www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

TRIBUNA

España y la democracia

miércoles 03 de diciembre de 2014, 20:00h

El gran Marcuse desde su exilio norteamericano, nos enseñó –además de otras muchas ideas– que los medios de comunicación de masas originaban en los ciudadanos una conciencia falsa y que las sociedades industriales avanzadas creaban encefalogramas planos en sus bien satisfechos miembros ("El hombre unidimensional", 1964).

En España, la alianza entre los medios de comunicación de masas y el poder político les ha producido a ambos importantes réditos económicos durante décadas: "yo te pongo anuncios pagados por los contribuyentes, te hago concesiones públicas, te concedo televisiones, te subvenciono con el dinero de los impuestos y tú hablas bien de mi, y aún mejor, dices lo que a mi me interesa y callas cuando quiero, con ello consigo votos, un puesto o seguir en el que estoy, un sueldo y quizá algo más..." en algunos casos, mucho más. Además la clase política dispone de sus medios de comunicación propios. Esto ha sido el común denominador con excepciones, que las ha habido, tanto de medios de comunicación como de políticos, incluso heroicas y pagadas con la vida como los concejales del PSOE y del PP asesinados y otros. Ni todos los políticos, ni todos los medios de comunicación se han corrompido.

A los dos vértices anteriores ha de añadirse un tercero: el formado por la banca y los políticos banqueros y el de los grupos de interés, éstos tan activos y que obtienen tantas ventajas legislativas y administrativas, demasiadas. Los tres lados del poder moderno: política, gran capital y medios de comunicación.

Resulta sospechosa la insistencia machacona con la que los políticos y los medios de comunicación de masas, y los minoritarios también, utilizan diariamente el término democracia, o se refieren a sí mismos –pedantemente– como 'nosotros los demócratas', o lo que más molesta escuchar: "desde que vivimos en democracia", y la pregunta obligada es... ¿en qué democracia?

En las tertulias radiofónicas o televisivas de políticos y periodistas, las expresiones anteriores son permanentes, hay que mostrar la patente: "soy demócrata"; en los discursos de la clase dirigente también, en los medios escritos de igual forma, resulta sospechosa tanta insistencia, ¿será que no se lo creen?, ¿será que tienen que remachar la idea para conseguir que los ciudadanos continúen en el encefalograma plano de Marcuse?, ¿será que lo tienen que decir para que lo creamos?, parece que lo han conseguido. Lo peor no es que ocurra lo anterior, es que la inmensa mayoría de los ciudadanos viven convencidos de que el sistema político de España es democrático; ¡sí! sobre todo en Hernani o en Vic, o en Marbella o en Baleares o en Andalucía o en otros lugares si de dinero se trata, o en la Comunidad Valenciana o en Madrid o Barcelona, partidos sospechosos, sindicatos sospechosos, políticos sospechosos; desgraciadamente sí, se trata de dinero y sólo de poder y dinero, el razonamiento dinerario lo ocupa todo. La Constitución no se cumple, la maraña jurídica creada por el régimen lo impide y lo que es peor la Constitución se cumple a medias y de forma desigual en las distintas partes de España, seguimos como en el XIX.

La democracia es el gobierno del pueblo y punto final. Pero "el pueblo" no acierta siempre y en ocasiones elige "democráticamente" gobiernos dictatoriales; los gobernantes han de garantizar los derechos fundamentales, especialmente la libertad, la seguridad y la propiedad, el resto de derechos también, en caso contrario no hay democracia, se haya llegado al poder, o no, a través de unas elecciones. Los derechos naturales fundamentales han de estar garantizados para todos e identificar democracia con elecciones es un error que sólo beneficia a los profesionales de la política.

En el largo camino desde la 'Oración fúnebre' hasta los tiempos modernos, la democracia no ha hecho más que degenerar, aunque la Atenas de Pericles tuviera pecados impensables hoy, que la participación se limitara a los "ciudadanos" entre los que no se hallaban ni las mujeres, ni los peregrinos, ni los esclavos, aún así la semilla estaba plantada. Lo peor de la democracia es que se le pongan apellidos: popular o de masas, asamblearia, orgánica, legal, participativa, directa, delegativa, deliberativa, verdadera, pura, de audiencia, radical, real, dirigida, de partidos, elitista-competitiva, pluralista, máxima... y entre todos el peor es aquel que la denomina como 'representativa', establecida en el origen de los Estados Unidos y originada por sus largas distancias, mal copiada en Europa –con alguna honrosa excepción como es la Confederación Helvética– y penosamente adaptada a España donde se cumple la idea weberiana de 'democracia de liderazgo plebiscitario' o en términos del mismo autor: dictadura electiva.

