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AL PASO

En la plaza

martes 21 de octubre de 2014, 20:16h
En esta clara tarde de octubre sentado en una terraza de la Plaza Mayor, abstraído de la conversación de mis contertulios, casi en duermevela, me dejo llevar por mis recuerdos. Decía Max Aub que uno era de donde había hecho el bachillerato y por eso yo me suelo considerar donostiarra de Ollauri, como Iñaki Uriarte se dice donostiarra de Nueva York y Txiki Benegas donostiarra de Caracas, o sea de más cerca. Pero seguramente uno es también de donde ha estudiado la carrera. Eso explica algunos momentos de emoción, no exactamente de nostalgia, que siento cada vez que vuelvo a esta ciudad.

Valladolid es su Plaza Mayor, hoy tan amplia y bella en el tiempo de la sobremesa. Está tranquila, pero en mi memoria aparece llena de bullicio: debe ser invierno y por la mañana : los transeúntes acuden diligentes a sus asuntos, van al trabajo, quieren realizar alguna compra en las tiendas de los soportales, se disponen a cumplimentar una diligencia. Estamos en los comienzos de los años sesenta. Me llama la atención, comparando con lo que veo en San Sebastián, el número de personas con secuelas físicas de la guerra, que se dedican a la venta ambulante o que ofrecen alguna cosa a gritos a quienes pasamos: tabaco, lotería, algún detalle; hay también limpiabotas.

Detrás de la Plaza Mayor está el hotel al que veníamos a examinarnos por libre los que no cursábamos regularmente los estudios en la Facultad: envidiábamos a los alumnos oficiales que habían ido liberando materia, mientras que nosotros debíamos examinarnos de las asignaturas con todo su programa. Pasábamos dos o tres semanas encerrados en el hotel, preparándonos a tope para unas pruebas orales ante un tribunal infalible : te sentías indefenso, a la intemperie, al paso, como tantas veces te ocurrirá después en la vida, sin un valedor que disculpase tus fallos o subrayara tus aciertos. Eran los finales de mayo y en la ciudad solía hacer un calor ya fuerte; pero eran también días de camaradería inolvidable que mostraban como el horizonte de nuestras posibilidades, con insistencia y esfuerzo, podía dilatarse casi sin límite.

Cuando, en tercer curso de la licenciatura, pasé a estudiar todo el año en la Facultad, supe que en el hotel, de nombre inevitablemente pomposo, se hospedaban algunos catedráticos los días que pasaban en Valladolid. Estos profesores tenían entonces una doble vida: la que transcurría ante nuestros ojos, perfectamente controlable, que seguía unas pautas definidas; y la de Madrid, que era objeto de una especulación inagotable. De alguno podía afirmarse su pertenencia a un bufete de campanillas en la corte; mientras que a otro catedrático se le atribuía una dedicación a la versión al castellano de novelas alemanas de subido tono; y a un tercero se le consideraba víctima del ostracismo a quien sus compromisos en la República, al haber servido como letrado en el Tribunal de Garantías, el régimen no perdonaba. Todos sabíamos que Valladolid, al fin, era una estación de paso y que la estadía de nuestros catedráticos en la Facultad, era, por tanto, provisional. El guadalajarismo era un flanco débil de aquella universidad, que supongo hasta cierto punto afectaba también a otros sectores de la función pública , del que ya no adolece la universidad actual que se nutre afortunadamente, como ocurre en otras ramas del servicio publico, ahora descentralizadas, de su propio personal. Tampoco los alumnos de entonces nos parecíamos a los de ahora: desde un punto de vista intelectual el panorama de los años sesenta no podía ser más angosto: España estaba sumida en el subdesarrollo espiritual y dependíamos para nuestra formación en exceso, según lo veo ahora, de un casticismo patriótico regeneracionista, reforzado por el marxismo vulgar. Pienso por el contrario en los universitarios de hoy, que si se abstraen, como deben intentarlo, de una coyuntura profesional muy mala, tienen, en cambio, a su alcance un horizonte de formación y experiencia europea que no pueden desperdiciar.

La Plaza Mayor era, decía, el centro de la ciudad. De uno de sus laterales salía el autobús a cuya parada acompañabas ocasionalmente después de clase a alguna amiga especial al regreso a su casa en las afueras. En sus soportales tenía su sede cierto sello editorial, en cuyo escaparate del establecimiento, desesperado, veías novedades que no podías comprar. Había también cafeterías que albergaban las tertulias de profesores a los que admirabas; a alguna de ellas, formando un colegio singular de juristas, lingüistas e ilustres médicos, asistía el maestro preferido, el magistrado Sainz de Robles, cuyo ejemplo, excluyendo su fe en el anís Machaquito, seguirías hasta el fin del mundo, se tratase de la literatura, pues don Federico era el hijo del editor de Pérez Galdós y te inculcó el respeto por el genial escritor canario, el flamenco o la tauromaquia.

Recuerdas la primera vez, saliendo de la Plaza Mayor, enfilando la calle perpendicular, donde estaba la librería de viejo Relieve, y superando la mole escurialense de la catedral, cuando viste conmovido la Iglesia de la Antigua, grácil y delicada joya gótica, con la que, al lado de la casa donde vivió Cervantes en unos difíciles años de su biografía, convertida hoy en museo imprescindible, asocias inevitablemente esta ciudad. Valladolid recobrada, en esta plácida tarde, con luz y alma, de Octubre.

Juan José Solozábal

Catedrático

Juan José Solozabal es catedrático de Derecho Constitucional en la Universidad Autónoma de Madrid.

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