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LA BÚSQUEDA

"Paco de Lucía aprendió a vivir con la fama, pero no estaba en su naturaleza"

viernes 24 de octubre de 2014, 18:26h
El hijo del hito del flamenco dirige el documental Paco de Lucía. La búsqueda. Por Laura Crespo
Lo de Paco de Lucía bien podría entenderse como un don. Antes de haber tocado la cuerda de una guitarra y levantando unos pocos palmos del suelo, corregía a su padre, el guitarrista Antonio Sánchez Pecino, cuando a su aparentemente innato juicio se iba de ritmo. Quizás fuera precisamente la tenacidad de su progenitor, que se empeñó en meter a Paco en la maleta de su hermano Pepe cuando el bailarín José Greco escogió al mayor de la saga de los Lucía como compañero para hacer las Américas. O el propio caldo de cultivo andaluz. O la casualidad que lo llevó un buen día a sustituir a los guitarras solistas del espectáculo del bailaor italiano. Ese mismo hecho, mirándolo desde otra perspectiva, también podría apelar al destino. El porqué del éxito de Paco de Lucía, del hombre hecho hito, admite tantas respuestas como interpretaciones tiene el arte. Probablemente, el virtuosismo de Paco de Lucía, la universalidad de su música y la genialidad de su figura tengan, eso sí, mucho que ver con sus cualidades como persona/músico: honestidad, cero prejuicios, curiosidad infinita y una porosidad que le hacía impregnarse de todo cuanto experimentaba.

Más o menos, esta es la lectura del documental Paco de Lucía. La búsqueda, el proyecto dirigido por su hijo, Curro Sánchez Varela, que quedó entre interrogantes tras la repentina muerte del guitarrista algericeño el pasado mes de febrero y que este viernes llega a las salas después de su estreno en el Festival de Cine de San Sebastián.

La búsqueda, una cinta que alterna la entrevista del propio Sánchez a su padre con imágenes del pasado y totales de artistas del amplio abanico con el que De Lucía nutrió su trayectoria -desde Alejandro Sanz hasta Carlos Santana, pasando por Chick Corea, John Mclaughlin o Estrella Morente-, surge en 2011.

“En ese año terminamos un mini documental que nos encargó mi padre para acompañar a su penúltimo disco y vimos que había quedado un material precioso que se iba directo a un disco duro y que no iba a volver a ver la luz. A partir de ahí empecé a tontear con la idea de un documental largometraje, aunque sólo la idea de planearme un proyecto así de ambicioso daba un poco de vértigo acabando de salir de la escuela de cine”, explica Sánchez Varela en una entrevista con este diario.

Para espantar los miedos, lo primero era, según el cineasta, ver qué se podía contar que no hubieran contado los dos documentales previos sobre la figura del guitarrista.

“Encontré tres claves para aspirar a un documental fresco y diferente. Por un lado, la universalidad de Paco. En otros documentales se ha sacado a músicos del mundo flamenco, a grandes guitarristas y grandes cantaores. Eso está genial y es imprescindible, pero ya se ha contado. Yo quería irme un poco más al lado universal, a tener a Bryan Adams, a Chick Corea, a Rubén Blades, a todo tipo de artistas extranjeros hablando sobre Paco. Él no se ha quedado en el mundo flamenco, ha saltado tantas fronteras que su interacción con artistas de otros géneros es absoluta. Es algo que a mí, como espectador, me habría gustado ver en una sala de cine”.

A veces sobre un “Paco” y otras sobre un “mi padre”, el discurso de Sánchez Varela se centra ahora en relatar uno de los aspectos más genuinos y probablemente interesantes para el espectador del documental.

“En segundo lugar, podía mostrar ese otro lado intimista de Paco, totalmente distinto al del artista, un lado más introspectivo, el de él encerrado componiendo su obra, enfrentándose a los fantasmas de la creación, de la neurosis, de la inseguridad, totalmente desconectado del mundo exterior, casi siendo un ermitaño. Esa dicotomía me parecía fascinante. Sobre todo porque es algo que él siempre ha contado en las entrevistas pero que nunca hemos visto en imágenes. Por último, sé que podía aprovechar la suerte de tener esa relación directa que tenía con mi padre. Él me podía contar su vida de una manera completamente distinta a como lo había hecho en cualquier otra entrevista”.

Con las tres fortalezas bien definidas, el trabajo más duro fue convencer al entrevistado en cuestión.

“Sí, sí que fue difícil. De primeras, él no veía qué nuevo podíamos aportar y me imagino que también estaría preocupado porque yo acababa de salir de estudiar. Le fui seduciendo, haciéndole ver que realmente yo tenía las cosas claras. Costó un tiempo pero creo que después él terminó estando incluso más entusiasmado que yo, con mucha energía y mucha alegría”.



Aunque a primera vista pudiera parecer que un documental sobre alguien dirigido por su propio hijo es pasto del sentimentalismo fácil y la anécdota de andar por casa, Paco de Lucía. La búsqueda es todo lo contrario a eso. Podría definirse como una visión íntima y personal de un profesional.

