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AL PASO

Un modelo para tiempos recios

martes 28 de octubre de 2014, 20:19h
Alfredo Tamayo Ayestarán, el jesuita que acaba de fallecer en Loyola a los noventa años, aunque alguna gente no debiera morir nunca, ni siquiera de vieja, pertenece a ese círculo de intelectuales vascos que ocasionalmente aparecen en este Cuaderno: en realidad el padre Tamayo forma parte de la periferia o el halo, aunque estrechamente unido al núcleo del grupo, que constituían José de Arteche, José Miguel de Azaola, Carlos Santamaría, Fausto Arocena, etc... En todos ellos, además del vasquismo, es fundamental la referencia cristiana, singularizada obviamente en los sacerdotes del mismo, hablemos de los padres Tellechea, Beristain, Aguirre y Tamayo.

Recuerdo al padre Tamayo del colegio: daba la clase a última hora de la mañana y creo que acudía vestido de seglar, con un jersey de punto abierto negro con cremallera. No era infrecuente que los alumnos tuviésemos ocasión de conocer como docentes a miembros de la Compañía que tenían una preparación que iba más allá de la que correspondía exigir a profesores de bachillerato: las clases de religión que impartía aquel joven jesuita, algo pelirrojo, de frente despejada y firme voz , denotaban unos conocimientos de teología que, aunque estuviésemos ayunos de la necesaria preparación filosófica para aprovecharlos cabalmente, nos seducían en gran manera. El cristianismo del padre Tamayo Ayestarán no solo atendía a su relación con el pensamiento europeo del momento, sino que miraba valientemente a la realidad social y política española del tiempo del penúltimo franquismo. De otro lado, las homilías del padre Tamayo de los domingos en la parroquia de San Ignacio tenían un seguimiento bien numeroso y atento, en diversos sectores de la sociedad donostiarra.

Para mí el Padre Tamayo es una referencia moral, un ejemplo de vida que admiro profundamente. En primer lugar por su formación intelectual: los teólogos que estudia Tamayo, así Guardini o Rahner, están en relación con la filosofía del momento alemán, más bien heideggeriana, que conoce profundamente. La tesis doctoral de Tamayo está dedicada al principio de esperanza de Bloch, que permite considerar el marxismo desde un enfoque cristiano. Pero también resulta atractiva la propia actitud de Tamayo como eterno estudiante, abierto a la problemática cambiante y renovada del hombre contemporáneo, centrada en el entendimiento de las exigencias de la dignidad de la persona. En efecto, Alfredo Tamayo siguió participando durante toda su vida muy activamente en foros y encuentros, publicando sus colaboraciones en la prensa, así en el Diario Vasco o en El Ciervo.... Hace unos pocos años coincidí con él, y con otro guipuzcoano, también teólogo de fuste, Joseba Arregui, en un coloquio en EUTG de San Sebastián: mantenía el vigor ignaciano y la capacidad de conmover de sus mejores tiempos.

Me resulta asimismo admirable del padre Tamayo su testimonio de pobreza, que he visto en tantos miembros de la orden, sin ir más lejos en los padres Ellacuría o Sobrino en nuestra América. Hace poco, al llegar el Papa Francisco al pontificado, un reportaje de televisión recorrió los centros donde había permanecido en España. Cuando la cámara entró en la casa de la Compañía en Alcalá reconocí, a pesar de los años que habían pasado desde que dejé el colegio durante los que nunca me encontré con él, al padre Galarreta, otro ejemplo de cura inquieto, ya mayor, cuidado por otros compañeros más jóvenes: recién ha fallecido y también se merecería un recuadro. Tamayo, leo ahora, ha acabado sus días en Loyola, en el corazón de Guipúzcoa, atendido por su gente. Pienso al considerar el caso de estos tipos en Camus: “¿Qué mejor que la pobreza puede desear un hombre? No digo la miseria ni tampoco el trabajo sin esperanza del proletariado moderno. Pero no se me ocurre qué más podemos desear que la pobreza unida a un ocio activo”(Carnets II, p.88).

Y finalmente me admira en el caso del padre Tamayo su lealtad a la tierra, a su Guipúzcoa querida, a la formación de cuya juventud dedicó toda su vida y a cuyos conciudadanos dirigió su palabra profética, valiente e incomprendidamente muchas veces, pero resistiendo al nacionalismo, cuyos excesos e insensibilidad denunció sin descanso. Estos curas guipuzcoanos al fin comparten la intransigencia de la raza y no se callan ante nada.

Tamayo siempre supo de qué parte estaba, como lo sabían muy bien las víctimas del terrorismo, que encontraron en él comprensión y ayuda espiritual, más valiosas cuanto se les escatimaba desde la jerarquía de la Iglesia. Apenas hace un año, conmemorando el aniversario del asesinato del periodista López de la Calle, en un artículo titulado “Un paraguas y una sábana blanca”, aludiendo al lienzo que cubría el cadáver del amigo en el suelo y al paraguas que lo acompañaba, Tamayo reiteraba su compromiso con las víctimas, cuyo derecho a no olvidar el holocausto defendía. Asimismo el padre Tamayo señalaba la obligación por nuestra parte, tanto de mantener el recuerdo de aquellos a quienes un poder inicuo privó del derecho más fundamental, el derecho a la vida, decía, como de “desenmascarar las trampas de ideología y lenguaje con que se quiere convertir un relato de intransigencia y violencia criminal en historia noble de liberación de un pueblo”.

Era el Tamayo valiente y claro de siempre, cuyo perfil el tiempo no ha desfigurado. Agur, querido maestro.

Juan José Solozábal

Catedrático

Juan José Solozabal es catedrático de Derecho Constitucional en la Universidad Autónoma de Madrid.

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