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TRIBUNA

La dimisión de Napolitano

jueves 15 de enero de 2015, 22:50h

Tal y como había prometido, una vez terminado el no tan brillante semestre de Presidencia italiana de la UE, Giorgio Napolitano ha presentado su dimisión como Presidente de la República de Italia. Se trata de una decisión tomada hace tiempo y confirmada por el interesado en el mensaje de Nochevieja. Desde entonces, la prensa y los políticos han proferido juicios, valoraciones, palabras de encomios y críticas feroces, en las que, al más puro estilo italiano, han predominado la falta de medida, de objetividad y de criterio.

Por un lado, hay un ejército de halagadores y sirvientes que exaltan las virtudes del viejo Presidente, le presentan como un “ejemplo” de Realpolitik e incluso distorsionan su pasado comunista para mostrarle “desde siempre crítico con la URSS” o “el primero en comprender el final del comunismo”. Este es un mal típico de Italia: incensar a las personas en su necrológica política, perdonarle todo e incluso agigantar sus méritos. Por otro lado, están los críticos intransigentes, aquellos que le reprochan su excesivo intervencionismo político o cuestionan su labor de Presidente instigando al “golpe de estado permanente”. A estos últimos, que hablan quizás por ignorancia o puede que por simple interés, habría que recordarles que Napolitano no ha sido uno de los Presidentes que más ha hecho por redirigir de manera manifiestamente interesada el porvenir político de Italia. ¿Ya no recuerdan el mandato de Cossiga? Y, ¿el de Scalfaro? Llegó a nombrar a 6 Presidentes del Consejo (3 de los cuales tampoco habían “salido de las urnas”). No considero el intervencionismo presidencial una práctica saludable en democracia, pero si hay que reconocer su uso frecuente en la débil República italiana.

Sin embargo, a la hora de analizar la figura de Napolitano –es demasiado pronto para ofrecer un juicio equilibrado-, no deberían olvidarse las condiciones que provocaron su segundo mandato, la falta de talla política de los parlamentarios, la irresponsabilidad de viejos y nuevos actores políticos. Le tocó estar en la plana en una de las épocas más difíciles para el país: su acción estuvo condicionada por la crisis político-económica que afligía/e el país y por la inmadurez de los políticos, ávidos de poder y de preservar sus intereses –o su impunidad.

Considero injustas muchas de las críticas vertidas sobre su persona: no soy un fan de Napolitano, juzgo especialmente de forma crítica sus años en el PCI, considerándolos marcados por un fuerte oportunismo político y una enorme ambición. Al mismo tiempo, creo que tuvo una actitud demasiado permisiva con Berlusconi e injusta con Bersani: pero he de reconocerle que su acción ha estado determinada por la búsqueda de la estabilidad, por encontrar un mínimo de gobernabilidad, incluso apadrinando un pacto cuestionable entre las principales fuerzas políticas nacionales. Quizás su principal error resida en haber exagerado en su esfuerzo por buscar este compromiso: puede que hubiera sido más beneficioso para el país “caer”, chocarse contra la realidad, poner de manifiesto la incapacidad de estos políticos, encontrando así el empujón necesario para salir del báratro donde aún se encuentra.

Con casi 90 años, fatigado y decepcionado, Napolitano, el único Presidente que ha repetido mandato, ha estado en el cargo “ocho años y medio”, número felliniano. Años en claroscuro: como toda persona, ha alternado decisiones correctas con elecciones discutibles, en el medio de la constante incapacidad de la clase política y frente a una sociedad civil adormecida. Personalmente, considero particularmente acertado el mensaje que lanzó en su segunda investidura, en el que criticó duramente a los políticos –que tan acostumbrados a su papel de palmeros parlamentarios aplaudieron distraídamente el j'accuse de Napolitano-, invitándoles a realizar las reformas institucionales que Italia necesitaba. Lamentablemente sus palabras han quedado en lettera morta, haciendo de su segundo mandato un fracaso. Dijo que hubiera sido imperdonable no hacerlo y tenía razón. Quizás infravaloró el hecho de que los políticos italianos se muevan por cálculos de conveniencia, tacticismo electoral e interés personal (viejos y nuevos actores acomunados por la misma ineptitud). Y quizás también es por eso mismo que, pese a las evidentes diferencias –generacionales, de formación y de forma de comunicar- Napolitano esté apoyando a Renzi en su intento de reforma, que avanza a veces de forma acertada y otras tantas, mucho menos. Asimismo, considero negativamente su actitud frente a la negociación entre el Estado y la Mafia: era necesaria mayor transparencia, mayor predisposición a la búsqueda de la verdad y valor a la hora de denunciar un chantaje que, a distancia de años, parece tan evidente.

Y ahora se abre la batalla política para decidir quién presidirá la más alta de las Instituciones patrias, quien será el garante de la Constitución. Italia debería apostar por una figura sabia y “paternal”, que se muestre tan dispuesta a recordar y defender los derechos de los ciudadanos como a criticar los defectos públicos. Debe ser una figura valiente y preparada, que apueste por defender y renovar las institucionaes: no se debe olvidar que Italia sigue siendo un país frágil e inestable, anómalo en el panorama europeo. El temor de que pueda repetirse un espectáculo tan lamentable como el de 2013 es completamente real: están en juego muchos intereses ya que esta elección marcará el próximo curso político nacional, con el espectro de fondo de unas elecciones anticipadas. Mientras Renzi apuesta por un candidato de fiar –y que posiblemente no le haga sombra-, Berlusconi considera ésta su gran ocasión para volver a la escena política. Grillo y Salvini se preocupan sólo de gritar e insultar. En realidad, todos temen a los “francotiradores”, parlamentarios que aprovechando el voto secreto traicionan la línea oficial y comprometen las estrategias de partido. Eso explica la cautela de Renzi a la hora de presentar un nombre: sabe que se trata de una jugada difícil en la que está en juego también su capacidad de mantener unido al Partido Democrático.

Rey Giorgio se va después de haber devuelto parte de credibilidad internacional a Italia y haber alejado el país del precipicio económico en 2011: quizá merece la pena recordarle a los italianos que aún es pronto para un juicio. Ahora, esperemos sólo que las elecciones presidenciales no demuestren una vez más la inmadurez nacional…

Andrea Donofrio

Politólogo

Andrea Donofrio es politólogo, experto en Relaciones Internacionales e investigador del Instituto Ortega y Gasset

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