“Es una decisión totalmente deliberada. Este documental se podría haber enfocado, sobre todo siendo hijo de Paco de Lucía, de mil maneras diferentes. Yo tomé como punto de partida algo muy analítico, muy despegado y, me atrevería a decir, muy frío. Analizo el personaje artístico y cuento las claves que le van transformando y le hacen evolucionar como músico. No quería que fuera algo muy familiar porque me parecía fácil caer en la autocomplacencia. Al contrario, quería hacerlo con el rigor que tiene cualquier profesional a la hora de abordar una historia. Sí que es cierto que a medida que se iba desarrollando el proyecto, sobre todo en un espacio-tiempo tan largo como ha sido este, fuimos entrando en un terreno mucho más íntimo y personal, en el que ya nuestra relación se estrechó mucho más. Para cuando ya había una calidez y un sentimiento mutuo de cariño por la historia, decidimos hacerle la entrevista que vertebra el documental, en verano del año pasado. Para esa entrevista con Paco sí necesitábamos ese nivel de confianza”.

Sí se recogen en el documental anécdotas cargadas de ternura, como la primera vez que Paco de Lucía actuó en un escenario estadounidense, siendo adolescente, y alguien tuvo que aclararle que los silbidos del público al otro lado del charco eran una buena señal y no un signo de reprobación como en España. Y datos curiosos y no tan conocidos fuera de los círculos especializados, como que fue él quien introdujo el cajón, peruano en origen, como instrumento -ya hoy consolidado- en la música flamenca. Cada rasgo, cada episodio, está acompañado en pantalla con imágenes, algunas de ellas inéditas en España.

“Para mí ha sido lo más divertido. Ese proceso de investigación, de hacer de sabueso y tirar por todos los lados hasta que encontrarse la última foto de Paco ha sido muy estimulante. Lo que es duro es desdeñar, ser selectivo y ver qué funciona y qué no funciona, hacer ese ejercicio de objetividad. Desmembrar a tu criatura nunca es fácil”.

Sí es ampliamente conocida la etapa en la que Paco de Lucía, tras haberse hecho un nombre más o menos conocido por los eruditos del flamenco, apostó por la experimentación, por la fusión con otros géneros y el aprendizaje de otros estilos. Un rasgo que terminaría por definir su música y encumbrarle como artista, no sin antes recibir varapalos importantes de los flamencos más puristas, referentes del propio De Lucía en muchos casos.

“Sí fue muy duro para él porque la gente a la que más admiraba cuando estaba empezando, de la que esperas que te diga que vas por el buen camino, le dio mucha caña. Pero no por eso vas a dejar de hacer lo que te gusta. Si lo tienes claro, sigue para delante, y él lo tenía claro. Le daba igual que a las personas que más admiraba les pareciese una herejía, él siguió haciendo lo que creía que era positivo para el flamenco y para su música”.

¿Y cuando llegó la fama?

Aprendió a vivir con ella, pero no estaba en su naturaleza. Él dice que nació para ser espectador, para estar en una butaca viendo al artista que admiraba. Quería estar tranquilo, relajado, a su aire, con la gente dándole un tratamiento normal, no de estrella ni de figura divina de la música. Le agobiaba mucho, le producía mucha ansiedad porque no quería ser una estrella, jamás lo quiso ser”.

Cuando Paco de Lucía muere de un paro cardíaco el martes 25 de febrero de 2014 en la ciudad mexicana de Playa del Carmen, el documental tiene la primera hora y cuarto montada, los últimos quince minutos por montar y un final esbozado que hubo que desdeñar.

“Fue un shock tan indescriptible que yo no sabía que iba a ser de mí. Con respecto al documental, no sabía si lo iba a retomar algún día o finalmente se iba a quedar en el disco duro. A los once o días del fallecimiento de mi padre, me encerré a editar de nuevo el proyecto. Lo hice por un impulso interno, ni siquiera empecé a articularlo con el pensamiento de terminarlo. Simplemente me lo pedía el cuerpo, y creo que fue porque aquello era una forma de estar encerrado con mi padre en vida, lleno de energía y de vitalidad. Era un privilegio tener ocho horas de entrevistas de tu padre entre las que cada día puedes seleccionar lo que quieras, que te hable de lo que tú escojas: del amor, de la muerte, de la música… Estuve imbuido en mi mundo un tiempo, hasta que el Festival de San Sebastián nos comunicó que quería el proyecto. Fue un golpe de realidad: aquello era un documental que había que acabar y dejar bonito para que a la gente le guste mucho, y había que hacerlo ya. Los siguientes dos meses y medio fueron la parte más intensa, un verano de locura en el que no sabíamos si íbamos a ser capaces de acabarlo, si íbamos a darle un buen final o si todo iba a ser un desastre. Al final se ha conseguido acabar y las primeras reacciones están siendo positivas. Hay que estar contentos.”



Paco de Lucía vive en este documental como una persona tranquila pero radicalmente curiosa, siempre con una pregunta preparada, para la que relajarse en su madurez no era una opción. Una duda permanente sobre la música y sobre sí mismo, sobre la posibilidad de mejorar solo con estar atento a lo que ocurre alrededor. Probar, investigar, experimentar. ¿Era consciente de la huella que estaba dejando en la historia del flamenco y, en general, de la música y la cultura españolas?

“De algún modo sí. Pero lo que le preocupaba era qué huella iba a dejar exactamente, qué se diría de él cuando ya no estuviera, qué iba a quedar de todo cuanto había hecho y quién se haría cargo de ello. Realmente esto le agobiaba, tenía la sensación de que iba a haber una especie de vacío o de que aquello por lo que había luchado tanto se iba a abandonar”.

De momento, una muestra de que ese legado tiene personas de sobra dispuestas a conservarlo y transmitirlo, llega a las salas de cine este viernes.
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