Polibio sigue teniendo razón dos mil cien años después, la degeneración de la democracia es la oclocracia y deriva en la demagogia, aunque en España coexisten monarquía, muy poca democracia y sobre todo aristocracia, mucha aristocracia, degenerada en oligarquía, nacional, regional y sobre todo local, el caciquismo tradicional español continúa y con más fuerza y estragos que nunca, la tentación taifita está triunfando y la partidocracia es su vehículo.

El propio termino democracia, tan frívolamente utilizado tantas veces, resulta complejo en origen: "gobierno del pueblo", pero... ¿quién es el pueblo?, ¿vamos a ponernos de acuerdo en delimitarlo?, creo que no, para unos es el pueblo vasco, para otros el catalán, para otros el español que es lo que indica la Constitución, para otros su pueblo, para otros ninguno, para otros sí mismos y para otros más la humanidad entera. Problema irresoluble porque el pensamiento es pertinaz y sólo una auténtica conciencia democrática sería capaz de rendir su voluntad ante una votación en la que resultara vencedora una opinión contraria a la propia. Los salvadores de "su" pueblo, iluminados, los totalitarios y los nazis o si se prefiere nacis –que los hay y a puñados– y además pueblerinos, los fanáticos, nunca admitirán un resultado democrático porque cuestionarán quién es el pueblo, cuestionarán quienes pueden votar y no admitirán jamás un escrutinio adverso. La identidad puede más, simplemente no son demócratas.

Establecida España como dictadura electiva y por no remontarse más, ahí están los casos de Zapatero y Rajoy, han de repasarse algunas de las características formales imprescindibles para que un Estado sea considerado democrático, aunque la esencia será la garantía de los derechos para todos y en todo el territorio; no sirve una referencia constitucional a "derechos inviolables", a la Declaración Universal y a los tratados y acuerdos internacionales que se ratifiquen, los derechos en una constitución han de estar relacionados, votados y aprobados.

La primera característica formal es que el voto activo ha de ser libre, igual, secreto, directo y universal y cuando se afirma lo anterior no quiere decir que en esta o aquella parte del país lo sean, han de serlo en todas, además han de cumplirse siempre los cinco requisitos. En España podría discutirse si siempre es libre y secreto, pienso que no lo es en todas las circunscripciones, pero desde luego ni es igual, ni es directo, ni es universal. Especialmente importante es que cada representante resulte elegido por un número muy parecido de votos, pero más importante aún es la elección directa –y nunca a través de compromisarios– del alcalde, del presidente del Gobierno y por supuesto, en una monarquía parlamentaria y democrática la ratificación popular del rey antes de acceder al trono y una vez en el mismo su sometimiento a una reválida cada diez años mediante referendum de todos. Los reyes actuales nunca se han atrevido a plantearse esta idea, pero les aportaría una legitimidad que ahora no tienen y les haría esforzarse en ser auténticos servidores públicos y no esclavos de sus caprichos y de su pasado.

Ha de votarse a personas no a partidos, el sistema de listas cerradas y bloqueadas es profundamente antidemocrático, el representante elegido ha de rendir cuentas ante sus electores no ante el partido, además el voto en el Parlamento ha de ser secreto.

El voto pasivo, de la misma manera, ha de ser igualitario y no lo es ni en recursos económicos facilitados por el Estado, ni en cesión de espacios públicos, por tanto no lo es en igualdad de oportunidades, al no ser igual no es democrático.

También ha de resolverse la representación de quienes se han abstenido, seguramente mediante el muy democrático voto obligatorio; de la misma manera que el Estado exige a todos el sostenimiento económico y muchas otras acciones, también ha de hacerlo en la participación política como elemento fundamental del 'ciudadano activo' arendtiano.

El derecho de revocación es necesario en cualquier sistema democrático y está reconocido en algunas constituciones, en la española no; con la simple solicitud de un determinado porcentaje de los electores, ha de someterse a votación la continuidad o no del elegido antes de la finalización de su mandato.

