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POR LIBRE

El as en la manga de Rajoy para parar la consulta

domingo 26 de octubre de 2014, 15:56h

Hace pocos días, Artur Mas aseguró que el 9-N “habrá consulta con la misma pregunta, con urnas y con papeletas”. Ese mismo día, la contundente respuesta del Gobierno, por boca de su vicepresidenta, consistió en declarar que “no había que precipitarse, que había que analizar los hechos y esperar a ver qué pasa”. Pues lo que pasa parece ser muy simple: habrá consulta con la misma pregunta, con urnas y con papeletas.

Todo el mundo sabe, Artur Mas y Junqueras incluidos, que la dichosa consulta es ilegal, al estar suspendida por el TC, no es vinculante y Cataluña no puede declararse independiente. Que ha sido y es una enorme chapuza. Pero el desafío está a punto de consumarse. La cacareada maquinaria estatal de Rajoy se encuentra atascada ante los malabarismos legales e ilegales de Artur Mas. El presidente de la Generalidad se ha choteado de Rajoy. Le ha engañado reiteradamente al hacerle creer que cumpliría la ley, que podían llegar a algún tipo de pacto. Pero solo quería ganar tiempo. Otra treta más.

España está a punto de hacer el ridículo ante todo el mundo. Una Comunidad autónoma se salta a la torera un puñado de leyes, incumple la Constitución (ya lo ha hecho) y el Gobierno no ha sido capaz de impedirlo, pese a que tenía toda la artillería legal en su mano. Eso sí, ha actuado con prudencia y moderación no fuera a provocar demasiado a los secesionistas catalanes. No fuera a incitar aún más el victimismo. ¿Más?

Es verdad que la participación en la consulta “alternativa” no superará el 30 por ciento, que no hay ni siquiera censo, que los propios catalanes saben que todo es irregular y falso… Pero también es verdad, que al final, más del 90 por ciento de los Ayuntamientos instalarán seis mil colegios electorales para que todos los que lo deseen puedan responder a la misma pregunta que el TC declaró ilegal y que Rajoy prometió solemnemente que impediría. Los secesionistas van ganando la partida. Simbólicamente. Pero supondrá la derrota del Estado. Lo celebrarán por todo lo alto y Cataluña se poblará de las inconstitucionales banderas esteladas. Una afrenta histórica a la soberanía española. El ridículo internacional de un Gobierno y de una nación.

Podría ocurrir que Rajoy, en lugar de esperar a ver qué pasa, inhabilite a Artur Mas como presidente de la Generalidad o suspenda la Autonomía catalana en materia de seguridad y, de paso, ordene el 9-N a la Policía y a la Guardia Civil que retiren todas las urnas instaladas ilegalmente por los cuatro rincones de Cataluña, construyan con ellas un gigantesco “castellet” en el césped del Camp Nou y le prendan fuego; una gran fogata que iluminaría Barcelona. Rajoy podría llevarse la ovación de su vida. Este es el único as en la manga que le queda para evitar la consulta. Ya no hay más cartas. Ni queda tiempo para seguir haciendo piruetas. O decide emplear la ley hasta el final, que nadie se lo reprocharía, salvo los secesionistas y cuatro exaltados, o espera a ver qué pasa. Como hasta ahora: con paciencia, mesura y moderación. Sin precipitarse. No vaya a ser que alguien le tilde de fascista por hacer cumplir la ley y defender la Constitución.

Pero, por lo que se ve, parece más previsible que el 9-N los catalanes que quieran se lancen a la calle para votar esa memez de consulta y, más tarde, cuando Artur Mas declare la independencia de Cataluña desde el balcón del Palacio de San Jaime, el Gobierno responda con la firmeza que le caracteriza, con un puñetazo en la mesa marca de la casa y la vicepresidenta, que no Rajoy, declare solemnemente que hay que esperar a ver qué pasa. Que hay que ser educados y prudentes.

Pues sí; todos queremos saber qué pasa. Y si pasa, se le saluda.

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