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AL PASO

Más catalanismo y menos nacionalismo

martes 23 de diciembre de 2014, 19:54h
Nos visita en la facultad Victoria Camps a quien tengo mucho gusto en presentar a la audiencia antes de intervenir en un coloquio sobre las dimensiones morales de la crisis que nos aqueja. Me parece que su presencia es especialmente interesante en este momento como muestra, bien ilustre, de lo que denomino catalanismo moderado (suponiendo que esta expresión no contenga una redundancia obvia).

Pensando ya en la manifestación territorial de la actual situación española considero que hay que superar las visiones epidérmicas de la crisis catalana, aunque resulte imprescindible el esfuerzo inmediato por despejar el embrollo que la irresponsabilidad soberanista ha generado. Si se va a las causas del problema con lo que se encuentra uno es con la insignificancia del catalanismo, como posición preferente en las élites políticas, y su sustitución por el nacionalismo, que no deja de ser una de las manifestaciones, para mí la más pobre y limitada de esa gran corriente política, ciertamente transversal y, en cuanto general, verdaderamente nacional, que me parece es el catalanismo. Le digo a Victoria que la tarea que tenemos por delante todos es recuperar el catalanismo, desde luego como programa político en Cataluña; pero también debemos asumirlo en el resto de España, justamente como una de las expresiones de nuestro pluralismo.

La esencia del catalanismo no es otra que la convicción de la compatibilidad entre la lealtad territorial, y la admisión del vínculo nacional español. Se trata de rechazar la exclusividad del lazo político a Catalunya y compartir la ciudadanía con el resto de los españoles; interesarse por las necesidades de todos los pueblos de España y afirmar simultáneamente el desarrollo de las especificidades de la identidad propia: creer, en suma, que la asunción de un espacio político más amplio enriquece y no limita las capacidades nacionales catalanas. Hay que preguntarse por qué el catalanismo, uno de cuyos vectores era su españolismo, se ha convertido en nacionalismo. Y por qué este viraje se hace atractivo para tantos, olvidando su vertiente negativa, empobrecedora y reduccionista.

Pienso inmediatamente en José Miguel de Azaola, ejemplo él mismo de un sentimiento dual en el caso vasco, cuando reflejaba la condición del independentismo. Sustituyendo el País Vasco por Cataluña, puede llegarse a la conclusión que era obvia para el escritor bilbaíno: la independencia, afirmaba, significaba prescindir de “un órgano vital del cuerpo de España” y tendría un sentido catastrófico, pues “querría decir que nuestra región se había convertido en una insignificante zona marginal, representando un papel de cuarto o quinto orden en la vida española.” ¿Qué ha pasado, nos preguntábamos hace pocos días leyendo un artículo de Ignacio Vidal Folch, para que parte de la izquierda haya dejado de mirar al nacionalismo como lo miraba antes, esto es, como la justificación de la insolidaridad, identificándolo con lo periclitado y arcaico, y pase a considerarlo por el contrario como la oportunidad de regeneración de Cataluña. Nosotros, que asistimos perplejos a esta muda, acusamos la ausencia desde Cataluña de voces, como eran antes las de Alfonso Carlos Comín o Solé Tura, lo que resulta muy empobrecedor y supone prescindir de un vector, el catalanista, en el entendimiento de la crisis actual española.

No encuentro de verdad explicación al cambio, aunque me parece que no es pequeño el significado que tiene el localizarlo adecuadamente, mostrando aquellos sectores a los que afecta. Hablamos de la propia academia, el socialismo catalán, antes verdaderamente federalista, revistas que desaparecen o se despintan…Es importante , en cualquier caso, excluir falsas explicaciones de la transformación, por ejemplo las que se asocian a la frustración de la Sentencia del Estatut, como si esta, cuya confección obviamente no es perfecta, hubiese dejado sin competencias o derechos al texto normativo originario, y no tuviese un significado confirmador antes que restrictivo o ablativo del autogobierno de Cataluña. ¿Qué otra explicación que la propia dejadez ideológica puede dar cuenta de la presidencia a la cabeza de la manifestación contra la Sentencia del Estatut de un poder del estado cuyo Tribunal Constitucional se acaba de pronunciar al respecto, se comparta o no su dictamen? ¿Y qué decir de la ambigüedad con que nuevamente determinados sectores intelectuales y políticos han afrontado la conducta reciente del President haciendo caso omiso a una prohibición de nuestro máxima instancia jurisdiccional en relación con la consulta, que se elude mediante una referencia inaceptable al derecho constitucional de manifestación?

Claro, concluyo así mi presentación de Victoria Camps, que la propuesta de recuperación del catalanismo no afecta exclusivamente a los sectores políticos del Principado. Queda también un trecho en nuestro sistema político, para acoger constitucionalmente en su plenitud el pluralismo territorial, así, reconociendo explícitamente su dimensión nacional. Y en el nivel institucional son necesarias medidas que testimonien la integración de los pueblos de España en la vida pública. Por tanto el catalanismo, que es de lo que nos ocupamos ahora, presenta indudables tareas a nuestra cultura política, todavía demasiado uniformizada, y que debe hacer hueco, junto a los signos compartidos, a una presencia más acusada de los exponentes de la variedad española.

Juan José Solozábal

Catedrático

Juan José Solozabal es catedrático de Derecho Constitucional en la Universidad Autónoma de Madrid.

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