La separación de poderes es a su vez un requisito democrático, Montesquieu vive aunque el caciquismo no lo quiera, el Parlamento no puede designar al presidente del Gobierno, dicho gobierno no puede tener iniciativa legislativa, los jueces han de ser electivos, la fiscalía no puede depender del gobierno, el Poder Judicial ha de ser independiente en todo, salvo en ponerse a sí mismo el sueldo y en aprobar sus privilegios, en ocasiones muchos; ha de existir un sistema de contrapesos para impedir la situación actual que permite que una vez elegido indirectamente el presidente del Gobierno, éste domine todo, se ha de evolucionar desde la oligarquía partidocrática a un sistema político democrático.

El "quod omnes tangit..." romano y medieval ha de aplicarse como ejercicio auténtico de la soberanía popular, lo que afecta a todos ha de ser aprobado por todos, los individuos sólo están obligados a aquello que han consentido, el consentimiento es un elemento básico de la democracia como ocurre en los países desarrollados, como ocurre en Suiza. El Parlamento legisla, los ciudadanos aprueban, el Gobierno lo lleva a cabo.

La iniciativa popular ha de ser cierta y practicarse constantemente, en España se han recogido firmas en este sentido en muchas ocasiones, nunca se ha realizado un referendum porque el sistema legal lo impide, en el momento que el Parlamento está preparando legislación en un sentido, se anula la posibilidad, este es el mecanismo que el sistema partidocrático tiene para impedir la consulta popular por iniciativa de los ciudadanos. Además, la Iniciativa Legislativa Popular no puede ejercerse en materia internacional, fiscal o referente a leyes orgánicas; sólo ha sido aceptada una iniciativa menor en materia de deudas a las comunidades de propietarios.

La igualdad de derechos tan manipulada en España y especialmente el manoseado concepto que todos los españoles son iguales ante la Ley, ahí está el problema, no se trata de ser iguales ante la Ley si es injusta, la idea hay que revolverla y convertirla en que la Ley sea igual para todos, que no lo es. Libertad e igualdad son lo mismo desde que Aristóteles lo patentizó. El Estado de Derecho es la peor de las mentiras, una verdad a medias, no se trata de serlo, se trata de qué Derecho se aplica, Irán y Arabia Saudí también son estados de Derecho pero... ¡vaya derecho!

Los principios revolucionarios de libertad, igualdad y fraternidad se han perdido ante la avalancha de hedonismo infantil que ha invadido la sociedad española, una sociedad satisfecha de dinero que ahora percibe que algo no va bien mientras sueña que los tiempos opulentos vuelvan. Un Estado democrático habría de tomarse como elemento básico de su acción política el fomento de dichos tres conceptos fundamentales, tendrían que ser sus ejes cardinales en todo: legislación, educación, acción social, comunicación y sobre todo política. Los principios revolucionarios perduran aunque el problema profundo de España es que la Ilustración no fue asimilada en muchas regiones, además de no asimilada, combatida, ahí continúa el carlismo reaccionario tan vivo hoy en Cataluña y en el País Vasco, seguimos en el XIX, el "siglo perdido".

El voto, el derecho de revocación, la separación de poderes, el consentimiento, la iniciativa popular y la igualdad de derechos son elementos formales imprescindibles para que un sistema político pueda ser considerado democrático, hay otros al igual muy importantes pero los seis anteriores son elementales; no, España no es una democracia.

La democracia exige mucho más que una simple declaración de "soy demócrata", que una elección indirecta cada determinado tiempo, exige práctica y sobre todo legitimidad. Un Estado es legítimo cuando es respetado por los ciudadanos o al menos por una inmensa mayoría de los mismos, cuando se siente que es justo, cuando se percibe que no es explotador, que no es arbitrario y lo que es peor, que algunos de sus dirigentes y algunos miembros de sus instituciones o beneficiados de las mismas son ladrones, "demócratas" sí... pero ladrones.

No señor ministro Montoro, la democracia no es el gobierno de la mayoría con respeto a las minorías (Congreso, julio de 2012); no, señor ciudadano de Los Yébenes la democracia no es que cada uno haga lo que quiera. El término democracia se ha vuelto trivial (Crouch), ha sido simplificado y como establece el 'Principio de reducción': "toda simplificación supone una falsificación".

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (0)    No(1)


Normas de uso

Esta es la opinión de los internautas, no de El Imparcial

No está permitido verter comentarios contrarios a la ley o injuriantes.

La dirección de email solicitada en ningún caso será utilizada con fines comerciales.

Tu dirección de email no será publicada.

Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios que consideremos fuera de tema.