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EN SALA TÚ (MADRID)

Vacaciones en la inopia: contra la cultura de la imagen

martes 21 de octubre de 2014, 16:20h
Iñigo Guardamino es uno de los nombres más representativos del circuito off, como atestigua sus piezas El año que mi corazón se rompió, Huevo o Castigo ejemplar yeah. Nos propone ahora Vacaciones en la inopia, un texto que también dirige y en el que tenemos la oportunidad de tomarle el pulso a los registros más alternativos y exploradores de nuestra escena.
Vacaciones en la inopia: contra la cultura de la imagen

Vacaciones en la inopia, de Iñigo Guardamino

Director de escena: Iñigo Guardamino

Intérpretes: Montse Gabriel, Mon Ceballos, Laura Maure y David Aramburu

Lugar de representación: Sala Tú (Madrid)

Vacaciones en la inopia es una obra experimental y compleja que no cede un milímetro a la complacencia ni al placer fácil. Es importante que prestemos mucha atención a los dos personajes que inician el espectáculo. Uno ve inalcanzable el amor deseado y se hunde en el barro del bosque como en una autoinmolación depresiva que le conduce a la muerte en vida. El otro desea ardientemente entrar en un gran baile -la danza del gran torbellino del mundo, el sofocado ajetreo de la hoguera de las vanidades, la coreografía de los que disfrutan de la fiesta social-, pero no puede hacerlo porque no está en la lista de invitados. En este segundo caso, no se inmola en el retorno a la tierra, sino que se agita, grita, se rebela y exacerba la protesta. Son las dos actitudes contrapuestas de los excluidos que irán protagonizando las siguientes historias entrecruzadas que configuran el espectáculo, ya que Iñigo Guardamino ha decidido jugar con la polisemia de la palabra “inopia”, por un lado su significado vinculado a la ignorancia -sobre todo la ignorancia de uno mismo-, y por otro, su menos conocido significado de “indigencia”, “pobreza”, “escasez”.

Los protagonistas de las sucesivas historias hacen honor a ambas acepciones, pues son siempre excluidos de sus aspiraciones e inmersos en un desconocimiento de sí mismos que les empuja a una autoinmolación silenciosa o a una protesta primaria e inútil. Al referirnos a las historias que se van entrelazando a continuación como variantes de estas dos actitudes iniciales, debemos desterrar cualquier idea de teatro de scketts. Los episodios no son anécdotas cerradas, sino momentos de pesadilla donde lo satírico y lo siniestro se entretejen en un universo absurdo regido por las normas de lo onírico. Cuando predomina el humor, estamos en el ámbito de lo que en los últimos años se ha dado en bautizar como “posthumor”. Es decir, situaciones donde el contrasentido del chiste y el humorismo no desembocan en la risa, y si puntualmente lo hacen, se trata de una risa crítica, amarga, desilusionada, dirigida a tomar conciencia de las afrentas. Ese posthumor se combina con vetas del desasosiego de lo grotesco en la tradición de Beckett o Kafka. La acción se desenvuelve en ausencia de escenografía, a unos palmos del espectador, donde los actores, con un vestuario sobrio y oscuro que no evoluciona, deben actuar sin red ante la mirada casi íntima del auditorio. Guardamino ha hecho un buen trabajo de dirección basándose en un mínimo diseño de luz y algunas proyecciones que subrayan la energía y cambios de registro milimétricamente calculados de los cuatro intérpretes.

Atrapados en un espacio claustrofóbico enmarcado con telas negras -una especie de caverna de Platón enloquecida-, todo el vigor acaba recayendo sobre la palabra. Sin duda, lo más prominente es aquí la potencia del lenguaje, su fuerza poética escueta y sin adornos, la contundencia de la palabra. Guardamino ha creado una pieza enérgicamente opuesta a la cultura de la imagen. Es una auténtica pedrada contra las pantallas -toda la infinita galería de pantallas con imágenes- que han manipulado los deseos de las masas.

