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POR LIBRE

2015: Elecciones y solo elecciones

domingo 21 de diciembre de 2014, 19:42h

Los partidos políticos encaran 2015 con una única misión: ganar las elecciones. Nada de lo que hagan o gestionen a partir de ahora tiene otro objetivo que engatusar a los votantes con unas promesas tan abstractas como imposibles para que depositen la papeleta con sus siglas; para mantener el poder o recuperarlo. La gran obsesión, o la única, de los políticos. Atronarán las calles con sus vociferantes caravanas, empapelarán las ciudades con millones de caretos sonrientes enmarcados por eslóganes inauditos, invadirán los estudios de las radios y las televisiones, concederán entrevistas a todos los periódicos. Nos abrumarán con largos y tediosos discursos, reventarán plazas de toros y teatros con su griterío y sus banderitas. ¡Qué peñazo! Para exiliarse. ¡Y qué despilfarro más absurdo!

Ya se sabe que Rajoy ha decidido abandonar el plácido búnker de La Moncloa y pisar la calle para intentar que el mensaje de la recuperación económica llegue al electorado. Tiene preparado un aluvión de medidas en ese sentido. La primera, el pacto social con los sindicatos y la patronal para prolongar las ayudas a los parados de larga duración. Y vendrán más: bajada del IRPF, subida de las pensiones… Pues los Gobiernos toman las decisiones más impopulares cuando llegan al poder y guardan las más atractivas para presentarlas cuando se acercan las elecciones. Se cree, incluso, que el error de retirar la reforma de la ley del aborto de Zapatero podría parchearse con alguna medida para suavizar la monstruosidad de la ley socialista, como evitar que las menores de edad puedan abortar sin el consentimiento paterno.

El PP sabe que la gran baza para ganar las elecciones se basa en demostrar que el Gobierno ha evitado la catástrofe económica al impedir el rescate de la UE, al dinamizar el consumo y recortar, aunque todavía levemente, el desempleo. Pero la bala en la recámara, además de presumir de lo logrado, no es otra que convencer al electorado de que con el PSOE, y no digamos con Podemos, la economía volvería a hundirse. El Gobierno busca el voto del miedo. Y con razón. Si el PSOE o Podemos pisaran la moqueta de La Moncloa sería difícil que se mantuviera el crecimiento económico. La ruina sería inevitable, pues ya se sabe que cuando la izquierda logra el poder lo primero que hace es saquear las arcas del Estado: se dedica a despilfarrar a manos llenas para colocar a sus amiguetes, para apoyar y subvencionar todo lo que suene a izquierda, para chorradas sin fin. En esto, sobre todo en chorradas, Zapatero ha sido el campeón. De la Champions League, como llegó a decir cuando la crisis ya se cebaba con España.

El PSOE también se prepara con uñas y dientes para las próximas batallas electorales, aunque en medio de un estruendoso guirigay de liderazgos e ideas. Pedro Sánchez deambula como pollo sin cabeza. Vive de ocurrencias; o, mejor, de memeces. Unos dicen que no tiene las ideas claras; los más, que no tiene una sola idea. En el partido, son muchos los que han decidido sustituirle antes de las elecciones generales, pero por cuestiones de calendario la revolución interna se produciría, como ha dicho Susana Díaz, en función del resultado de las municipales. La cabeza de Pedro Sánchez ya tiene precio.

Y Podemos vive embarcado en la euforia de algunas encuestas que ya le dan como claro favorito. Es verdad que con sus mensajes populistas ha conquistado a muchos jóvenes y, sobre todo, a muchos desesperados. Sus dirigentes manejan mejor que nadie el márketing: se mueven como pez en el agua en las redes sociales, aparecen en todas las televisiones y con su cansina verborrea han hecho creer a buena parte del electorado que tienen la llave para acabar con los privilegios de la “casta”, para limpiar el país de corruptos. Un mensaje que en la España actual ha calado con facilidad. Aunque al rascar un poco, se descubre que si Podemos llegara al poder, nuestra nación perdería todo lo logrado en estos 40 años de democracia. El partido populista dice lo que va a destruir; no lo que va a construir. Seguramente, porque solo se dedicaría a destruir, esencialmente la libertad. Pero ahí está ese grupito de profesores de Universidad que ha logrado hacer creer a unos millones de españoles que son la solución a sus problemas, la panacea universal. A pesar de que todos sus mensajes están basados en el rencor, en el odio al sistema. Al sistema democrático.

España, así, se enfrenta a un año convulso. Los tribunales rebosan de sumarios de corrupción, algunos inquietantes; la economía se recupera tímidamente, pese a los agoreros y a los partidos de la Oposición que no quieren reconocerlo. Bueno, tampoco reconocieron que la crisis ya nos había mordido, cuando hasta el más analfabeto lo sabía. Y los independentistas aprovecharán el ruido electoral para echar más leña al fuego con la pretensión de rescatar unos votos chamuscados. ¿Y la cultura? ¿Algún partido tiene alguna idea al respecto? No se sabe.

Porque ningún partido, ningún candidato, ni siquiera los más borrachos de euforia política, se han acordado, ni se acordarán de la cultura. Prometerán, y luego incumplirán, un desorbitado crecimiento de la economía, la erradicación del desempleo, la aniquilación de la corrupción y, para las municipales, playas con toalla al borde del Manzanares, pisos por doquier a jóvenes, ancianos y despistados; acabar con los atascos a golpe de grúa, de parquímetros para marcianos… Pero ninguno citará un libro, ni se reflejará en una acuarela, ni se sentará a la sombra de una escultura para anunciar medidas que favorezcan la lectura, la creación artística, el apoyo al talento. Creen que la cultura no vende; en todo caso, puede ser un negocio inflándola con el IVA.

Resulta evidente que los estrategas de las campañas tienen la convicción de que la cultura no da votos, que es mejor regalar asfalto ardiendo, túneles sin fin, remodelaciones o torres con forma de colmena que construir bibliotecas o facilitar la entrada a los museos. Y dinero, dinero y dinero. Dinero para todos. Pero, de nuevo, los políticos se equivocan. Porque España, como siempre y desde siempre, ama la cultura. El índice de lectura en nuestro país crece sin parar; los teatros, allí donde se interpretan con amor y oficio las mejores obras, están abarrotados; los cines engullen a millones de espectadores cada semana y si uno se descuida, resulta difícil encontrar entrada para los grandes conciertos de rock o de ópera. Y los Museos, desde los más modestos a los más grandes, se ven rodeados y hasta asaltados cada vez que anuncian nuevas exposiciones, cada vez que deslumbran con algún trazo genial, con algún color brillante, con algún tesoro.

Dicen los políticos que la cultura no vende. Los que no venden son ellos. Y así les va y así nos va.

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