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AL PASO

La monarquía: un modelo para la crisis

martes 16 de diciembre de 2014, 20:01h
Acudo como oyente a un coloquio, convocado por el Círculo Cívico, y que se celebra en el Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, en relación con la actual coyuntura española. Me resulta sugerente el tono constructivo de los intervinientes que no desmerece la calidad de sus aportaciones: se trata por tanto de poner la inteligencia al servicio del orden existente, pensando en la renovación del mismo, y no en su destrucción. No hay entonces pretensión de liquidación si no de restauración o si se quiere recuperación. No se incurre por tanto en la manía, bien orteguiana, de contraponer la vieja política, caduca y prescindible, a un nuevo horizonte o amanecer político de insospechables posibilidades. Participo de este enfoque de los problemas, moderado y pragmático, que prefiere lo que Kedourie llamaba política constitucional, a la política de la ensoñación y la utopía, esto es, en sus términos, una política ideológica. Se trata de no cambiar por cambiar, de no prescindir de lo que funciona (Emilio Lamo de Espinosa), exponiéndose a extraviar lo que uno no sabe que tiene. Cervantes ya advertía que “solo conocemos el bien cuando lo hemos perdido”.

Ahora bien el optar por la reforma frente a la ruptura, para nada le convierte a uno en conservador. Son necesarias en España reformas a fondo que pongan remedio a una crisis que es acumulativamente económica, institucional, social y moral y que requiere una intervención sobre el cuerpo de nuestra comunidad completa o generalizada. Aunque no optemos por la revolución que supondría actuar al margen del orden establecido, y sobre todo contra el mismo, si que requerimos una corrección exhaustiva del conjunto. Ha de actuarse desde dentro del sistema, lo que significa utilizar sus instrumentos de modificación, pero con tal alcance que se proponga verdaderamente su muda más que su cambio. Utilizando el símil constitucionalista, si pensamos en la situación general de nuestro país deberíamos plantearnos su revisión, es decir, buscar un cambio afectante a sus estructuras esenciales, mas que una modificación limitada a alguna de sus componentes.

A mi juicio es una suerte para el sistema, quiere decirse para el mantenimiento de la fábrica esencial del mismo, que en estos momentos dispongamos ya de un ejemplo de lo que la reparación de nuestro modelo político requiere. Es decir que podamos proponer un caso, ciertamente emblemático, pues se refiere a una figura que es a la vez una institución política y una institución social, que forma parte del orden de los poderes en el nivel de la articulación del estado, pero también pertenece al sistema de integración simbólica o espiritual de la nación. Estoy hablando naturalmente del cambio que se ha producido en la Jefatura del estado, que ha respondido a una clara necesidad de recuperación en la legitimación del titular de la Corona, y que se ha llevado a cabo, en los términos permitidos por el actual ordenamiento, sin necesidad de forzamiento constitucional alguno, sino dentro plenamente de los márgenes jurídicos del sistema.

Constitutivamente el rey es un elemento clave del orden político, aunque funcionalmente sus atribuciones tengan los límites propios de la monarquía parlamentaria. Pues bien, la Corona ha afrontado muy bien los tiempos de la crisis, a través del cambio audaz de la abdicación, introduciendo de algún modo la responsabilidad política del rey, lo que no deja de ser una innovación muy importante en relación con lo que se explica en la teoría constitucional de la monarquía. Primera observación: la operación era necesaria, sin duda alguna, pues los problemas del anterior Jefe del estado corrían el riesgo de trasladarse irremisiblemente al orden constitucional en su conjunto. En segundo lugar, el grave problema ha sido atajado con diligencia y determinación, de modo que acertadamente se ha reparado en la dimensión temporal que la cuestión de la monarquía como cualquier otra dificultad política seria, conlleva. Tercera observación: la operación se ha desarrollado con pleno éxito. Lo que quiere decir que los problemas a veces, aun de gran entidad, son coyunturales y resultan atendibles (Francesc de Carreras), aunque el tratamiento pueda requerir una operación a corazón abierto y ésta pueda fracasar.

Las últimas encuestas muestran que el nivel de popularidad de los reyes vuelve a destacar ventajosamente sobre los ocupantes de otras instituciones políticas. No tiene nada de extraño: hace unos días la televisión mostraba en un programa las manifestaciones hechas por el rey Felipe tras una audiencia con el presidente de Italia en un reciente visita de los monarcas españoles a ese país; en otro reportaje doña Letizia leía un discurso, y en parte introducía en su parlamento algún comentario propio al respecto, en la entrega de unos premios literarios. Es difícil imaginar que estos dos actos pudiesen ser desempeñados con mayor propiedad y dignidad. Adelanto la consideración que nuestros jóvenes reyes pronto tendrán en una opinión culta cuando se les compare con los actuales titulares de muchas de las otras dinastías reinantes en Europa.

Juan José Solozábal

Catedrático

Juan José Solozabal es catedrático de Derecho Constitucional en la Universidad Autónoma de Madrid.

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