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CRÍTICA DE CINE

Blue Ruin, atípica ‘vendetta’ del cine independiente

viernes 31 de octubre de 2014, 01:49h
Blue Ruin, atípica ‘vendetta’ del cine independiente
Segunda película del cineasta Jeremy Saulnier. Por Laura Crespo
La venganza ha servido durante siglos como hilo argumental de historias sobre el honor, el deber, el amor o, sin más, la violencia. En el cine, la ‘vendetta’ ha alumbrado a menudo tramas de acción y sangre en las que el bueno persigue al malo a lo largo del metraje para solucionar ese asunto pendiente que no le deja dormir. Normalmente, empatizamos con el primero y deseamos poder ver su objetivo cumplido en la pantalla para nuestro deleite. Y luego está Blue Ruin. La segunda película del cineasta Jeremy Saulnier, que debutó con la comedia de terror Murder Party, reconstruye la imagen de la venganza que el cine ha creado en el imaginario popular para mostrarla como un absurdo en el que hay más silencios y miedo ahogado detrás de un sofá que persecuciones y tiroteos milimétricos. Un sinsentido animado, en el escenario del Estados Unidos profundo de la película, por la obscena facilidad de acceso a las armas de fuego.

Los primeros planos de Blue Ruin presentan a Dwight, un mendigo que sobrevive en las calles de Virginia y duerme en un coche destartalado. La noticia de que el asesino de sus padres sale en libertad tras cumplir su condena desata su plan de venganza, aunque de planificado tiene más bien poco. Y lo que parece que va a encaminar la cinta hacia esa búsqueda típica del subgénero, termina cuando en los primeros veinte minutos de película degüella con un cuchillo al recién liberado.

A partir de entonces, la trama se precipita en un constante ‘¿y ahora qué?’ que despista al espectador y lo acongoja. La racanería en diálogos, una realización que activa constantemente el fuera de plano, los juegos de luces, la fotografía (un excelente trabajo a cargo del propio director que regala composiciones de gran belleza en contraste con lo desagradable del argumento); todo está al servicio de crear una atmósfera opresiva, de desasosiego, intriga y ansiedad en la que se alargan los planos hasta el infinito para hiperbolizar la tensión. Las acciones del protagonista son una cadena de improvisaciones toscas y, en muchos casos, torpes que vienen a reforzar el mensaje global de la película (y probablemente se ajusten más a lo que pasaría en el mundo real), pero que terminan perjudicando al ritmo, irregular, y se traducen en algunas escenas excesivamente densas.

Entre medias, Saulnier secuencias las escenas de violencia, rudas, sin filtros, dosificándolas y filmándolas con gran destreza; y arroja repentinas dosis de comedia negra que aligeran (¡gracias!) la trama en ciertos puntos. La presencia exagerada de armas arranca de una manera casi divertida un debate necesario que en Estados Unidos surge periódicamente, coincidiendo con repetidas masacres, para volver a guardarse en un cajón, junto a los periódicos del día anterior.

Es el actor Macon Blair quien, en la piel de Dwight, soporta absolutamente el peso de la película. Su interpretación sirve, también, al fin último de la cinta: ridiculizar –con toda la carga dramática que se merece- la sed de venganza. Introvertido, con pocas habilidades sociales y un ligero desequilibrio, nada en el protagonista explica al espectador sus razones, sus sentimientos. Ni siquiera él está convencido de lo que hace, pero lo hace. Blair brinda un excelente trabajo dentro de la incomprensión que despierta en el espectador, con ese aire de cobarde, incluso cómico, en un escenario adverso.

Blue Ruin es una película analítica, que insta al espectador a cuestionarse la representación de la venganza, su naturaleza y su sentido. Consigue su objetivo, a costa de crear (y lo hace muy bien) tensión y generar expectativas de una gran resolución que no termina de llegar.
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