hacer un paralelismo histórico: también se culpabilizó a las víctimas del terrorismo en su día.

El bochorno que nos estamos autoinfligiendo los españoles es, además, muy probablemente gratuito. Es posible que este contagio tenga cola, aunque le deseo lo mejor a la persona ahora afectada, con la esperanza de que no sean más. Es posible que haya algún otro caso. Pero es previsible que, en España, con su Sanidad con muchas más virtudes que defectos, se pueda luchar con ciertas garantías frente al riesgo de epidemia. Esta crisis también se puede saldar con victoria.

El virus incontrolable es otro. Es la histeria política, el fanatismo intelectual, el carroñerismo. Y era previsible llegar a esto. Porque antes, las sociedades atemorizadas miraban al cielo en busca de respuestas. Ahora se mira al vecino en busca de culpables, porque no hay cielo, porque alguien decidió que éste se encontraba en la tierra o, como mucho, en los anuncios de coches de la televisión.

José Antonio Sentís

Director general de EL IMPARCIAL.

JOSÉ A. SENTÍS es director Adjunto de EL IMPARCIAL

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