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"El largo viaje del día hacia la noche", de Eugene O'Neill: un exorcismo inútil

domingo 26 de octubre de 2014, 18:21h
'El largo viaje del día hacia la noche', de Eugene O'Neill: un exorcismo inútil
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El sobrecogedor drama del dramaturgo norteamericano, que obtuvo cuatro Premios Pulitzer y el Nobel de Literatura, nos llega en una impecable puesta en escena, protagonizada por dos maestros de la interpretación, Mario Gas y Vicky Peña.





El largo viaje del día hacia la noche,
de Eugene O’Neill

Versión: Borja Ortiz de Gondra

Director de escena: Juan José Afonso

Intérpretes: Mario Gas, Vicky Peña, Juan Díaz, Alberto Iglesias y Mamen Camacho

Lugar de representación: Teatro Marquina (Madrid)


Punto de partida del gran teatro norteamericano -sin él es difícil concebir figuras como Tennessee Williams o Arthur Miller-, Eugene O’Neill tuvo una vida tan torturada como laureada fue su obra. El suplicio de su existencia no fue mitigado por sus cuatro Premios Pulitzer ni por el Nobel obtenido en 1936. Galardones que, en vida de O’Neill, tampoco recayeron sobre sus mejores piezas, como Deseo bajo los olmos, A Electra le sienta bien el luto, o sus dos excepcionales obras maestras: Una luna para el bastardo y Largo viaje hacia la noche, la primera porque fue un rotundo fracaso en su estreno, la segunda porque el propio O’Neill prohibió su representación y solo su viuda hizo posible su rescate en el Teatro Real de Estocolmo, con el rey Gustavo Adolfo y la reina Luisa como testigos privilegiados. Aquella función recuperó un drama extraordinario de un previsible extravío y olvido.

A veces tenemos la impresión -quizá un espejismo para restaurar nuestra buena conciencia- de que el tiempo acaba por dictar justicia ante las afrentas del pasado. Hace poco más de un año pudimos disfrutar de una estremecedora versión de Una luna para el bastardo, a cargo de John Strasberg, y con una interpretación antológica de Eusebio Poncela. Y Largo viaje hacia la noche nos ha llegado recurrentemente en grandes puestas en escena como la memorable de William Layton, la posterior de Álex Rigola y la actual versión de Borja Ortiz de Gondra con el título de El largo viaje del día hacia la noche, dirigida por Juan José Afonso.

En el original, Eugene O’Neill dejó consignado que su drama estaba “escrito con sangre y lágrimas”. Lo que dicho en otras palabras puede traducirse en que fue redactado con el punzante dolor vivido en su tormentosa familia y con una piedad final que le liberaba del odio y le permitía despedirse de unos fantasmas que no dejaron de atormentarle a lo largo de su existencia. O’Neill tiene la inteligencia de construir este desgarro sin recurrir a aparatosos lances. Es solo la vida afectiva familiar, con sus entresijos prácticamente ocultos para una mirada ajena, la que causa un suplicio emocional insoportable que les empuja a la autodestrucción. Un padre fascinado por Shakespeare, actor brillante que fracasa en la escena por su codicia y su instinto avaro. Una madre enamorada de las fantasías románticas que despierta en ella ese actor juvenil, pero incapaz de sobrellevar la prosaica y asfixiante existencia de un ama de casa. Un hijo angustiado por emular la brillantez del padre en el teatro, pero sin el talento y quizá también sin la vocación para realizar esa tarea. Un hijo menor rechazado, no deseado, que está bajo la amenaza de una enfermedad mortal, encuentra en la lectura de la poesía más pesimista la única evasión de esa pesadilla, constituyen el cóctel venenoso en el que se fragua el infortunio de todos.

Juan José Afonso ha ideado una puesta en escena que simula en su comienzo un realismo cinematográfico para deslizarse después hacia un expresionismo fantasmal. Un amanecer bienhumorado, la luz marina tras las cortinas, la luminosa lámpara central, los elegantes vestidos color pastel configuran una apariencia refinada, gentil y optimista al comienzo de la jornada. Solo un apunte inquietante en este inicio distinguido de la acción: el suelo no es recto, sino una plataforma desnivelada, que ya anuncia la inexorable pendiente que arrastrará a cada personaje. Desnivel, rampa de bajada, metafórica inclinación que también será la inclinación interior de cada uno de ellos hacia el lado oscuro de su alma. Cuando esta va abriéndose camino, la bruma se apodera del atardecer, las sombras de las aves tras las cortinas adquieren perfiles de una mitología siniestra, hasta que la penumbra de la noche los convierta en cenicientos espectros.

Dos maestros de la escena, Mario Gas y Vicky Peña, marcan la pauta de una desdicha que nunca sobreactúa, que en ningún momento se decanta por el aspaviento sin dejar de transmitirnos su sufrimiento, del mismo modo que hace Alberto Iglesias en el papel de hijo a la vez rebelde y derrotado. Por su parte, el joven actor Juan Díaz lleva a cabo un alarde de técnica interpretativa para mostrarnos el dolor introvertido del hijo menor en apariencia condenado a la muerte prematura, pero al que la lectura, y después la escritura, le servirán de catarsis para sobrevivir a todos. Soberbia recreación de Juan Díaz de aquel remoto Eugene O’Neill aún atrapado en su endiablado laberinto familiar.


De origen irlandés y, por lo tanto, de formación católica, O´Neill da un testimonio sobrecogedor de otra forma de entender el destino trágico, alternativa a la tradición clásica. Con arreglo a las premisas católicas, los personajes creen en el libre albedrio y en la fuerza de la voluntad para regir su propia existencia. No planea sobre ellos ninguna maldición de los dioses como en Esquilo o un destino urdido por el Cosmos como en Séneca, tampoco ninguna ausencia de la gracia divina como en Racine. Si existe alguna predestinación es estar condenados a su propio carácter, al menos a los aspectos nocturnos y destructivos de su personalidad. Y lo trágico estriba en que toda la fuerza de su voluntad es incapaz de obrar sobre sí mismos y rectificar ese carácter. Espantados de los efectos demoledores que ejercen sobre sí y sobre los que aman, intentan huir de su propio yo a través del alcohol o de la morfina, cualquier fórmula de evasión que finalmente hace irreversible su autodestrucción.

Solo se salva el joven O’Neill, precisamente porque su evasión es literaria, lectora, creativa. Pero resulta estremecedor que este lúcido conocimiento de la dinámica destructiva fuese inútil para conjurarla en las familias fundadas por él. Quizá, como afirmase Thomas Mann en Lotte en Weimar, porque la gran personalidad es demoledora para su entorno. Su hija Oona huyó de él a los 17 años para tener ocho hijos con un casi sexagenario Charles Chaplin. Su hijo Eugene O’Neill Jr., alcohólico, se quitó pronto la vida y otro hijo, Shane O’Neill, heroinómano, desembocó igualmente en el suicidio. La potente sabiduría del dramaturgo norteamericano no sirvió de exorcismo, algo que constituye el núcleo de su visión trágica. Ninguno pudo escapar de sí mismo. Quizá lo que hace ser a esta historia particular una experiencia universal.

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