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AL PASO

Pla en San Sebastián, y otros lances

martes 06 de enero de 2015, 18:03h
Me levanto pronto en este primero de enero: tendré tiempo de leer un rato y después daré una vuelta por el Paseo de la Concha, desandando el camino que hice ayer , casi a las doce, con el frío penetrante y húmedo de la noche. Seguro que, como suele ocurrir, al placer de disfrutar de la mañana límpida y azul, se sumará la alegría de coincidir con algún amigo al que hace tiempo no saludas.

Metí en la bolsa de viaje, dos libros, escritos hace tiempo, La vida lenta de Josep Pla de 1956, 1957 y 1964 y El Escritor de Azorín, en una edición de Austral que he rescatado en un expurgo en la biblioteca. Reemprendo la lectura, a pequeños sorbos, del diario de Pla. Cuesta creer la explicación que dan los editores de este libro limitándolo a un registro de observaciones del autor, para una posterior elaboración, pues en estos cuadernos, aunque sea fragmentariamente, están todo el talento y la sagacidad del gran escritor catalán: su capacidad para sorprender en un momento la intensidad de un ambiente y trasmitir un estado de ánimo personal. “El tiempo ha cambiado, anota el 8 de febrero de 1956. Ha hecho un día sin viento, plácido, nebuloso, con un poco de aire del sur. El termómetro baja. Ahora vendrán el frío húmedo y la migraña”.

El escritor está aislado en su torre de Palafrugell, que a mí me recuerda más la situación de Caro Baroja en Itzea de Vera que la de Montaigne en su casa fuerte, pero tiene sentimientos encontrados: ama la soledad y la teme al mismo tiempo: “La masía es un auténtico nirvana. Placer de no ver a nadie”. “ Me quedo en casa todo el día…Estar solo tantas horas es agradable, fascinador, pero a la larga es inaguantable”. También le cansa el trabajo, que es, en buena parte, forzado, pues, al revés que le ocurre al hidalgo don Julio, debe escribir para vivir; además le acecha la banalidad (“Lo malo del periodismo es que adocena el espíritu y lo vulgariza todo”) y la censura, que volverá vana la tarea acabada. “Paso el día, anota el 28 de enero, trabajando para Destino-el artículo sobre el algodón, que a lo mejor no pasa la censura. Trabajar pensando en la posibilidad de que la censura lo desmonte todo es una tortura típica del país. En todos los regímenes, desde hace casi cuarenta años, he trabajado con esta limitación. Todavía aguanto. ¡Qué cabronada”. Pla es un hedonista que disfruta con el sol y la comida, pero el país le parece, irremediablemente, deprimente y desagradable: “siempre ha sido así. Nada ha sido nunca verdad, real…Mala vida, siempre la misma vida”. El horizonte político está cerrado, no hay nada que hacer: el mayor daño, anota desesperado, que ha hecho Franco es instaurar y fomentar, para mantenerse, la inmoralidad.

Pla denuncia la puerilidad y artificiosidad de los mecanismos franquistas en Cataluña.”Han instaurado la fiesta de san José Artesano y, como la gente no entiende nada, no hay forma de saber lo que significa”, apunta el 1 de mayo del 57. El volterianismo de Pla, indudable, (“Es terrible, impresionante, la destrucción que ha provocado el cristianismo en la civilización clásica”) es anticastellano, aunque también detecta el papismo en el catalanismo. Razón y fe la revista de los jesuitas incita al sueño como nada en este mundo, “es un soporífero profundo, mejorado por la pedantería castellana.” Pero también hay catalanistas que aunque antiespañolistas son, al mismo tiempo, hombres de mentalidad conservadora, arcaica.

Pla salva su vida por los amigos que le visitan en la masía y a los que frecuenta en Barcelona, sobre todo entre ellos de modo señaladísimo Vicens Vives-mas Vergés, Ortínez, etc-; por las publicaciones a las que está suscrito, así el New Yorker o Le Journal de Genève; y por los viajes que esporádicamente lleva a cabo. En barco recala en varios puertos del Mediterráneo y nos traslada sus impresiones impagables, por ejemplo cuando anota su decepción en su paseo por Brindisi, ya anticipada por el aspecto del dueño del hotel en que pernocta: “parece un pederasta”. “El siniestro barroco ha destruido todo vestigio medieval. La catedral es un espanto de frialdad y banalidad. La ópera italiana más apolillada”. Se trata de un juicio algo destemplado de Pla sobre el barroco: no conocía la maravilla de algunas iglesias de Roma, con o sin Caravaggio, o el milagro del barroco blanco de la iglesia de Santiago de Málaga, donde bautizaron a Picasso.

Pla se encuentra bien en Atenas: se respira, dice, una libertad magnífica. De vuelta a casa echa de menos la luz prodigiosa de Atenas.”¿Podré volver a verla algún día?” Cuando arriba al Pireo, la puerta ”grande, desordenada, caótica” de Grecia y atraviesa Atenas, al fondo de la carretera, se ve la Acrópolis: “La gran maravilla. La luz. El cielo del Atica”: la ocasión para una divagación por las ruinas durante tres horas sin hacer aspavientos. En su visita al museo de escultura a Pla le embarga un sentimiento de asombro ante la plenitud de la perfección que experimentamos cuando leemos a Aristóteles y atendemos al desarrollo de una explicación o un razonamiento, se trate de la Política o La retórica o la Ética de Nicómaco, o nos inmiscuyamos en un diálogo platónico. “Por la tarde, visita al museo. Se puede dar la vuelta a las esculturas y no fallan jamás, no tienen ningún defecto”.

Dejo a Pla. Me llama la atención su dependencia epicúrea de las posibilidades y límites sensoriales: la luz, el gusto, la temperatura, los cambios del calendario; pero no hay demasiados testimonios, fuera de la constatación del tedio y la impotencia ya referidos, de la situación política. No hay mucho espacio para la reflexión ideológica y tampoco rastro sobre la guerra civil. Menos una explicación sobre el desencanto de quien tuvo un alineamiento activo en la contienda.

Interrumpo, pues, la lectura de La vida lenta y salgo a la calle. En el paseo de la Bahía, que es el lugar de esparcimiento universal de los donostiarras, me encuentro esta vez con Fernando Savater. Celebramos que, frente a lo que temiera el nacionalista que sale en sus maravillosas memorias, no hayan podido llevarse la Concha ; lamentamos en cambio que la idiocia municipal nos haya dejado en esta preciosa mañana de año nuevo sin banderas, aunque en un lateral del puerto, precisamente en la calle paralela a la blanca barandilla donde vive mi hermano, en alguna dependencia oficial ondee dignamente la española.

Hablamos de muchas cosas, aunque con la brevedad que impone el frío. Comentamos la última novela de Javier Marías, donde hay algunas reflexiones impagables sobre la necesidad del olvido, y el espacio necesario del recuerdo, y buscamos una explicación a las reticencias inexplicables del novelista madrileño sobre Galdós (le digo a Fernando no hago otra cosa que leer a Galdós) . Me dice socarrón que la culpa la tiene Juan Benet, que nunca pudo con el escritor canario… Quedamos en vernos, seguramente Fernando, en el mismo sitio. Quizás en otra bella y fría mañana como esta del año nuevo…

Juan José Solozábal

Catedrático

Juan José Solozabal es catedrático de Derecho Constitucional en la Universidad Autónoma de Madrid.

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