Dentro del propio drama, el autor introduce una satírica crítica al modelo teatral más clásico. Lo hace a través de dos inmigrantes que están elaborando un reclamo pedigüeño para utilizarlo en los vagones del Metro. Su objetivo no es el costumbrismo, sino la burla de las recetas de los talleres de escritura dramática. Es decir, la fórmula de crear un conflicto a partir de un deseo y un obstáculo difícil de sortear con los que conmover al auditorio. Los mendigos piensan un deseo: “Necesito dinero para comer.” Y un obstáculo: “Pero tengo dos hijas enfermas.” Conmoción: “Se lo ruego, una ayudita.” Transcendencia final: “¡Qué Dios se lo pague!” Al utilizar mendigos rumanos, el autor bordea los límites de lo políticamente correcto, pero su verdadero sarcasmo se dirige a la estructura de los dramas académicos. Como alternativa, Iñigo Guardamino nos ofrece un texto donde el avance no se produce de un modo tan mecánicamente lineal, sino en zig-zag imprevisibles, y donde los conflictos nacen del alma de sus alucinadas criaturas.

Con ese propósito aprovecha todos los recursos conocidos hasta ahora del distanciamiento y extrañamiento de Brecht y el Berliner Ensemble: desde los personajes masculinos o femeninos que pasan a otra identidad de género, hasta la ruptura del espectáculo con el actor-personaje que se rebela contra el texto que debe representar. Llegados a este extremo, es inevitable reflexionar hasta qué punto el teatro experimental no está cayendo en otra forma de academicismo ya tan codificado como lo están las recetas clásicas satirizadas por el autor. A fin de cuentas, también hay talleres que propugnan una mixtura de las fórmulas de Beckett combinadas con las de Brecht, en las que encontramos otro purismo precocinado que pronto será centenario. De alguna forma este dilema recuerda el debate político colectivo: las pautas establecidas se muestran agotadas, pero los recambios heterodoxos resultan tan conocidos que no aportan una auténtica novedad. Quizá sea esa fe en la novedad la que deba ser revisada.

En cualquier caso, dado este dispositivo, es imprescindible que el espectador, además de dejarse sorprender y estremecer por la fuerza del lenguaje, esté predispuesto a aportar una atención extra a las vicisitudes argumentales. De lo contrario corre el riesgo de quedarse en ayunas y sin enterarse de lo sustancial, es decir, caer en las dos acepciones de “inopia”. El autor no engaña, ya puso en el título “vacaciones en la inopia”, y en la doble inopia podría quedarse el público perezoso. Quien avisa no es traidor.

Para que esto no suceda es importante seguirle la pista a los múltiples personajes excluidos, como aquellos que no tienen dinero para comprar juguetes de última moda a sus hijos y son víctimas de la feroz ira de estos, o los que son humillados por pedir créditos. De igual relieve para atravesar el dédalo de acontecimientos es seguir la pista a ciertas líneas conductoras que el dramaturgo nos tiende, como pueden ser los tres clavos de Cristo que un turista obtiene visitando en su agonía a Ariel Sharon y con los que alguien pretende comerciar. Reaparecen en los recuerdos de una cacería de elefantes de un banquero -¿Miguel Blesa, quién más?-, y serán llevados por los judíos de un Israel que ha sido destruido y arrojado al mar, como prometen hacer al unísono chiíes y suníes, el único sueño que los hermana.

En esta cruel burla emerge con nitidez lo que el historiador Enrique Krause, en un reciente análisis, ha estudiado como “antisemitismo de izquierdas”. Pero como en cualquier otra pesadilla, esos hebreos se funden con otro pueblo elegido, el Español, en la obra también en trámite de desaparecer. Los tres clavos de Cristo se hunden en tres capitales españolas: Bilbao, Madrid y Barcelona, los tres focos de confrontación y disgregación, para que acto seguido arda el mapa de España. Dos aniquilaciones, la de Israel y la de España, no se sabe si deseadas, sentidas como premonición, o conjuradas por el aviso a los protagonistas.

Como se puede comprobar, un teatro que conmueve y agita la mente sin buscar la identificación. No estamos ante un estilo dramático que trate de convencernos, sino únicamente de que reaccionemos. Aunque sea en contra de sus premisas: la indolencia de la cultura de las pantallas es lo único que queda rigurosamente proscrito.

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