www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

TRIBUNA

Reformar los partidos para mejorar el sistema político

jueves 30 de octubre de 2014, 20:35h
Mariano Rajoy acudió al Senado para pedir “disculpas” a los sufridos y honrados habitantes de esta España que había visto, la última semana de octubre, la detención de unos (presuntos) corruptos, la mayor parte, pertenecientes al partido político que preside el también presidente del Gobierno. La gente no sabe si debe tomar pastillas para los nervios por la indiferencia olímpica de la que hace gala nuestro presidente, ante los crecientes casos de corrupción, o hacerse adictos a los calmantes, ante el nivel penoso del debate parlamentario sobre las responsabilidades de esos odiosos delitos.

Modestamente, pero también con plena convicción, opinaré que la corrupción no se podrá erradicar de nuestro sistema político con más leyes sobre la transparencia de los sueldos y patrimonios de los cargos representativos, y demás soluciones mágicas. Hace muchos siglos un filósofo moral sostuvo que los Estados con corrupción aprobaban muchas más leyes contra la corrupción que los Estados que no la padecían. En los primeros, se confiaba todo a leyes severas, administrativas o penales, y la corrupción permanecía, aunque siempre con formas nuevas. En los segundos, la honradez pública se aseguraba con funcionarios plenamente independientes y en países con una economía de mercado que estaba libre de discrecionales decisiones políticas.

También me atrevo a sostener que España tiene una corrupción que no es general, sino que está localizada en sectores muy intervenidos políticamente, como el urbanismo, o que dependen de decisiones políticas, como bancos, monopolios, empresas y sectores públicos.

El sector económico público es consustancial a un Estado que atiende y protege los derechos sociales de sus ciudadanos. Para evitar los abusos y la corrupción estaba, en ese tipo de Estados actuales, el control parlamentario del Gobierno, y esa función la desempeñaban los partidos políticos.

Aquí está, creo yo, la clave de nuestros problemas: la naturaleza que han acabado teniendo nuestros partidos políticos. Reformar los partidos políticos, para que sean instrumentos al servicio de los ciudadanos (como ordena el artículo 6 de la Constitución de 1978), para que ejerzan el control en las instituciones y para que dejen de ser centuriones del jefe supremo de turno, es tarea urgentísima. Y no sólo para frenar la corrupción, sino porque los partidos políticos, cuando instrumentalizan las instituciones, inducen tensiones artificiales por interés electoral propio, como ocurre hoy, de manera inaceptable, en Cataluña. Así, pues, su reforma tendrá consecuencias en el sistema político y en el modelo territorial del Estado. Y tal vez la única manera de salvar el sistema político actual.

El relato de esa mutación de los partidos políticos en España, que ha degenerado en una “partitocracia” maligna, en mi opinión, se puede resumir así.

Cuando en 1977 los partidos políticos son legalizados, su debilidad era tan grande, como grande era su prestigio, como instrumentos de la lucha por las libertades democráticas. Los partidos eran grupos humanos, con individualidades muy críticas y muy combativas. El PSOE, el mayor partido de la época (la UCD del Gobierno de Suárez era un conjunto de pequeños partidos), fue tan crítico, incluso con sus dirigentes, que hasta ocasionó la renuncia de su líder, Felipe González, en el Congreso Federal de 1979. Esa renuncia, además de convertir al PSOE en un partido capaz de gobernar, tuvo otras consecuencias: el partido se convirtió en un disciplinado instrumento de Felipe González, que instauró el superliderazgo como método de gobierno. El éxito de Felipe González y de su PSOE fue envidiado, y pronto imitado por los demás partidos políticos. Aunque los defectos de ese modelo de partido se evidenciaron con los abusos y corrupciones que aparecieron en el último gobierno de Felipe González, esos defectos se le imputaron, por intereses electorales, al propio González, y no al modelo de partido, pues José María Aznar había creado con el PP un modelo calcado al del PSOE, sólo que aún mucho más centralizado que el partido de Felipe González. El superliderazgo partidario del presidente Aznar le llevó a intentar integrar el Estado Autonómico, en lugar de con instituciones como el Senado, con su propio partido, lo que ocasionó, por reacción, las posteriores tensiones con los partidos nacionalistas. Y como no podría ser de otro modo, la corrupción anidó también en las estructuras partidarias y gubernamentales, pues el partido dejó de ser un instrumento de control de los afiliados a sus jefes, y su tarea única consistía en vencer a los enemigos electorales.

Lo terrible será que el partido que crecerá a costa de los dos partidos afectados por la corrupción agrandará hasta el paroxismo las causas estructurales de la corrupción, y de los demás males de nuestro sistema político. “Podemos” está basado en un superliderazgo personal, en el intervencionismo económico y en su preferencia por las “consultas participativas” en lugar de la democracia representativa. Ha extrañado la auto-definición de “Podemos” como una formación que no es de derecha o de izquierda. Su idea de la economía y sus propuestas revolucionarias de la participación popular tienen en el falangismo su antecedente primigenio.

Para salvar nuestro sistema liberal-democrático no hay otra solución que transformar nuestros partidos políticos hacia la forma anglosajona de los partidos, y con un sistema electoral que permita seleccionar a las personas más competentes, honradas e inteligentes.

Juan José Laborda

Consejero de Estado-Historiador.

JUAN JOSÉ LABORDA MARTIN es senador constituyente por Burgos y fue presidente del Senado.

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (0)    No(0)

+

0 comentarios