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POR LIBRE

Rajoy y la CIA

domingo 14 de diciembre de 2014, 17:48h
Esta misma semana, dos noticias han vuelto a poner sobre el tapete el eterno dilema entre seguridad y libertad: el informe del Comité de Inteligencia del Senado de Estados Unidos sobre las torturas practicadas por la CIA tras el 11-M y la aprobación por el Gobierno de Rajoy de la Ley de Seguridad Ciudadana. La Humanidad se debate desde siempre en el difícil equilibrio entre estos dos conceptos vitales. Para unos, la seguridad no debe impedir el ejercicio libre y pacífico de los derechos y libertades del individuo. Para otros, sin seguridad no hay libertad. Y, al mismo tiempo, la seguridad, si se sitúa como valor máximo, termina erosionando los demás valores: libertad, igualdad y justicia. ¿Hacia dónde debe inclinarse la balanza? En teoría, la balanza debe mantener el equilibrio y ningún concepto debe imponerse al otro. ¿Una utopía? Más bien, un galimatías filosófico, que se ha convertido en político.

Resulta evidente que el informe del Senado norteamericano revela espeluznantes prácticas de la CIA al interrogar a los sospechosos y miembros de Al Qaeda detenidos en instalaciones secretas durante los ocho años posteriores a los atentados del 11 de septiembre de 2001. Los derechos humanos de los presuntos terroristas fueron arrollados con crueldad. Las torturas descritas en el informe solo pueden calificarse de brutales: privación del sueño a los detenidos durante una semana, hidratación rectal, baños de hielo, amenazar a sus familias con abusar sexualmente de ellas o asesinarlas, asfixia simulada, amenazas de muerte con un taladro en la sien… Una extensa lista de prácticas repugnantes.

En teoría, los agentes de la CIA buscaban con estas técnicas aberrantes descubrir los planes de los terroristas yihadistas e impedir nuevos atentados. Conviene recordar, que el 11 de septiembre de 2001, miembros de Al Qaeda secuestraron tres aviones de línea comercial. El primero agujereó y derribó las Torres Gemelas de Nueva York asesinando a más de tres mil personas e hiriendo a otras seis mil; el segundo, se empotró en el corazón del edificio del Pentágono, y el tercero, fue derribado por los propios pasajeros sin llegar a su letal destino. El Imperio americano fue humillado y el presidente de Estados Unidos, George Bush, declaró la guerra contra el terrorismo. Irak y Afganistán fueron sus objetivos. Tras arrasar estos países con su poderosísimo armamento, detuvieron a miles de sospechosos, que terminaron en manos de los miembros de la CIA. Y las fuerzas de inteligencia de todo el mundo conocen las herramientas para obtener información por las buenas o por las malas. Por desgracia, todos los servicios de inteligencia en épocas de guerra traspasan la línea roja de los derechos humanos. Todos. Ignorarlo sería ingenuo.

¿La seguridad de los ciudadanos norteamericanos; mejor, de todo Occidente, justifica que la CIA torture? ¿Que el Mi6 torture? ¿Que el Mossad torture? Para que los aliados acabaran con el genocidio de Hitler tuvieron que bombardear Alemania y los países invadidos por el Ejército nazi. Millones de inocentes murieron. ¿Estuvo justificado? Las bombas atómicas lanzadas por la aviación estadounidense sobre Hiroshima y Nagasaki todavía atormentan la conciencia de la Humanidad. Los americanos acabaron así con la Segunda Guerra Mundial, con el mayor genocidio de la Historia. Y llegó la paz. ¿Estuvo justificado? ¿Está justificado, según la cita bíblica, que paguen justos por pecadores? ¿Nunca el fin justifica los medios?
En España, la Ley para la Protección de la Seguridad Ciudadana que ha aprobado el Gobierno con su mayoría absoluta poniendo en pie a toda la oposición, algunos con payasadas incluidas, encierra el mismo debate entre seguridad y libertad. Aunque, en este caso, el debate resulta artificial y demagógico, típico de la izquierda española, pues esa seguridad que defiende el Ejecutivo apenas roza la libertad de los individuos por mucho que la Oposición se haya levantado en armas contra el Gobierno. Como siempre.

