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ENSAYO

Mario Campaña: Linaje de malditos. De Sade a Leopoldo María Panero

Mario Campaña: Linaje de malditos. De Sade a Leopoldo María Panero

Paso de Barca. Barcelona, 2014. 389 páginas. 20 € Sugerente acercamiento a diez vidas de escritores marcadas por la locura y la rebeldía.



Por Inmaculada Lergo Martín

La palabra escrita convierte en literatura hasta la más cruda realidad. El marbete de “escritor maldito” está teñido de un halo de rebeldía, romanticismo y misterio que en nada se corresponde con la desoladora y terrible realidad de unas vidas estigmatizadas por el dolor, la locura, la violencia y en muchos casos la maldad. Linaje de malditos de Mario Campaña (Ecuador, 1959) muestra una selección de diez de estas vidas marcadas por el horror, pero cuya singularidad y rebeldía han atraído y provocarán siempre la curiosidad y el asombro. Igualmente porque, como dice el autor, “el mal metafísico y moral ofrece una energía y una fascinación de la que carece el bien”.

¿Es intrínseco el mal a la naturaleza humana? ¿Es inevitable? ¿Hay que combatirlo o aceptarlo? La educación, la civilización, la conciencia del mismo… ¿nos aleja de él o más bien lo forja y lo refina? Desde los postulados de Voltaire y Jean-Jacques Rousseau en ambos sentidos no hemos sido capaces de dilucidar dicha diatriba, y la observación de la vida y la lectura o escucha diaria de cualquier noticiero nos coloca irremediablemente ante ella. Ninguno de nosotros escapamos, tarde o temprano, a enfrentarnos al mal, pero para los escritores reunidos en este volumen ha sido el eje de su obra y de su vida. Campaña piensa que el hombre nunca ha sido considerado por el hombre “como un valor sagrado. Ni el hombre natural ni el de las civilizaciones”, de ahí que la violencia pueda interpretarse incluso como un bien, o fácilmente justificable. La elección de “el mal” que hacen los artistas malditos para su vida práctica, dice Campaña, proviene del profundo desacuerdo y rechazo de la vida que les rodea; del modelo racional e ilustrado de sociedad, de la “modernidad en su versión triunfante”, de la civilización “avanzada” y tecnológica.

Desde Sade, “primero en explorar el mal y concebir una verdadera antimoral”, que pensaba que la virtud era desdichada y que solo el vicio triunfaba, asistimos en estas páginas a las inestables vidas de Edgar Allan Poe, que vivió “una intensa pugna entre lo terrestre y mundano” -era alcohólico, jugador, irascible…- y “lo celeste puro”, y dejó escrito que el hombre siente “una invencible tendencia a hacer el mal por el mal mismo”; Charles Baudelaire, vagabundo perpetuo, drogadicto, sifilítico y alcohólico, de espíritu revolucionario enfrentado a todo, a conservadores, liberales y demócratas, que abogaba por un régimen que sometiera al pueblo y diera su lugar a la destrucción y la guerra, que no solo era útil sino también bella y moral, y sentía que “el artista estaba condenado a ser un paria y un hereje; Isidore Ducasse, conde de Lautréamont, que “segrega un eco de violencia estridente e inagotable”; el iracundo, avaro y ambicioso Arthur Rimbaud, errante continuo pero sin resistirse a volver una y otra vez al seno materno, atraído por la revolución anarquista y la Comuna, poseído por pasiones amorosas ardientes y violentas, especialmente la que vivió con Verlaine, maltratador de su esposa y sus obreros, traficante de esclavos y de armas…; Antonin Artaud, cuyos “arrebatos vesánicos hicieron de él una especie de mártir justiciero”, que sentía la necesidad de arrasar con todas las obras maestras de arte para poder empezar de nuevo. Signado desde siempre por el dolor, que paliaba con drogas, y por los trastornos mentales, sufrió de continuos internamientos e inhumanos tratamientos en clínicas psiquiátricas y sanatorios, además de experimentar todo tipo de vías liberadoras como el peyote; William Borroughs, diagnosticado de esquizofrenia, era un hombre violento y apegado a todo tipo drogas, y siempre llevaba encima un arma, llegando a matar a su mujer en una especie de juego, de un disparo. Traficó con armas y con drogas, y prefirió siempre los lugares donde el mal imperaba “a la aséptica e hipócrita vida ofrecida por su familia y su clase”, aunque conoció el éxito convertido en “una mezcla de pop star y profeta posmoderno”; Charles Bukowski, también convertido en mito, fue un escritor “maldito y maldiciente”. Había sufrido la brutal violencia de su padre contra su madre y contra él, pero terminó siendo igualmente violento en la calle y en casa, y entregado al alcohol y las drogas. Anticomunista, racista y muy crítico con los movimientos pacifistas, feministas o a favor de los homosexuales y los negros, sin embargo, siempre gozó de la amistad de escritores y editores. Obsesionado por la fama, su vida fue llevada al cine con guión propio, y también escribió su autobiografía. Convencido de que no podía hacer nada por cambiar el mundo, lo que le quedaba era escribir acerca del dolor que veía a su alrededor; el joven Jim Morrison, de vida breve y afamada tanto como escandalosa, solitaria y marcada por la dependencia por el alcohol y las drogas, sin las cuales no subía nunca al escenario; y Leopoldo María Panero, que, a pesar de haber crecido en un familia culta y acomodada y del apoyo continuo de su madre, desde niño mostró una profundidad de pensamiento y rebeldía que pronto lo llevaron a estar enfrentado a todo lo que lo rodeaba. Estuvo afiliado a partidos de izquierda para luchar contra la dictadura franquista, lo que lo llevó en varias ocasiones a la cárcel, pero paralelamente llevaba una vida disoluta cargada de drogas, alcohol y escándalos. Gran parte de su vida la pasó en psiquiátricos. Panero sintió “una profunda fascinación por la locura como discurso y forma de vida”, y afirmaba que el hombre no tenía “otra posibilidad que lo imposible, otra salida que el callejón sin salida de la locura, otro reposo que el Apocalipsis”, y eso fue su vida y la de todos los que aparecen en este libro. Sin embargo, pese a todo esto, esa locura nos atrae y tendemos a “construir imágenes mitificadas” quizá, como dice Campaña porque buscamos en ellas “un atajo para el pensamiento o la esperanza a que acogernos a diario”.

No es mera propaganda sino un comentario certero el de los editores cuando afirman que en este libro confluyen “el rigor en la investigación, la reflexión sobre las sociedades y las obras y la sensibilidad ante los conflictos de la existencia, para presentar relatos fascinantes de seres de carne y hueso, con sus esplendores y abismos”. Y es de agradecer la inclusión de una bibliografía general y por autores que, aunque calificada de “mínima” sería mejor llamar esencial y certera. Mario Campaña no es un maldito, pero creo que su experiencia de vida, su postura crítica y el verbo independiente que siempre ha mostrado son sin duda una buena lente para mostrar, lejos de la hagiografía irreflexiva o de la moralina, la “realidad” de estos que sin duda sí lo fueron.

Mario Campaña es además de ensayista (destacando su estudio Baudelaire. Juego sin triunfos, 2006 y Fco. de Quevedo, el hechizo del mundo, 2001), traductor (Para una tumba de Anatole, de Stephane Mallarmé, 2006) narrador (Antes bajaban en tren, 2013) y poeta, Premio Nacional de Poesía de Ecuador en 1988, (entre otros, Aires de Ellicott City, 2007 y En el próximo mundo, 2011), y dirige en Barcelona la revista Guaraguao.

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