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AL PASO

París en el pensamiento

martes 13 de enero de 2015, 19:55h
Me sugieren diversos pensamientos los terribles días que se han vivido en Francia consecuencia de los atentados yihadistas recientes. El primero es el duro precio de la libertad: el coraje que se necesita para ser libre y responder a las exigencias de una vida a la altura de nuestra dignidad como seres humanos. Los dibujantes de Charlie Hebdo, tan gamberros, desinhibidos, panfletarios y bufones han pagado un altísimo precio porque podamos afirmar nuestro sistema democrático, en el que los límites de nuestros derechos los aseguran exclusivamente las leyes hechas por nuestros representantes y aplicadas por tribunales independientes. Es contra este sistema contra el que han atentado los terroristas, pretendiendo una censura que nuestro sistema ni consiente ni tolera. Lo que siento por tanto, como primera reacción es un tremendo agradecimiento a los dibujantes de Charlie Hebdo. También me emociona la reacción de las autoridades europeas principalmente, entre ellos líderes cuya posición política detesto, acudiendo a la manifestación de Paris: sus habitantes han ofrecido una respuesta muy lúcida políticamente, sabiendo perfectamente lo que el ataque a la libertad de expresión supone: un atentado a la misma democracia, pues sin libertad de palabra no hay ciudad, entendiendo por tal un ámbito humano de convivencia.

En segundo lugar, se me ocurre reflexionar sobre la importancia que en la democracia tiene la idea de límite, entendido no como frontera que excluye sino como margen en el que se vive y que denota precisamente el fondo de nuestro terreno: el borde no es el extremo que se prohíbe sino la medida que da cuenta de nuestras posibilidades verdaderas. La disidencia no solo debe tolerarse o permitirse sino protegerse: porque son los márgenes los que establecen hasta donde llegamos, los que verdaderamente nos abarcan y definen. Hay en nuestras sociedades demasiadas voces demandando la unidad, señalando a los discrepantes, forzando a converger a disidentes y marginales, reclamado la ortodoxia y el cierre de filas. Se trata de una equivocación: sin pluralismo, el porvenir será el atascamiento y la parálisis; el cuerpo social acabará dominado por sus peores elementos, y la corrupción no encontrará antídotos posibles. Sin crítica, aunque ella misma incurra en la exageración y el exceso, las sociedades se estancan y el progreso es imposible. Hemos recibido muchas lecciones procedentes de Francia en relación con la libertad de expresión, comenzando con la labor de la Ilustración que adelantó en la crítica la ruina del despotismo del antiguo régimen, y siguiendo con la lucha contra el fascismo llevada a cabo por la Resistencia de las armas y de las letras, anotada la contribución de gente como Camus. No podremos olvidar el sacrificio de estos dibujantes frente al apagón preconizado por el fanatismo yihadista.

En tercer lugar, querría llamar la atención, siquiera un momento, sobre el significado político de nuestras libertades, especialmente en lo que se refiere a la dependencia pública de su protección. Con lógica insistencia señalamos al Estado como el potencial enemigo de nuestros derechos, apuntando al riesgo que corremos frente al avasallamiento de la autoridad. No tiene nada de extraño: pues era del rey del que se sufría la persecución ideológica, la censura, la detención o la privación de la propiedad en el antiguo régimen; y es el Estado, personificado en la Administración o el gobierno, el continuador de la posición del monarca en los sistemas democráticos. Lo que ha ocurrido es que nuestros derechos solo son efectivos y dejan de ser meros nombres, gracias al reconocimiento y protección que les suministra el ordenamiento, esto es, el derecho del Estado; y de otro lado que han aparecido formidables sujetos particulares que pueden agredirnos. Por tanto el Estado, sin dejar de continuar siendo un potencial enemigo de nuestros derechos, se ha convertido en el primer garante de los mismos, confiriendo la protección pública, bien frente a su propia actuación o la de otros eventuales infractores. Evidentemente en estos momentos quien pone en riesgo la libertad de los franceses no es el Estado sino los enemigos de la democracia, de modo particular, el yihadismo fundamentalista cuyo enfrentamiento solo puede llevar a cabo el poder público.

No hay ninguna novedad en relación con la situación que tenemos a la vista: se trata de asegurar una respuesta constitucionalmente adecuada de los Estados a la amenaza terrorista. Lo importante es señalar que esa respuesta solo puede ser la propia de un estado de derecho; pero al tiempo ha de ser eficaz, esto es , estar a la altura de lo que el peligro terrorista propone a los sistemas democráticos. Supongo que comenzarán a oírse voces demandando más poderes para el Estado. Quiero manifestar mi clara oposición a esta actitud: no necesitamos, si se me permite la simplificación, más policía, o una policía más fuerte, esto es, con menos límites y con más capacidad de intervención, sino un mejor policía, esto es, un policía que aproveche mejor sus recursos y facultades, quiere decirse, una fuerzas de seguridad más profesionales, más competentes. Aquí esta el terreno de juego, y me parece esperanzador que la policía francesa avance su voz no para demandar más inmunidades sino para analizar los fallos de inteligencia en que ha incurrido. Ese es el camino.

Juan José Solozábal

Catedrático

Juan José Solozabal es catedrático de Derecho Constitucional en la Universidad Autónoma de Madrid.

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