Y es que los puntos básicos del proyecto solo pretenden dar respuesta a los incidentes violentos. Estos son algunos ejemplos: El régimen jurídico del derecho de manifestación no se modifica. No se limita ningún derecho, pero sí se sancionan las acciones violentas, coactivas o agresivas realizadas con la excusa de una manifestación. Desde el 1 de enero de 2012 hasta el 30 de septiembre de 2014 se han producido en España mil disturbios violentos. ¿Debe un Estado permitir que los violentos tomen la calle, incendien contenedores, trituren escaparates bajo la coartada de una reivindicación? Porque la nueva ley no prohíbe las manifestaciones. Solo pretende regularlas. Y, como es preceptivo, solo exige que sea debidamente comunicada. Otros países europeos, en cambio, ni siquiera permiten esta posibilidad. Se recoge expresamente el deber de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad de la adopción de medidas para proteger el libre ejercicio de los derechos fundamentales y la celebración de reuniones y manifestaciones.

La Oposición ha basado sus ataques al Gobierno en las identificaciones y cacheos de los manifestantes, pese a que la ley resulta más que prudente en este punto. Así, el proyecto pretende que no se discrimine en las identificaciones. Los agentes solo podrán practicar identificaciones preventivas a las personas en dos supuestos: cuando se considera razonablemente necesario prevenir la comisión de un delito o para sancionar una infracción administrativa. Por primera vez en una norma, “se respetarán estrictamente los principios de proporcionalidad, igualdad de trato y no discriminación por razón de nacimiento, nacionalidad, origen étnico, sexo, religión o creencias, edad, orientación sexual, opinión o cualquier otra condición o circunstancia personal o social”. Y en cuanto a los cacheos, “sólo estarán justificados cuando existan motivos para suponer que pueden conducir al hallazgo de instrumentos, efectos u otros objetos relevantes para el ejercicio de las funciones de indagación y prevención que encomiendan las leyes a los agentes”.

También la izquierda se ha ensañado con ley, por la modificación de la de Extranjería al dar cobertura legal a lo que unos llaman devoluciones en caliente y otros rechazos en frontera, una medida controvertida que unos ven ilegal y otros aplauden por atender especificidades de las fronteras de Ceuta y Melilla.

Y es que son las dos ciudades autónomas los únicos territorios españoles que poseen una frontera terrestre con un país no miembro de la Unión Europea, Marruecos, dentro de un continente, el africano, que supone el principal “emisor” de inmigrantes hacia Europa. Melilla es el punto caliente que sufre una extrema presión migratoria que ha hecho que en 2014 se hayan batido todos los récords en cuanto a entradas de inmigrantes se refiere. Los guardias civiles, a quienes corresponde la defensa del vallado perimetral, tienen la obligación de repeler las entradas masivas de subsaharianos, pero hasta ahora no contaban con las herramientas legales necesarias para ello. Con la ley, se quiere dar seguridad jurídica a los agentes, “lo que no debe ir en detrimento de los derechos de los inmigrantes”.

En resumen. El Gobierno pretende con la nueva ley impedir que los violentos arrasen las calles españolas con la coartada de una reivindicación política y proporcionar a los miembros de las Fuerzas de Seguridad las herramientas legales necesarias para impedir que miles de inmigrantes traspasen ilegalmente nuestra frontera, que es también la de la Unión Europea. ¿O es que alguien puede entrar en los Estados Unidos sin visado? ¿Y en la amada Cuba de Cayo Lara, el de la mordaza? ¿O en algún país del mundo? En España, en cambio, la rancia progresía pretende que abramos nuestras fronteras, que además son de la Unión Europea, para que entre el que quiera como Pedro por su casa. A eso le llaman libertad.

El mundo feliz no existe. La Humanidad lucha desde siempre por conseguirlo. El ansia de libertad nos estalla desde el día en que nacemos. Nadie civilizado desea que haya guerras, ni torturas; todos aspiramos a un mundo en paz en el que se respeten los derechos humanos. Pero, al final, la libertad choca con la seguridad. Y, sobre todo, el hombre es un lobo para el hombre. Quizás por ello, ha llegado a la luna.
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