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AL PASO

Repensar a Burke

martes 18 de noviembre de 2014, 20:27h
Creo que mi interés por Edmund Burke, que murió en 1797, -iba a escribir fascinación- procede de la lectura de las memorables páginas que García Pelayo dedica a la exposición de la idea histórica de Constitución en su imprescindible Manual de Derecho Constitucional, que hice cuando tenía veinte años. Este interés no ha ido si no creciendo con el paso de los años, a medida también que he reparado en la utilidad del pensamiento burkeano para entender algunos datos esenciales de nuestro sistema constitucional, por ejemplo la idea de nación que parece utilizarse en el artículo 1º de nuestra Constitución, que hace residir la soberanía, nacional dice este precepto, en el pueblo. En realidad hoy en día es muy difícil llevar a cabo la comprensión del modelo de democracia constitucional, sea cual sea el país que se considere, sin utilizar ideas que Burke si no inventó sí que contribuyó a su configuración adecuada, como es el caso de la noción de partido, representación o de constitución mixta.

Y sin embargo Burke no es un autor fácil o claro cuya significación se imponga sin plantear duda alguna, como se espera que ocurra con las lecciones profesadas por los clásicos, que se perciben siempre distinguidamente no importa el momento o la perspectiva que se utilice. Cierto que esta ambigüedad de partida puede explicar que no decaiga el interés constante por la lectura de este autor, que hace necesario un esfuerzo personal y hasta cierto punto insustituible para su comprensión. Así cada poco tiempo, cosa que no ocurre con otros autores como Locke, Hobbes o Stuart Mill, aparece un libro sobre Burke, como acaba de suceder con el de David Bromwich The Intellectual Life of Edmund Burke: From the Sublime and Beautiful to American Independence, que corona una saga cuyos precedentes son libros escritos en los últimos 18 meses por Jesse Norman, Yuval Levin y Drew Maciag, un diputado parlamentario y dos académicos.

La ambigüedad de Burke, que he propuesto como advertencia inicial de este recuadro, y cuya exactitud impugna el libro de Bromwich, que solo considera el primer tiempo de la obra de Burke, que será completada por la segunda parte prometida de la biografía, resulta de la utilización masiva que de su figura ha hecho el conservadurismo político. Sin embargo, a mi juicio, la equivocidad de nuestro autor no se deduce ni de su posición política personal ni quizás de su pensamiento, considerando correctamente sus posiciones teóricas fundamentales o sus propios puntos de partida metodológicos.

La adscripción de Burke al pensamiento conservador e incluso reaccionario suele darse muchas veces por descontada. Esta es la tesis de un importante libro de Corey Robin aparecido hace cosa de dos años, y cuyo título es bien expresivo: The Reactionary Mind: Conservatism from Edmund Burke to Sarah Palin. A juicio del autor son atribuibles a Burke las dos bases del pensamiento conservador, esto es, primero, la idea de que la sociedad es anterior al individuo y juega precisamente un papel constitutivo en su desarrollo y no al revés, dando cuenta de la sociedad como el resultado de un pacto posterior entre sus partes integrantes; y, en segundo lugar, la idea del propósito de la actividad política que consiste en mantener en la sociedad la sujeción tradicional de los que se encuentran abajo frente a quienes desde siempre ostentan una posición de superioridad y dominio. A los autores conservadores les caracterizaría también una actitud metódica que desconfiaría de los planteamientos teóricos abstractos, prefiriendo destacar la sabiduría de lo concreto, los aciertos de la realidad tal como existe, según una construcción intelectual que dataría precisamente de Burke.

El libro de Bromwich, que sigo a través de varias reseñas comenzando por la muy reciente de Seamus Perry en el Times Literary Supplement, más algunas otras, debería obligar a replantearse la significación de Burke en términos algo más complejos, poniendo el foco en primer lugar en la propia actitud del autor, pues Burke no es un escritor que se mueva fuera de su tiempo, como un intelectual que especula desde su confortable gabinete. Burke, al revés, intervino en la vida política : fue miembro del Parlamento británico y secretario del marqués de Rockingham. Su actitud frente a los sucesos de su tiempo denota coraje e independencia indudables: defiende la libertad de palabra del panfletista y excéntrico antimonárquico John Wilkes, a quien negó su respaldo incluso Samuel Johnson; apoya la independencia de las colonias americanas, antes de que la libertad decaiga a ambos lados del Atlántico o se utilicen las armas, pues era un cabal antibelicista; está a favor de los movimientos de protesta en Inglaterra de finales de los años 70 de su siglo; se opone a las restricciones políticas contra los católicos; denuncia el imperialismo colonial en la India; protesta, en fin, por la esclavitud de los negros.

Cierto que se opondrá frontalmente a las ideas revolucionarias francesas en su célebre libro, Reflexiones sobre la Revolución francesa, pero ello no le llevó a renegar de la misma idea de revolución, que aceptaba en los casos inglés y americano, dado el indudable sentido restaurador del viejo orden constitucional que presentaban. A lo que Burke se oponía era a la pretensión de cambio total de la Revolución Francesa, que le parecía inasumible pues ocasionaba unos efectos perniciosos de los que era muy difícil la recuperación; y porque daba ocasión, además, a toda clase de excesos donde la naturaleza humana presentaba su rostro más perverso,”el desorden original” en sus palabras, esto es, una disposición soterrada y permanente de la especie humana, a la violencia y la barbarie (Hay una excelente exposición de las ideas de Burke sobre la revolución en el libro extraordinario de Alan Ryan, On Politics: A History of Political Thought from Herodotus to the Present, que me acompaña siempre en mis viajes por los clásicos, como sabe el lector).

Vamos con las cuestiones metódicas o el tipo de planteamiento intelectual que adoptaba Burke, que puede presentarse como ejemplo, en el dualismo propuesto por Elie Kedourie, del pensamiento constitucional, frente al pensamiento ideológico, esto es, un pensamiento pegado a tierra y no abstracto, o “desde arriba”. Pero que Burke abominase de “la desnudez y soledad de la abstracción metafísica” y prefiriese como expediente político los remedios locales de costumbre, no puede hacer olvidar, como dice Bromwich, que a Burke le gustaban especialmente ciertas ideas abstractas incondicionalmente. Estas podían ser fundamentalmente, de un lado, la de la constitución mixta, como plan político de la colectividad; y, de otra parte, la idea de la conexión como clave de una sociedad bien organizada.

La constitución mixta propia del liberalismo whig consistía en una disposición de las instituciones y poderes del Estado que se compensaban y controlaban mutuamente y que actuando de consuno, checks and balances, como las piezas de un reloj, permitían a la nación moverse entre los excesos de la monarquía absoluta y los de la multitud sin freno. De otro lado, la idea de la conexión, sobre todo entre nuestros antecesores y nosotros, supone apostar por la estabilidad frente al vértigo de la innovación y el comienzo desde cero, aunque no se oponga al cambio que implica reaccionar contra la degeneración, o admita la modificación gradual. Pero es cierto que la generación presente no puede autodeterminarse, en términos jeffersonianos, como si la tierra le perteneciese absolutamente; o diríamos nosotros, corrigiendo al tiempo a Jefferson y algo a Burke, no puede disponer de su destino alegremente, reconociendo alguna ventaja a la preocupación de Burke por “poner nuestros pies en la senda de nuestros predecesores para no perdernos o caernos”.

Juan José Solozábal

Catedrático

Juan José Solozabal es catedrático de Derecho Constitucional en la Universidad Autónoma de Madrid.

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